domingo, marzo 27, 2011

Soga y sangre

Gerardo Machado
Gerardo Machado

La negra crónica del ahorcamiento de numerosos isleños en la población de Ciego de Ávila, en Cuba, en la década de 1920, no es del todo desconocida. Estos párrafos, proporcionan una temprana versión cubana de los hechos que es comentada por otro cubano, Carlos Ripoll. Más de un historiador ha "fusilado" el presente texto, sin citarlo. Como se puede ver en la reseña, colocada al pie de este post, el libro de Ripoll se publicó en Nueva York unos años antes (1998) de la aparición de otras obras sobre el mismo tema.

La única aclaración que debo hacer sobre el texto de Ripoll es que uno de los protagonistas del suceso, Manuel Rosado (natural de Los Realejos, Tenerife), dijo apellidarse Rosales con el fin de no involucrar a su familia en el incidente.

"En 1926 se produjo un secuestro importante en la provincia de Camagüey: del colono de Ciego de Ávila Enrique Pina, coronel del Ejército Libertador. Se pidieron 50 mil pesos de rescate, los cuales fueron entregados de acuerdo con las indicaciones de los secuestradores. La reacción del pueblo no se hizo esperar. El editorial de la revista Carteles, publicado el 28 de marzo de 1926, deja ver el estado de ánimo de la población, el origen del mal por el desplazamiento del campesino ante la expansión de las empresas extranjeras, la complicidad de la fuerza pública con éstas, el desamparo del trabajador y la respuesta que se le recomendaba al gobierno (“Medidas excepcionales”) ante el problema de la delincuencia rural; dice:

... En otro tiempo el bandolerismo fue una enfermedad social endémica en nuestro país. Mas, por convicción unánime, se achacaban sus manifestaciones más agudas al desacuerdo profundo que existía entre la población campesina cubana y las autoridades coloniales... Pero, desde hace algún tiempo, los brotes depredatorios se suceden con extraña frecuencia, como si en sus autores obraran extraños agentes psíquicos de aliento, produciendo en ellos la ilusión de una posible impunidad... Expulsado el guajiro de la pequeña finca cultivada por sus padres desde tiempo inmemorial, con la transformación de la propiedad agrícola durante los últimos veinte años, y reducido a la condición de jornalero cortador de caña, hace mucho tiempo que la más extremada pobreza es su compañera inseparable.

Gerardo Machado es tachado de "Mussolini de Cuba", en la revista Time.

Poco a poco, una especie de reacción moral se ha ido produciendo en el ánimo de los pobladores de nuestras campiñas, en cuanto a sus relaciones con el poder político y sus agentes visibles, ante la consideración del abandono en que viven, entregados sin defensa alguna a la desconsiderada explotación de las empresas extranjeras dueñas hoy de casi todos los centrales de moler azúcar, los cuales, con las compañías ferrocarrileras, son los centros de trabajo más abundantes y activos en los campos y pequeñas poblaciones.

En sus conflictos económicos con la administración de estas empresas, han visto invariablemente a la fuerza pública puesta al servicio de sus explotadores, en cooperación con los guardias jurados de las fincas para perseguirlos y amedrentarlos... Ante la funesta recrudescencia del bandolerismo que estamos sufriendo, nuestros gobernantes deben apelar a todas sus aptitudes de estadistas y sociólogos, sin perjuicio de dirigir una llamada al orden a las fuerzas encargadas de cuidar la tranquilidad de los campos... El pueblo de Cuba se encuentra, en general, satisfecho de la actitud rectificadora y ejecutiva de sus actuales gobernantes, pero ciertos males de honda raíz en la vida social exigen medidas excepcionales para ser combatidos.

El más importante de los secuestradores en esos días era el isleño Secundino Rosales. Empezaron entonces los linchamientos de los canarios a quienes se suponía cómplices en el delito, y de otros inocentes compatriotas suyos acusados de estar fuera de la ley, y a quienes las autoridades llamaban “elementos maleantes”.

La abolición de la esclavitud había creado en el siglo anterior, en algunas zonas de la isla, escasez de mano de obra, y después de fracasar con la importación de asiáticos, se trajeron numerosas familias canarias a Las Villas. Igual sucedió a principios de la República al disminuir los obreros agrícolas, cuando con el crecimiento de los latifundios la United Fruit tuvo que importar varios cientos de isleños para la explotación de sus tierras. En muchos braceros de las Islas Canarias se cebó la ira de las autoridades a partir del secuestro de Pina. Los colgaban de los árboles y volaban las auras tiñosas sobre los cadáveres: el pueblo las llamaba “las gallinas de Machado”. El 22 de mayo de 1926 capturaron a Rosales en Las Villas, y el 11 de julio apareció ahorcado en la letrina del cuartel del ejército en Ciego de Ávila.

Es notable la indiferencia del pueblo cubano ante aquellos crímenes. La misma revista Carteles, antes citada, poco después de su protesta por el bandolerismo, publicó una caricatura, que se reproduce en este libro, en la que, con el título de “Charleston Isleño” aparece un ahorcado en el momento de su agonía. No debe olvidarse que hasta poco antes de la presidencia de Machado, se consideraba la captura de bandidos como motivo para conceder la Orden del Mérito Militar.

Cuenta el juez Ángel G. Cárdenas en su libro De las memorias de un exjuez. Soga y sangre. Una página de horror del machadato y su acusación pública (1933), algunos de cuyos pasajes aparecen reproducidos en el Índice histórico de la provincia de Camagüey, 1899-1952 (1970), del que aquí se cita, que Rosales trabajaba para Pina, quien era colono del central Stewart, pero que cuando le pidió 5 pesos que necesitaba para medicinas, por haber contraído paludismo, el coronel se los negó en medio de insultos. Después de varios atracos, con tres cómplices llevó entonces a cabo el secuestro de Pina: dos escaparon, el tercero era otro isleño, Eduardo Chinea, quien fue después también asesinado por sus captores. Dijo el Dr. Cárdenas en su escrito:

'La obra de la justicia, aplicada legalmente al delincuente, eleva y dignifica al ejecutor. Pero el crimen realizado en nombre de la justicia, y a espaldas de la ley, eleva y dignifica a la víctima, sea quien sea, y la coloca por encima del criminal. Si el crimen se ejecuta con abuso de autoridad o de fuerza, o bajo la impunidad del poder, entonces ese crimen es más horrendo y monstruoso. La víctima se hace merecedora de mayor respeto, y más elevada consideración que su victimario."

Ripoll, Carlos: El bandolerismo en Cuba, desde el descubrimiento hasta el presente. New York: Editorial Dos Ríos, 1998.

domingo, octubre 31, 2010

Juegos imposibles

Una nube absurda y una furgoneta vieja, junto a medio galón de anticongelante, me han ocupado esos minutos tontos que todos nos concedemos mientras estamos en la bañera o paseamos con las manos en el bolsillo por las fronteras del oscurecer. Ayer, la cascada de pensamientos me condujo a sopesar las razones que me llevan a practicar cierto juego cuando viajo lejos de mi tribu o me encuentro en alguna situación especial de felicidad, de angustia, de emoción, de peligro,…

En ese juego, trato de registrar mi interior y cuanto me rodea en el preciso instante que estoy viviendo, incluidas las sensaciones que percibo y las emociones que me embargan. Con esta información, construyo una especie de paquete escheriano que deposito en algún rincón de la memoria, al tiempo que trato de visualizarme en el preciso momento en que lo recuperaré. Sí, en futuro, porque la finalidad hipotética es contactar a través de esa ráfaga de pensamiento con un tiempo más adelantado y revivir la situación antes de que suceda.* He de reconocer que la mayor parte de las veces no me acuerdo más de esos instantes, pero en algunas raras ocasiones, sí.

Sin embargo, no se trata de un déjà vu. Cuando se presenta la fase que podría denominarse de rescate, intento conectarme con esa chispa de pensamiento que un día jugué a depositar en mi propio futuro. El resultado es curioso, aunque nada tenga de inquietante. Vuelvo a verme en el mismo lugar, pero con una visión exterior, como si fuera otra persona que se sabe observada y devuelve la mirada con complicidad. Nunca esta percepción se prolonga más allá de algunos segundos y el espacio físico que puedo contemplar también es reducido. Sin embargo, esta experiencia difiere considerablemente de otros recuerdos, incluso de aquéllos que son más vívidos.

Como estoy razonable y occidentalmente cuerdo, sé de sobra que no existe la telepatía y, mucho menos, la auto telepatía intratemporal, por proporcionarle un nombre majadero, sino que todo se reduce a la falsa percepción cerebral que ha forzado mi pequeño truco mental; pero, aun sabiéndolo, no logro resistir el impulso de jugar a resucitar los momentos especiales.

Nunca he comentado esta afición, así que no sé si otras personas juegan a lo mismo que yo, aunque sospecho que todos tenemos diversiones parecidas que desarrollamos en la intimidad de nuestro pensamiento. Lástima que Jorge Luis Borges no se encuentre esta tarde con nosotros para preguntarle sobre cuál de sus dobles sacaba a los tigres al patio para jugar a las muñecas matrioskas.

-¿Y por qué no te compras una cámara de fotos o de vídeo, como todo el mundo? –me preguntarán ustedes, con toda la razón del mundo homogéneo, cuando yo digo que deseo revitalizar instantes.

Y sería lo sensato, pero mi pretensión no es ver dos veces imágenes idénticas ni siquiera sentirlas. En este caso, me da igual que la imagen del cuadro sólo represente una pipa o que verdaderamente lo sea. Mi aspiración lúdica secreta es jugar con el tiempo y el espacio, desviándolos de una ruta presuntamente inexorable. Supongo que si hubiera hecho esta declaración hace trescientos años, no habría habido quien -muertos ya el irlandés Scotus y su primera fuente de conocimiento divino- me librara de las cárceles secretas del Santo Oficio de la Inquisición, porque, según la ortodoxia católica, ese privilegio únicamente lo puede ejercer Dios y, de manera un tanto provisional, Satanás. Dos figuras que reúnen todas las cualidades por las que ha suspirado una buena parte de la humanidad desde hace milenios. Desgraciadamente, supongo que debido a mi repulsión al incienso y a los pelotilleros, rechazaría convertirme en un ser divino o diabólico, aunque la oferta me la hiciera el Corte Inglés en el primer día de las rebajas de enero.

De manera que seguiré jugando a lo mismo de siempre, sin una sola posibilidad de recuperar una décima de segundo o un centímetro cuadrado del mes pasado: un juego absurdo, tan absurdo como la esperanza de encontrar un paraíso después de la muerte. Pero si sólo esperásemos lo razonable, no seríamos humanos. Paradójicamente, sólo cuando nos hubimos convertido en animales racionales pudimos creer en lo irracional. Lo que nos gusta es que se produzca lo que sabemos muy bien que no puede producirse. A este juego dedicamos nuestra vida y nuestros esfuerzos de manera aparentemente absurda. Supongo que por esa sinrazón que a mi razón arrasa voy a votar en las elecciones, secundo huelgas que beneficiarán a quienes no las secundan, creo de vez en cuando que la factura del teléfono está hecha con buena fe y hasta tengo las esperanzas puestas en el corazón humano.

Sinrazones no me faltan: hace unos días estacioné el coche al borde de una carretera para mirar una nube rebelde que se había colocado de manera tan sensual como absurda al borde de la falda de una montaña. Levanté la tapa del motor quité la del radiador y puse una garrafa de anticongelante en el suelo. Lo hice para tener a mano una disculpa que ofrecer a los agentes de tráfico, si se les ocurría parar a mi lado. Ya se sabe que no somos de fiar quienes nos detenemos a mirar para los celajes y conviene tener una coartada a mano por si te ve la policía.

En esas estaba yo, cuando se acercó un señor de mediana edad con una furgoneta. Tomó su propia lata de anticongelante y se apeó del vehículo ofreciéndome consejos sobre lo que debía hacer para salir del apuro. Yo no lo conocía, él no me conocía ni tenía nada que ganar por prestarme su auxilio. Pero hizo lo único que yo no esperaba que alguien hiciera a aquellas horas de la mañana y en tales circunstancias: tratar de ayudarme a cambio de nada. Una razón más para invocar lo imposible.

___________________

(*) Los escritores más sensibles conocen una situación similar, en relación con sus lectores, futuros depositarios de sus mensajes, previa aparición de un alter ego del propio autor, conocido como héroe lírico, que traduce o interpreta sentimentos suprapersonales.

“¿Pero entonces no hay comunicación entre el poeta (el cuentista) y el lector?, la respuesta es obvia: la comunicación se opera desde el poema o el cuento, no por medio de ellos. Y esa comunicación no es la que intenta el prosista, de teléfono a teléfono, el poeta y el narrador urden criaturas autónomas, objetos de conducta imprevisible, y sus consecuencias ocasionales en los lectores no se diferencian esencialmente de las que tienen para el autor, primer sorprendido de su creación, lector azorado de sí mismo [cursiva mía].” (Julio Cortázar: Del cuento breve y sus alrededores.)

jueves, octubre 28, 2010

La educación en el estado español: de la alienación a la tragedia

Miguel de Unamuno estaba convencido de que únicamente los idiotas y los locos pueden ser felices. Tal vez, por esta razón, los seres humanos incidimos tantas veces en la locura y en la estupidez cuando perseguimos utopías sociales, políticas, mediáticas o pedagógicas, sin caer en la cuenta de que la regla de Unamuno jamás funciona a nivel colectivo. La estupidez colectiva conduce a la alienación y a la opresión, y la locura de la masa produce la tragedia.

Para encontrar ejemplos, no es preciso retroceder hasta la Segunda Guerra Mundial. Sin ir más lejos, podemos echar un vistazo a nuestro sistema educativo: una máquina compuesta de engranajes viejos, atascados, que saltan en pedazos cuando se presenta la menor dificultad, pero mil veces pintados con la purpurina de los nuevos planes ministeriales para proporcionarles una apariencia deslumbrante y, cómo no, europea.

Pocos parecen darse cuenta de que esa máquina no produce ni puede producir otra cosa que frustración y desencanto. Infelicidad, en suma. Lo que dice una Ley de educación es intrascendente, si los encargados de llevarla a las aulas continúan refocilándose en su jerga pedagógica en lugar de comprometerse con el cambio. Si trasladásemos esto a la Cirugía, en los hospitales se impartirían desmañados cursos técnicos sobre el rayo láser para que en el quirófano se continuara operando con bisturí.

Cuando una Ley habla de libertad de enseñanza, la autoridad educativa incompetente entiende protocolo en la enseñanza. En sus cabezas no cabe que es una robusta formación del profesorado la que va a educar al alumno, en lugar de estereotipados métodos asentados en el malabarismo didáctico que tantas víctimas infantiles y juveniles está empujando por los caminos que conducen a la incompetencia social y laboral.

Cada vez que aparece una nueva Ley de enseñanza, el comportamiento de los antes nombrados es perfectamente predecible: componer o plagiar cuatro reglas pedagógicas -en realidad, las mismas de siempre- y revestirlas con nombres recién traducidos. A continuación, comienzan a cobrar dietas para formar al profesorado con el fin de que transmita idénticos conocimientos con el nuevo método, quizás más caótico que el anterior. Esa formación del profesorado puede durar ocho, doce o dieciséis horas (les encantan los múltiplos de cuatro) impartidas por cuatro ponentes que se contradicen aun en lo más elemental, mientras el personal se amodorra o aprovecha para escuchar las últimas grabaciones de su mp4. Y poco más, excepto los calurosos aplausos a los oradores cuando les permiten volver a casa.

En realidad, no es esto lo grave. Incluso, si los nuevos protocolos fueran trasladados de manera masiva al aula, el problema continuará siendo que los estudiantes siguen recibiendo la misma bazofia algorítmica, en lugar de preparar sus mentes para investigar y ser críticas con la realidad que les rodea. Se les entrega pescado podrido y se les niega el anzuelo para realizar su propia pesca. Bien poco le importa al sistema educativo que el alumnado sea capaz de buscar por sí mismo las fuentes del conocimiento. ¡Si los psicopedagogos, imbuidos de un cognitivismo tanto o más anquilosado que el conductismo, diagnostican a un alumno por la cantidad de faltas de ortografía que comete o por su conocimiento de la tabla de multiplicar, qué se puede esperar del resto de este sistema! ¡Pobre del infeliz que caiga en sus manos!

Si no se pone pronto remedio, que no se pondrá, los resultados visibles en el sistema educativo español van a pasar de la actual alienación de los jóvenes a una tragedia que ya está enseñando sus garras en las nuevas generaciones nini. Mientras tanto, las autoridades educativas incompetentes continúan en su estado de autocomplacencia y felicidad, en el sentido más unamuniano del término, naturalmente.

jueves, octubre 07, 2010

Vargas Llosa, ¿un neoliberal comprometido? Relexiones sobre un Premio Nobel de Literatura

Lo primero que leí de Mario Vargas Llosa fue Los cachorros. Yo tenía quince años y tardé varios días en reponerme del impacto que me supuso descubrir una prosa tan revolucionaria. Evidentemente, viviendo en un pequeño pueblo de una minúscula isla, yo no conocía a los grandes narradores surrealistas, no sabía ni a qué olía la prosa de James Joyce y hasta dos años más tarde no leí la primera novela de Samuel Becket. Tal vez, a eso se debió mi sorpresa; aunque si hubiese leído ese relato por primera vez esta mañana también me habría sorprendido de algún modo.

Mi última lectura de una novela del escritor peruano fue La fiesta del Chivo (que es para mí la obra actual sobre dictadores que más se aproxima a Tirano Banderas de Valle Inclán), lo cual evidencia que no he leído sus últimas tres obras de ficción. Entre Los Cachorros y La Fiesta, he tenido suficiente tiempo (aunque a uno siempre le parece poco, cuando se trata de la propia vida) para leer casi toda su bibliografía. Llegado a este punto, cualquiera puede quedar como un crítico exigente, si añade: “bibliografía por lo demás irregular”. Afortunadamente, no he llegado a tamaño grado de estupidez como para poner en tela de juicio obras que tal vez precisen una segunda lectura para que adquieran todo su significado literario.

Hoy Mario Vargas Llosa ha recibido el Premio Nobel de Literatura con todo el merecimiento del mundo. Además de sus obras literarias, ha publicado ensayos de diversa índole, entre los que destacan los dedicados a los autores y a la novela francesa: Sartre, Camus, Victor Hugo,… Hoy sería una temeridad hablar de Gustave Flaubert y de su obra sin referirse a las opiniones de Vargas Llosa.

En cuanto al aspecto político, resulta imposible no mencionar las ideologías cuando se habla de un escritor importante de América Latina. Mario se decantó por la derecha y desencantó a casi todos sus lectores cuando se presentó a las elecciones presidenciales de Perú y puso de manifiesto una ideología cercana al neoliberalismo que hasta ese momento no había mostrado abiertamente. Sin embargo, la pregunta es: ¿Influye la ideología del escritor en la calidad de su obra?

Indudablemente, ideología y literatura caminan de la mano y suelen ser los escritores más comprometidos socialmente los que han producido mejores obras, desde Cervantes hasta Saramago. No obstante, no existe una línea fronteriza nítida entre escritores superficiales, antisociales y comprometidos. Nadie puede decir que el poeta mexicano Otavio Paz rehuyó el compromiso o que Vargas Llosa no ha retratado de manera valiente los crímenes de las dictaduras latinoamericanas, por el solo hecho de tener ideologías de derecha.

Finalizo con una anécdota sucedida en la Feria del Libro de Madrid, hace unos años. Yo me encontraba en una caseta frente a la que estaba Mario Vargas Llosa esperando para firmar ejemplares. El hombre no estaba muy atareado, pues sólo cada mucho tiempo llegaba un lector para que le firmara un libro. Sin embargo, muy cerca había una cola larguísima de gente que llevaba el mismo libro para saludar y pedir el autógrafo a su autora, una locutorcilla de la televisión basura, llamada Ana Rosa Quintana. Esta mujer daba la perfecta imagen de una pava real exhibiéndose sin pudor alguno ante una nube de peregrinos deseosos de ser abanicados por sus plumas de gran escritora.

Me dio tanta vergüenza como pena observar la soledad de Vargas Llosa y me acerqué para charlar un rato con él. Aunque ya la había leído, volví a comprar una novela suya en la que me estampó una preciosa dedicatoria. Ya se podrán imaginar que viendo el espectáculo que teníamos delante el tema de conversación era obligado…

A los pocos días, Ana Rosa Quintana fue llevada al juzgado por plagio y sufrió el proceso más bochornoso que pueda padecer alguien que se atreva a publicar con su nombre un libro robado Los cuarenta mil ejemplares de su novela fueron recogidos en la medida de lo posible por la Editorial Planeta que, por fin, reaccionó ante tanta desvergüenza. En mi biblioteca tengo un ejemplar de este bodrio, pegado a la obra firmada por Vargas Llosa, como recordatorio de las inmundicias literarias que en el mundo hay.

Por fortuna, algunas veces los individuos no mueren antes de que el universo tenga tiempo de nivelar los vasos de la justicia y cada cual quede en su sitio. Hoy, Mario está en el Olimpo y Ana Rosa no existe.

Felicidades al gran escritor y nuevo Premio Nobel de Literatura. Que usted lo disfrute durante muchos años, maestro.

No tengo más que ir a casa a buscar el fusil

Como Jesucristo, Franz Kafka era muy dado a mostrarnos la realidad reflejada en una parábola, quizás para que nos ahoguemos en ésta mientras pensamos que realmente contiene aquélla. Igual que se ahogó el bello Narciso, loco de amor por su imagen reflejada en el agua, o como se sumergía en los amaneceres aquel toro enamorado de una luna vislumbrada en los espejos del río.

Las metáforas pueden embellecer la realidad, pero pocas veces logran explicarla. Ahora bien, cuando las escuchamos nos quedamos con la sensación de haber comprendido los grandes secretos del universo. Por eso adoro a Borges y a Kafka, ese par de mentirosos que me inquietan tanto y tanto me sobresaltan.

Aquél tradujo a éste, quizás seducido por sus paradojas o, ¡quién sabe!, porque nunca lo entendió del todo y quiso dejar sus nombres unidos por lo que más amaba: el enigma.

Estos dos relatos brevísimos de Kafka no contienen soluciones para nada, pero tienen el encanto de acercarnos a la actual crisis económica desde el pesimismo más aterrador.

Fabulilla

–¡Ya! –decía el ratón–. El mundo se vuelve cada día más pequeño. Primero era tan ancho que yo tenía miedo, seguía adelante y me sentía feliz al ver en la lejanía, a derecha e izquierda, algunos muros, pero esos largos muros se precipitaban tan velozmente los unos contra los otros, que ya estoy en el último cuarto, y allí, en el rincón, está la trampa hacia la cual voy.

–Sólo tienes que cambiar la dirección de tu marcha –dijo el gato, y se lo comió.

El buitre

Érase un buitre que me picoteaba los pies. Ya había desgarrado los zapatos y las medias y ahora me picoteaba los pies. Siempre tiraba un picotazo, volaba en círculos inquietos alrededor y luego proseguía la obra. Pasó un señor, nos miró un rato y me preguntó por qué toleraba yo al buitre.

–Estoy indefenso –le dije– vino y empezó a picotearme, yo lo quise espantar y hasta pensé torcerle el pescuezo, pero estos animales son muy fuertes y quería saltarme a la cara. Preferí sacrificar los pies: ahora están casi hechos pedazos.

–No se deje atormentar –dijo el señor–, un tiro y el buitre se acabó.

–¿Le parece? –pregunté– ¿quiere encargarse del asunto?

–Encantado –dijo el señor–; no tengo más que ir a casa a buscar el fusil, ¿Puede usted esperar media hora más?

–No sé –le respondí, y por un instante me quedé rígido de dolor; después añadí–: por favor, pruebe de todos modos.

–Bueno –dijo el señor– , voy a apurarme.

El buitre había escuchado tranquilamente nuestro diálogo y había dejado errar la mirada entre el señor y yo. Ahora vi que había comprendido todo: voló un poco, retrocedió para lograr el ímpetu necesario y como un atleta que arroja la jabalina encajó el pico en mi boca, profundamente. Al caer de espaldas sentí como una liberación; que en mi sangre, que colmaba todas las profundidades y que inundaba todas las riberas, el buitre irreparablemente se ahogaba.

sábado, octubre 02, 2010

SEGUNDOS. Apropósito de Lisboa


A veces, pasamos sobre el tiempo como si fuese viña vendimiada, dejándonos atrás las joyas que nos ofrece cada segundo, sin percibir siquiera su presencia. Aramos el día, como si arásemos agua. Pasamos cinco, ocho o diez horas en nuestro puesto de trabajo creyendo que poco puede ofrecernos la vida en ese intervalo. Camino de casa no se nos ocurre comprobar si en la radio están poniendo una nueva joya musical o si en el árbol de la acera se ha posado un pájaro que nunca habíamos visto, y jamás paramos cuatro minutos para buscar algo inesperado en las nubes, en la hierba o en el asfalto. El resto del día transcurre con la misma monotonía y ya pueden aparecer dos lunas en el cielo que la noche está reservada para ver el televisor.

Igual nos sucede cuando salimos de paseo o visitamos alguna ciudad donde encontramos músicos callejeros. Poca gente decide parar, menos aún escucharlos con atención y raro es quien entabla conversación con ellos. La mayoría les da un tratamiento de mendigos. Los ignora como si fuesen objetos molestos o les tira una moneda de diez céntimos sin oírlos siquiera.

Conocido es el caso de Joshua Bell, aquel famoso violinista de Washington, que hace tres años se puso a tocar, con su Stradivarius de 3 millones de dólares, un concierto de Bach en el metro y no recogió más de un par de dólares sin que recibiese otra felicitación que la de una mujer que lo había escuchado en la Congress Library. Por la noche, ofreció el mismo concierto en un auditorio abarrotado por un público que había pagado las entradas a precios exorbitantes. Le aplaudieron a rabiar muchas de las personas que por la mañana lo habían mirado con desprecio. ¿No será esto lo que se llama falta de ignorancia?





Me gustan los músicos de la calle. No puedo resistirme a escucharlos, a fotografiarlos o filmarlos, cuando llevo una cámara. Los considero uno de los tesoros que me depara la vida a cambio de muy poca cosa: tomar conciencia de que existen y pueden ser fantásticos. No podría decir ahora cuántas fotos u horas de filmación tengo guardadas sobre personas que interpretan su música en la calle, pero son muchas. Algunos de esos minutos están ocupados por el vídeo que he insertado en esta página.

Se trata de Toni Banza y un amigo, dos fadistas que conocí hace varios años en la Lisboa nocturna y a quienes he filmado más de una vez, siempre con el proyecto de realizar con ellos una tournée por Portugal, tomando el camino del Norte. Ahí están; en la calle, con el frío y la humedad del invierno lisboeta, ofreciendo, a quien desee escucharles, dos excelentes voces cargadas de sentimiento y tradición. No son mendigos, sino artistas muy dignos.

Yo soy un pobre aprendiz en el cultivo del tiempo. Muchas veces, como Bolívar, tengo la sensación de que los surcos se cierran demasiado rápido. Se me escapan no sólo segundos, sino horas completas sin que les arrebate alguna prenda o logre encontrarles el corazón. Ahora bien, cada vez consigo saborear más los frutos que busco en los intersticios del día: una palabra, una sonrisa, una melodía, un sabor nuevo, una caricia, una magdalena nostálgica, una brisa o un estremecimiento. Y, por qué no, una tristeza.

jueves, septiembre 30, 2010

HÉROES Y SUPERHÉROES DE FICCIÓN. Segunda parte

Gramsci dice que en Montecristo se hallaba el fermento del superhéroe que desa­rrollaría posteriormente la filosofía nietzscheana con Zaratustra. Cuando, en las primeras décadas del siglo XX, comienzan a aparecer los cómics, el asunto adquiere una doble vertiente: el héroe debe acoplarse al sorpresivo protagonista de las novelas mientras que no puede perder la personalidad esencial del mito. Es decir, ha de cambiar; pero sin cambiar. Un más que aparente conflicto cuyo prototipo se resume en Superman, cómic aparecido en la década de 1930.

El atolladero se evidencia en cuanto el personaje, Superman, al contrario que Hércules, debe realizar acciones contemporáneas a la narración y avanzar hacia un futuro. Hércules es sólo historia: sus trabajos ya están hechos y eso le define; ya no hará nada más y se convierte en un personaje estático. Superman sí hace cosas, porque su público quiere que haga cosas y que además sea sólo un mito (una gran historia acabada, completa). Aquí nace el dilema para sus guionistas, pues, sobre la historia mitológica de Superman, otras historias deberían acumularse y avanzar con él hacia el futuro. Sin embargo, los guionistas han optado por ignorar el tiempo de la narración, sin iniciar un nuevo cómic donde ha terminado el anterior, esperando que los lectores opten por no darse cuenta. Y qué decir de las aventuras de Superbaby (Superman de niño) o de Superboy (Superman de jovencito) que se han publicado paralelamente, incluso con los tres volando juntos por el mismo cielo.

En opinión de Umberto Eco, esas rupturas en el tiempo de narración han de ser ignoradas por el lector o el mito se quebraría; sin embargo, no son exclusivas de los cómics de superhéroes, sino forman parte de la literatura de Joyce y de Grillet con situaciones temporales paradójicas, aunque realizadas con intención crítica, lo cual está muy lejos del “valor pedagógico” de los cómics de Superman que parecen decir: “Olvídate de la responsabilidad. Cuando empieces otra historia, no tendrás que asumir cuanto has hecho anteriormente”. La técnica narrativa que se maneja para obtener estos resultados se llama iteración, utilizada también en las novelas de James Bond.

Los métodos iterativos son redundantes: cuando uno conoce un episodio de la serie, los conoce todos. La repetición de los viejos esquemas establecidos, el runruneo monótono de la moralidad hipócrita y la reiteración de lugares comunes se vende como literatura de evasión que invita al placer cómodo.

¿Quiere todo esto decir que los lectores de historias de superhéroes son personas cuya inteligencia está rozando la simpleza? Necesariamente, no. El lector contumaz de estas publicaciones tiene unas características psicológicas que explican su comportamiento:

-Se le convence fácilmente con un bombardeo televisivo que lo invita a consumir objetos que adquiere todo el mundo, haciéndole pensar que si no los compra será más infeliz que el resto de los mortales.

-Cada superhéroe tiene su doble personalidad en un tipo de apariencia insignificante: Clark Kent para Superman, Bruce Wayne para Batman, etc. Esto provoca que millones de personas que se consideran tipos insignificantes se identifiquen con Clark y sueñen desarrollar una personalidad irresistible, como la de su superhéroe.

Sin embargo, lo que Eco ha denominado cotilleo aleatorio –categoría a la que confiere rango de estructura novelesca, con un nivel semejante a los aceptados tradicionalmente– ya existía en las obras del boom folletinesco del XIX, incluidas algunas de las más conocidas obras de Alejandro Dumas. Las técnicas iterativas pueden ser utilizadas de diferente manera de las empleadas en Superman, Batman o Spiderman. Los protagonistas de estas historias cortas, cuyo siguiente capítulo ignora los anteriores, son de varios tipos:

-Antihéroes indestructibles e indeformables como Mortadelo y Filemón, en España, ecos lejanos de don Quijote y Sancho Panza, que ridiculizan a los agentes secretos (caballeros andantes literarios y fílmicos de la segunda mitad del siglo XX) del tipo de James Bond.

-El Capitán Trueno, el Jabato o el Guerrero del Antifaz, púdicos y machistas aventureros que van buscando camorra por el mundo y son capaces de enfrentarse ellos solos a tres mil enemigos y ponerlos en fuga, sin sufrir un solo rasguño.

-Astérix y Obelix, anti-imperialistas pueblerinos, protegidos por los efectos mágicos de una sopa, a quienes solamente les importa su aldea y se desentienden de la suerte del resto de la Galia.

Sin embargo, Charlie Brown o Mafalda no entran en esta categoría, pues no gozan de poderes extraordinarios, sino que basan su éxito en sus ocurrencias sobre asuntos del mundo de las personas adultas, expuestos en un escenario infantil y tratados mediante la psicología infantil. Eso ha permitido que sean personajes muy apreciados, tanto por los niños como por la gente adulta.

Frente a todos estos héroes está el villano. Es la otra cara de la misma moneda: el héroe no puede existir sin un personaje perverso, como lo alto no puede ser sin lo bajo ni la divinidad sin los demonios. Es el contrapunto materia-antimateria. Los héroes demasiado buenos van acompañados de antagonistas demasiado malos y a los héroes no tan perfectos les corresponden villanos con ciertas dosis de bondad. Esto lo saben perfectamente los nuevos guionistas de cómics y películas de superhéroes que se esfuerzan en agregarles defectos junto a lo que ellos consideran virtudes, aunque en realidad estas supuestas virtudes no sean sino un compendio del más decadente decálogo consumista que se va sobreponiendo a otros más antiguos. Trataré de realizar un análisis sobre este asunto en una próxima entrega.

domingo, septiembre 26, 2010

HÉROES Y SUPERHÉROES DE FICCIÓN

Héroes y superhéroes son habituales objetos de consumo en nuestra sociedad, cada día más acostumbrada a trabajar para adquirir bienes-basura. Nosotros y nuestros hijos adaptamos nuestro comportamiento a patrones diseñados y vendidos como prototipos a los que debemos aspirar: un hombre indestructible, una mujer bella sin remilgos humanitarios, una doble vida o una manera de hablar y hasta de caminar. Todos estos personajes han sido creados con un objetivo común: vaciarnos los bolsillos (y de paso, el cerebro) sin que nos demos cuenta. Pero, ¿cómo tuvo lugar este proceso?


Las novelas por entregas, que comenzaron en el siglo XIX, atravesaron tres fases que pueden diferenciarse por el tipo de protagonistas que utilizaron:

1. Héroes al estilo de Robin Hood que restablecen desafueros de los poderosos, actuando desde posiciones individuales con métodos ajenos a la ley, como el asesinato y el robo. Aquí pueden encuadrarse Montecristo y Rodolfo Gorestein.

Los autores que crean obras de este tipo, en la literatura de orientación valorativa, se sirven de hechos de la vida real para adaptarlos a cierto ideal, para ilustrar con ellos determinada tesis, para demostrar la validez de su concepción filosófica (o mística) de los problemas fundamentales del hombre y de la sociedad. Esta literatura utiliza, entre otros recursos y procedimientos, la glorificación, la heroización, y, con frecuencia, la idealización, de valores morales, ideas, acciones o personajes.

Cierta parte de la literatura valorativa produjo numerosos héroes según patrones específicos que en situaciones adecuadas a modelo establecidos superan todas las dificultades y obstáculos. Han sido, sucesivamente, caballeros, robinsones, cowboys y detectives. Los lectores de determinado nivel cultural proyectan, en los apasionantes destinos de estos héroes, sus anhelos de grandeza, gloria, brillantes hazañas, valor e ingenio.[1]

2. Los protagonistas que no cuestionan el sistema social y son ayudados por la policía a resolver pequeños problemas. Es el caso de Sherlock Holmes.

3. Los héroes que son delincuentes de guante blanco de finales del siglo XIX y principios del XX, como Fantômas y Arsenio Lupin, que dejan en ridículo a las fuerzas del orden y disponen al lector a favor del crimen.

Después, apareció Tarzán, héroe semidesnudo –un clónico del buen salvaje de Rousseau, de Robinson Crusoe, de un domador de circo y de un policía municipal de la jungla–. Un inglés que había sido criado por los monos, sobrevivía en la selva saltando de liana en liana e imponiendo el orden con alaridos y puñetazos. Eso sí, sin mezclarse más de lo conveniente con sus vecinos negros. En una época en que la xenofobia era el pan de cada día, Tarzán triunfó en la novela de Burroughs, en los cómics de Hogsrth y en las películas protagonizadas por Weissmuller, pudiendo inscribirse con todos los honores entre los superhéroes que se verán más adelante.

Es muy interesante seguir los razonamientos que Umberto Eco[2] ha realizado en torno a los superhéroes actuales, protagonistas habituales de cómics, pero también de películas y novelas. El lingüista italiano parte de que Hércules, héroe de la mitología griega, debía su personalidad divina a su historia, igual que sucedería más tarde con las imágenes cristianas. Es decir, la historia o la trama de un personaje definía al propio personaje.

Sin embargo, llegada la época medieval conocida como gótica, los héroes de las narraciones no estaban ya definidos por la trama. Se narraba una historia cien veces, la gente la sabía de memoria y continuaba gustándole que se la contasen, porque esta narración se hacía de forma dramática. Lo que gustaba al público no era la trama de la historia, más que sabida, sino su representación, como sucede con los niños de tres o cuatro años que insisten ver, una vez y otra, la misma película de dibujos animados, sin cansarse jamás.

Las narraciones románticas, sin embargo, comenzaron a conferir más importancia a la trama. La novela popular[3] trajo como novedad que los lectores se interesasen por lo imprevisible que podría surgir en una historia. La diferencia es fundamental, puesto que hasta entonces se daba por supuesto un convencionalismo: las historias habían sucedido antes de la narración, mientras que, a partir de ese momento, las historias acontecían en el mismo momento en que se narraban. Es decir, entre narrador y lector se convenía esa suspensión de las leyes temporales, para que la historia se desenvolviera paralelamente al relato. Este nuevo género de narrativa escrita cautivó a las masas y, en el siglo XIX, se centuplicaron las ventas de fascículos, como sucedió en el caso de las obras de Charles Dickens: la gente esperaba ansiosa cada entrega para consumir un nuevo suceso inesperado.

Y es aquí donde intervienen los héroes: Rocambole, el conde de Montecristo, los tres mosqueteros o Sherlock Holmes. Héroes que, a pesar de todo, siguen conservando sus características humanas y se parecen a los lectores en cuanto que sus sentimientos son similares y su fortaleza física puede compararse con la de algún vecino de constitución vigorosa. Las características del héroe novelesco no llegan, pues, a alcanzar las del mito griego.

Sin embargo, las semillas que habría de producir al superhéroe ya se estaban sembrando, como veremos en el siguiente post.


[1] Bélic, Oldric y Hrabák, Josef: Introducción a la Teoría Literaria. Editorial Pueblo y Educación, La Habana (Cuba), 1988.

[2] Umberto Eco: Apocalípticos e integrados. Lumen-Tusquets Editores, Barcelona, 1995, y El superhombre de masas. Tusquets Editores, Barcelona, 1995.

[3] La novela popular nació en Francia, en el siglo XIX, cuando el editor Girardin fun­dó, en 1833, una empresa que vendía novelas por entregas. Así se editaron Los miserables (1862) de Víctor Marie Hu­go (1802-1885) y Los tres mosqueteros (1844) de Alejandro Dumas (1802-1870).

BICENTENARIO DE LAS CORTES DE CÁDIZ

No soy muy dado a celebrar cumpleaños, onomásticas, romerías de santos, días nacionales o internacionales y otros aniversarios divinos, reales o republicanos. Casi todas estas conmemoraciones acostumbran a ser ceremonias narcisistas, vacías de contenido, cuyo mayor provecho no suele pasar de una tajada, un lavado de conciencia o de estómago o, en el peor de los casos, la homilía empalagosa de algún político o enchufado dirigida a los medios de comunicación. El culantro es bueno, pero mucho empalaga, asegura un refrán costarricense, en total acuerdo con un haiku de Basho:

El perfume de las orquídeas
en las alas de las mariposas
empalaga
.

Sin embargo, hoy encuentro motivos sobrados para celebrar un centenario por todo lo alto. Se cumplen dos siglos de la inauguración de las Cortes de Cádiz, es decir, de la colocación de la primera piedra democrática que nos ha conducido a disfrutar ‒bien es verdad que de manera intermitente‒ de algunos gobiernos que han sido fruto de la voluntad popular. No es poco.

Por primera vez en la historia, un grupo de Diputados españoles peninsulares y ultramarinos (americanos, filipinos y canarios) se convirtió en un cuerpo institucional capaz de promulgar leyes en nombre del pueblo al que representaba. Esta hermosa aventura comenzó el día 24 de septiembre de 1810, en un teatro alquilado en el pueblo de San Fernando, en Cádiz.

Estas Cortes democráticas vieron la luz en medio de una terrible crisis: una invasión francesa en toda regla, un grupo de españoles militares y aristócratas tratando de sacar provecho personal de esa ocupación y un monarca truhán que felicitaba por carta a Napoleón cuando ganaba batallas en España. En estas penosas circunstancias, tratando de superar lo que parecía insuperable, comenzó a desarrollarse un cuerpo legislativo que consagraba la soberanía nacional frente a la soberanía real, la división de poderes, la igualdad y la legalidad o la libertad de imprenta.

Antonio Ruiz de Padrón, un Diputado canario que alcanzaría merecida fama más adelante, escribía en una carta a su hermano:

Ya salió la famosa Constitución, monumento de la sabiduría de los hombres y lo más perfecto que puede hacer el ingenio humano y que nos restituirá nuestra libertad política. Hasta aquí no hemos sido nación, sino un rebaño de bestias, gobernados por déspotas y tiranos. Ya está sancionada, publicada y jurada solemnemente por todas las clases de Estado y por la tropa, con una pompa y solemnidad no vista. Ya todos somos iguales delante de la ley. Por allá irá.

Ya nada se llama real, sino nacional. Ejército, armada, audiencia… todo es nacional. Sólo los palacios que la nación ha dado al rey, son reales.

Todo cuanto dices de escuelas, médicos, etc., etc., todo se ha tratado en las Cortes, y todo se arreglará poco a poco. Todos esos despotillas de que me hablas, caerán delante de la Constitución y de la ley. Prepara con tiempo al pueblo para que el día que se publique ahí la Constitución, la celebren hasta con locura de mojigangas, repiques, fuegos, iluminación, danzas, […].

lunes, junio 07, 2010

El estrafalario caso del francés Milbert y su joven momia guanche


Jacob Edgard Milbert, en su madurez.

Estaba más colgado que el butafumeiro de Santiago en un año compostelano. Jacob Gerard Milbert era francés, dibujante y en su cabecita sólo cabían las cosas que encajaban con los usos y costumbres de su país. Era como esa pléyade de turistas españoles que con cara de asco recorren los restaurantes de Estambul, Tokio o La Habana preguntando si les pueden servir “una tortilla de patatas” o unos tacos de jamón extremeño con medio litro de Casera y media docena de aceitunas rellenas de pimientos de la huerta murciana. Jacob llegó a las Islas Canarias, en 1800, a los 36 años de edad, armado con algunas resmas de papel de dibujo y un diario friki en el que anotaba todas las tonterías que le pasaban por los champiñones que debía tener por neuronas. Nadie puede negar que era buen dibujante o, al menos, un dibujante apañadito, y lo demuestran las láminas de la expedición que realizó con el capitán Nicolas Baudin. ¡Pero quién le iba a decir que su manuscrito no sólo se imprimiría en su país, sino que sería volcado al alemán y, dos siglos más tarde, traducido y publicado en español! Más aún, le pertenece la autoría de otro libro famoso sobre su expedición, en 1828, al río Hudson, en los Estados Unidos, durante la que dio a sus compañeros más lata que un cochino debajo del brazo. Claro que tener libros publicados no obsta para que estén llenos de chorradas ni exime a nadie de otras singularidades cuyo propietario suele ser distinguido en la actualidad con el espantoso término friki.

Cuenta nuestro inefable Jacob en la primera página de su obra titulada Voyage Pittoresque á l’Île-de-France, au Cap Bonne Espèrance, et l’Île de Tènèrife que esperaba encontrar Canarias igual que en los tiempos de Platón y se llevó una gran desilusión. Después de un profundo análisis del terreno se convenció de que más de una cosa había cambiado desde los tiempos de Pericles. Ya ven, un auténtico lince al que se le escapaban pocos detalles. No haber contemplado riachuelos de leche y miel ni ver faunos saltando en las rocas de la playa fue más de lo que pudo aguantar su ilustrado espíritu. Por esta causa, Jacob se agarró una fuerte perreta que se tradujo en continuas faltas de respeto a los canarios, a sus obras y a su tierra. No es el único viajero francés que escribe en plan borde, pero sí me parece el más tonto de todos los que han escrito. Tal vez, por esta razón, me ha fascinado tanto su libro. La siguiente descripción de una excursión desde Santa Cruz a La Laguna, donde era difícil que un ciego se perdiera en los escasos diez kilómetros de un ancho camino para carretas, es más que suficiente para ilustrarnos sobre las luces de este César galo:

“Después de haber dado algunos pasos por un sendero erizado de piedras agudas que lo hacían impracticable, encontramos ante nosotros una pared de rocas casi perpendiculares que cerraba el pequeño valle. No descubrimos ningún atajo para salir de este atolladero; dimos marcha atrás y tomamos el camino principal. Entonces distinguimos a parte de nuestros amigos que iban delante de nosotros, a una gran distancia. El suelo por el que marchábamos era de un color generalmente parduzco, cubierto de cualquier vegetación. Las piedras más redondas daban vueltas bajo nuestros pies y nos hacían numerosas contusiones; sin duda, eran pequeños fragmentos de rocas que, en la estación lluviosa, los torrentes habían arrastrado de las montañas superiores. Su substancia era volcánica; algunas, de una naturaleza esquistosa, tenían los ángulos romos por el roce; otras eran de una especie de lava de granos finos, insípidas al gusto y que se pegaban a la lengua. A una gran altura el aire se volvía sensiblemente más fresco y ligero; […].”

Teniendo en cuenta que La Laguna está a menos de 550 m de altitud, se puede calcular que esa gran altura debería estar en torno a los 300 m sobre el nivel del mar, como mucho. No me quiero ni imaginar a aquel grupo de científicos caminando por una vía, que transitaban decenas de carretas y bestias de carga diariamente, asombrados del roce de las piedras del camino y llevándoselas a la boca para comprobar si se pegaban a sus lenguas. No sé si los excrementos de los bueyes y de las mulas tendrán grandes propiedades de adherencia, pero estoy seguro de que las piedras untadas con ellas han de ser un tanto pegajosas cuando uno se pone a lamerlas. Pero prosigamos con algunas de las inteligentes observaciones de nuestro personaje, esta vez referidas al can de un pastor que la expedición encuentra algo más arriba:

“Su perro y fiel compañero, echado, nos miraba pasar asombrado de nuestro número así como de nuestro atavío.”

Lo cual viene a demostrar que no sólo hay perros más inteligentes que el amo (“el mío mismo”, diría nuestro sagaz viajero), sino incluso más observadores que los naturalistas que los describen. Fantástico, subrayaría Eduardo Punset. ¿Todavía dudará algún insensato de que el nombre de Canarias se debe a sus excepcionales canes, capaces de distinguir entre una casaca francesa y otra de diferente nacionalidad?

Jacob Milbert intentó dejarnos una imagen gráfica de su gran exploración, entre Santa Cruz y La Laguna, pero no lo logró por las dificultades que nos refiere, y fue una lástima porque me hubiera gustado conocer el gesto del perro pasmado:

“Intenté hacer un dibujo de esos sitios pintorescos; pero la hora avanzaba y fue necesario darme prisa para alcanzar a mis amigos. Llegamos todos juntos a La Laguna.”


.

Vista panorámica de La Laguna, en la época en que J. Milbert la visitó.

Ya tenemos a nuestro intrépido viajero a salvo en La Laguna, lejos de los peligros que entrañan las piedras redondas del camino, sin olvidar las piedras afiladas que le debieron saltar a las canillas como si fueran pirañas. Por suerte, hacía cuatro décadas que el marqués de San Andrés, don Cristóbal del Hoyo, había fallecido. De modo que no tuvo ocasión de dedicarle una o dos décimas que sin duda habrían martirizado a Monsieur Milbert tanto o más que la infame carretera. Sin embargo, nuestro paladín no pudo huir de los guachinches laguneros que sustituyeron honrosamente a don Cristóbal cambiando, eso sí, rimas por cucharas:

“Los mesones de La Laguna son detestables y muy caros. Los platos favoritos de quienes los frecuentan consisten en un gallo viejo, o una gallina condimentada con azafrán.”

Todo estaba en contra de nuestro héroe, incluida la edad del gallo, cuyos dueños ajusticiaron tan pronto le vieron la jeta de friki.

−Ahora o nunca, Pepa −debió decirle a su esposa el mesonero−. Córtale el cogote a Matusalén y adóbalo en azafrán hasta que pierda el sabor a viejo.

−¿Pero el azafrán no era para las gallinas, Miguel?

−Déjate de remilgos ahora, mira que mañana nos llega otra burra cargada de azafrán que nos trae el medianero de don Domingo Castro en Anaga. Ya le mandé aviso de que teníamos franceses a la mesa.

−Pobre gallo Matusalén, mira que vivir tanto para terminar amortajado en azafrán y enterrado dentro de tan mentecata sepultura.

La suerte es compañera de la ingenuidad. Así que el francés, terminado el gallo, terminó por toparse con el doctor Saviñón, un erudito lagunero que lo invitó primero a su casa y luego, tan pronto lo conoció bien, lo apremió para que se fuera… a proseguir sus investigaciones. Dejemos hablar a nuestro genio:

“Conociendo estos señores nuestros proyectos, no nos quisieron retener mucho tiempo.”

A Saviñón no se le escapaba una, acostumbrado a recolectar toda clase de bichos para su pequeño museo natural y remedios para sus pacientes, ¿acaso no iba a cazar al vuelo la profundidad mental de Jacob Milbert en menos de cinco minutos? De manera que pronto el francés y su troupe se hallaron caminando hacia la vega lagunera como quien se dirige a Waterloo, dispuestos a morir por su revolucionario emperador. No pasa mucho tiempo antes de que nuestro hombre se separe del resto y decida explorar por su cuenta. Dibujar, no dibujará mucho, pero alguna idea genial se le ocurrirá. Seguro.

“Las partes bajas son cenagosas y es necesario atravesar una especie de turbera, formada por aguas estancadas. Allí crecen confervas y otras plantas acuáticas que se descomponen, se mezclan y se combinan con el suelo, produciendo una sustancia blanda. Esa turba proporciona excelente combustible que se podría utilizar en el consumo diario de algunas fábricas.”

Naturalmente. El genio ha descubierto el combustible del mañana, el que proporcionará riqueza y energía sin límites a las industrializadas islas. Tan fácil como soplar y hacer botellas. Una aportación prodigiosa que las futuras generaciones de canarios agradecerán al gran Milbert, erigiéndole un monumento en el mismo centro de una pleiesteison. Pero todavía la mente prodigiosa de Jacob ahondó más:

“La vista de este pantano me provocó la idea de que se podría sacar un gran partido a la llanura de La Laguna y crear en ella praderas naturales.”

Nada menos. Como en Versalles, también podría hacerse un tremendo jardín y montar fiestas con paté de gallo viejo y vino tinto peleón, en lugar de champagne francés. Digo yo si tanto delirio no vendría porque a doña Pepa se le fue la mano con el azafrán…

Pero no era Jacob el único pendejo, dicho sea con permiso de Alberto Cortés y de su compadre Facundo Cabral, licenciados ambos en Pendejología. El jardinero jefe de la expedición en que estaba enrolado nuestro héroe tampoco era hombre de andarse con chiquitas. Estarían a muy poca distancia de La Laguna Jacob y su guía (“de cuyo nombre lamento no acordarme” confiesa el muy pendejo, después de haber comido, bebido y dormido en su casa) cuando…

“Vimos venir hacia nosotros, a través de esas encantadoras soledades, al bueno de M. Riedlay, jardinero en jefe de nuestra expedición; estaba agobiado bajo el peso de su amplia recolección; la depositó cerca de nosotros y nos mostró orgullosamente sus riquezas. Por el número de las plantas, la brillantez de las flores y la elegancia de sus formas, la elección no podía ser más variada. Después de unos instantes de descanso nos separamos y él siguió una dirección opuesta a la nuestra.”

Yo me imagino a toda esta tropa de frikis corriendo de acá para allá, semejantes a los comecocos, cargados como mulos, resoplando como concejal cerril en noche de elecciones y saludándose con toda formalidad cuando se tropiezan por casualidad debajo de cualquier árbol.

−Ça va, Monsieur Legrand?

−Ça va, mon ami, ça va!

−Au revoire, Monsieur Legrand!

−Au revoire, Monsieur Milbert!

De cualquier forma, nuestro hombre algún poder extrasensorial sí debía poseer, dado que ya se adelantaba un par de siglos a su época y apuntaba maneras. Les juro que no he cambiado una sola palabra del texto siguiente. Fíjense:

“No diré nada de esta magnífica digital [“digitale”, en el original francés] de Canarias, ni de esos corazoncillos variados ni de otras tantas plantas dignas de toda la atención de los naturalistas. Estos detalles serán el tema de un capítulo especial.”

¡Pues que Dios nos coja confesados! El tipo es capaz de salirnos con un capítulo del mismísimo Mario Brother. Sin embargo, ahora está muy ocupado subiendo su montaña y no hay peligro inmediato de que nos endose su maestría botánica y digital.

“Cuando alcanzamos la cima de la montaña, escuchamos un concierto muy melodioso; se hubiera dicho que los huéspedes de esos bosques celebraban a porfía nuestra llegada. Entre una gran cantidad de pájaros cantores, se distinguían el canario de plumas verdosas, el paro y el arandillo. Poco acostumbrados a la vista de los hombres, todos huían de nuestra aproximación para ir a posarse un poco más lejos y continuar allí su canto. Sin embargo, la infinidad de músicos volvió el concierto fastidioso y terminamos aturdidos.”

Pobre Jacob, los enojosos pájaros no saben mantener el pico cerrado después de ofrecer el concierto de bienvenida. No. Estos desvergonzados canarios verdosos trinan y trinan sin piedad con la inicua intención de aturdir a nuestro, aunque pintor, sabio. Se han perdido las buenas costumbres de los clásicos y ya ni se respeta al visitante culto que no logra vini, vidi,vici porque las aves le disturban su pensamientos áureos. O tempora, o more!

−No sé si será un poco tarde para pedirle a usted disculpas en nombre de mis alados compatriotas, estimado Milbert –digo en voz alta, por si su cuerpo astral aún revolotea entre las páginas del libro que sostengo en mis manos.



l
Las plantas del género Digitalis producen estas hermosas flores y son nativas de Europa, el noroeste de África y Asia central y occidental.

Algo tenía que gustarle a nuestro héroe y, al fin, lo descubrió, después días vagando por Tenerife: el Teide: un Pico que, al parecer, huía del francés en tanto que el resto de los mortales podía verlo tanto desde Santa Cruz como desde La Laguna, sin necesidad de ascender a aquel monte Olimpo donde los pájaros aturden las almas delicadas con sus trinos salvajes.

“¡Qué espectáculo! ¡Qué imponente y grandioso es! Fui deslumbrado y obligado a cubrirme los ojos con las manos.”

Lástima. Pero es lo que tiene ser friki: si a uno le encanta un tipo de música, la pone a toda pastilla por los auriculares para quedarse sordo; si a uno le gusta realizar una excursión, abre el guguelmap y disfruta subiendo las virtuales montañas como si nada; y si a uno le gusta ver algo hermoso, se tapa los ojos con las manos o mete la cabeza dentro de una caja de cartón. No crean que es tan fácil ser ciudadano de Frikilandia. Por esto Jacob servirá a las futuras generaciones como ejemplo a seguir.

Supongo que el resto de la descripción del Pico la haría Milbert por referencias, porque, con los ojos tapados, ya me dirán ustedes… A la vuelta, su parecer sobre el aprovechamiento de la turba pantanosa se difumina en el lodo etéreo de su pensamiento y deja paso a otra opinión más pintoresca:

“Los habitantes ignorantes e imprevisores deberían […] plantar las higueras, las platanera, los naranjos, atraerían la humedad y templarían la atmósfera.”

¿Cómor? Entonces, en qué quedamos: ¿secamos La Laguna o la humedecemos? Es tremendo este francés. Nada detiene su afán de dar consejos a los “ignorantes e imprevisores” habitantes de la isla, ni siquiera el frío clima de La Laguna es óbice para cultivar plátanos, aunque falte más de un siglo para que se invente el plástico de invernadero y este dibujante metido a ingeniero agrícola no haya visto una sola platanera desde que nació. De cualquier manera, es de justicia reconocer que Jacob Milbert era friki, pero no tonto. A pesar de que se le fue el tiempo en asistir a una iglesia y comer en casa de su guía y…

“En ese momento entraron los señores de Saviñón, quienes me dijeron que hacía mucho tiempo que casi todos mis compañeros se habían ido y que era inútil pensar en ponerse en camino, Esos señores insistieron, con el mejor empeño del mundo, para que me quedase; me dejé convencer.”

¡Cómo no! iAy, Señor, vaya cruz les caería a los laguneros, cuando ya pensaban que lo habían perdido de vista para siempre.

“[…] Pasamos en el jardín una velada deliciosa. Allí se cultivaba el naranjo en plena tierra. Tenía frutas muy hermosas de un color dorado, que me recordaron las de nuestras islas de Hyères, en la costa de Provenza.”

Sin comentarios. No diré que me parece mucho para un solo día ni siquiera mencionaré lo del naranjo en plena tierra: es posible que algún lector piense que los naranjos se plantan en el aire y esta frase le sirva para saber que los árboles se plantan en tierra. Por eso la dejo. Sin embargo, esta vez, don Jacob es inocente. Ha sido la impericia del traductor que ha traducido “pleine terre” por “plena tierra” y no por “campo abierto”, que sería lo correcto. Ya ven, a perro flaco todo son pulgas: la vida del friki está llena de contratiempos hasta en las traducciones de sus libros; incluso, en altas horas de la noche, cuando el resto de la humanidad descansa a pierna suelta, la desgracia del friki anda al acecho como si fuera perro canario acechando casacas:

“Cuando me disponía a descansar de las fatigas de la jornada, unos pérfidos músicos vinieron bajo mis ventanas a dar una serenata a alguna belleza del vecindario. Me fue imposible pegar ojo durante la noche. Maldije de buenas ganas a los músicos y a la señora y esperé el día con impaciencia.”

Con el marqués de San Andrés bajo tierra y don José de Viera y Clavijo vegetando en Las Palmas de Gran Canaria, ¿a quién se le ocurriría la idea de ofrecer al francés una serenata hasta el amanecer? Don Lope de la Guerra es hombre serio que no pierde el tiempo en esas tonterías; don Tomás de Nava, lo mismo; y el doctor Saviñón tampoco parece que utilice esos ardides para alejar a los moscones. Raro, raro, raro…

Llegó el amanecer y, tras deglutir todo cuanto pusieron a su alcance, nuestro Jacob se lanzó a las calles de la ciudad con su cartapacio bajo el brazo. Después de sufrir viendo que los gansos del mercado eran menores que los franceses y de aturdirse con el vino dulzón y el humo del tabaco en un hostal, el francés se decidió a bajar a Santa Cruz. No se rían, por favor:

“Encontré las mismas piedras que me habían molestado al subir. Aún tuve más dificultades para descender. La noche era muy oscura, mis pasos poco firmes y rodaba más que caminaba. Una piedra redonda giró bajo mis pies y perdí el equilibrio, lo que me provocó un esguince con el que sufrí mucho; tuve todas las dificultades del mundo para llegar a Santa Cruz.”

Dejando a un lado que fueron precisamente algunos isleños “ignorantes” quienes, humanitariamente, lo llevaron al barco, ¿no les parece imposible que un friki se vaya de vacaciones sin traer a su regreso algún objeto estrafalario con qué presumir delante de los amigos? No se lo pierdan:

“Interesado en llevar a mi patria una momia guanche, me proporcionaron una que me proponía dejar en depósito en Île-de-France [actual isla Mauricio]. Era una mujer joven.”

Magnífica adquisición, pensó Jacob, mientras la metía en el barco y se disponía a dormir con ella encima ante la envidia de sus amigos que sólo iban cargados de insectos y hierbajos, excepto el oficial Ferrer que sólo iba cargado con dos litros de vino Malvasía. He aquí la amorosa descripción de su amada:

“Aunque un poco alterados, los rasgos todavía eran regulares. Las manos estaban bien conservadas, pequeñas, bien hechas; le faltaban cuatro uñas, dos en la mano derecha y otras dos en la izquierda; en los pies solo faltaba una en el derecho; los cabellos y las pestañas estaban admirablemente conservados.”

Realmente, la momia estaba hecha un auténtico bombón. Sin embargo, Jacob, en su ingenuidad, no contó con el carácter algo cabezón de las canarias y su manera sutil de vengarse de los amantes empalagosos.

“Contento con esta posesión, no pensé en la dificultad de conservar semejante objeto en una larga travesía. Al principio, coloqué la momia en mi camarote, en una de las repisas situadas por encima de mi cama, pero el calor y la humedad del navío la ablandaron, descomponiendo la preparación, y engendraron allí tal cantidad de insectos que resolví lanzarla al mar.”

Dejaré aquí a Jacob Milbert llorando la ausencia de su amada, convertida ahora en sirena guanche, mientras garrapatea su enjundioso relato entre los escarabajos, gusanos, moscas, cucarachas y avispas que le dejó la guancha como herencia.

Si se me permite realizar una valoración global de este libro, y partiendo de que el autor se retrata a sí mismo como un imbécil, no puedo menos que alabar la sinceridad y la autenticidad en sus opiniones porque es imposible que nadie mienta tanto contra sí mismo. Incluso, si su principal anhelo es presentarse al mundo como un petimetre con la frágil delicadeza del más fino cristal de Bohemia.


Si usted está esperando una moraleja, he encontrado una que puede ser de utilidad hasta al mismísimo Indiana Jones: Por mucho que quieras a una momia y por muy joven que ésta sea, si la metes en tu camarote vas a tener problemas.




Dibujo de J. Milbert, realizado durante su expedición al río Huston, en EEUU.


Bibliografía

El libro Viaje pintoresco a la isla de Tenerife, de Jacob Gerard Milbert, está publicado por Ediciones Idea, en Santa Cruz de Tenerife, año 2005. Fue traducido por José A. Delgado Luis a partir de la primera edición francesa, impresa en 1812.

martes, febrero 02, 2010

Los gatos no comen melocotones al amanecer


Cierro mis ojos de espaldas a Baal
se desvanece el naranja
los gatos no comen melocotones al amanecer.


Cuando una mañana Robert Graves me enseñó
a bucear en la leche de la prístina Diosa
me dijo sonriente: agua que no es déjala.




Fuera el Sol no es blanco
ni los muebles son azules
los amantes sesteamos en la sombra.



La saeta atravesó su corazón
sintió cascadas en las alas
y en las uñas un brusco escalofrío.




El rojo no altera el azul del bosque
sólo ha muerto un pájaro
los árboles continúan creciendo.

El ahogado es menos que una sombra
azul entre burbujas
el aire busca el aire.

El gato, el pájaro y el ahogado
pasan la noche bajo la montaña roja
sin sueños sin lágrimas sin ojos.


martes, noviembre 17, 2009

Agradecimiento

Deseo hacer llegar mi público agradecimiento a las numerosas personas que llenaron el salón de actos del Ateneo de La Laguna en la presentación de la película LANZAROTE, LA ISLA ESTRELLADA.
En el coloquio que siguió a la proyección, se pudo comprobar que buena parte de la sociedad está concienciada sobre la necesidad de conservar el medio natural y poner coto a la barbarie urbanística que asola nuestras costas. En estos dos aspectos coincidimos todos los participantes en un debate en el que surgieron asuntos tales como el grado de implicación de José Saramago en la defensa de Lanzarote, la ausencia de declaraciones de la Fundación César Manrique, la defensa de otros espacios naturales costeros, etc.
También agradezco al Ateneo de La Laguna su gentileza en la cesión de un hermoso espacio cultural que posibilita el acercamiento de los creadores a los ciudadanos.

lunes, octubre 26, 2009

PROYECCION EN TENERIFE DE LA PELÍCULA "LANZAROTE, LA ISLA ESTRELLADA"

Estimados amigos,

Tengo el placer de invitarles a una proyección en pantalla grande de mi película "Lanzarote, la isla estrellada" y al coloquio que tendrá lugar a continuación.


LUGAR: Salón de Actos del Ateneo de La Laguna (Tenerife)
HORA: 20:00 horas
FECHA: lunes, día 9 de noviembre de 2009.
ACCESO: La entrada será libre.

Para más información ver el blog oficial de la película.

Nota: El Ateneo de La Laguna se encuentra en la Calle San Juan, junto a la Catedral.

domingo, octubre 04, 2009

Kerouac, Cassady y yo: historia apócrifa del nacimiento de la palabra beat



el día 21 de octubre de 2009 es una fecha tan buena como cualquier otra para morirse y cabe la posibilidad de que dentro de cuarenta años alguien se acuerde de ti y escriba unas cuantas líneas para hacerte un homenaje como esta carretera sin curvas que yo le dedico hoy al buenazo de jack por haber tirado la botella y estirado la pata el veintiuno del diez del sesenta y nueve. si por fin no te mueres antes de alcanzar mis ochenta y ocho tacos puede ocurrirte que para entonces no te acuerdes de nada o por el contrario que lleves en la cabeza grabados a sangre y fuego todos los acontecimientos de tu vida. en la mía se cruzaron dos tipos raros un sábado por la mañana hace sesenta años y pronto me di cuenta de que era un testigo privilegiado del nacimiento de una palabra que cambió el mundo. no seré yo quien te solucione el dilema de si el pensamiento se encuentra determinado por el habla o es el habla la que se encuentra determinada por el pensamiento pero voy a decirte una cosa: en estos momentos el pensamiento moderno y la historia de los últimos sesenta años habrían transcurrido de una manera muy diferente si en américa no se hubieran acuñado los términos bebop y beat. lo que yo digo es que en el fondo somos animales simbólicos que vivimos en un cosmos simbólico equivalente a un universo edificado con palabras que se comportan como los bloques de lego y crean un mundo con un orden y un desorden simbólicos. ladrillos virtuales. auténticos píxeles que contribuyen a un grado concreto de resolución. irrealidades poderosas. vamos a aclarar este embrollo en honor de los huesos del viejo zorro intentando no citar a ginsberg ni a la destrucción ni a la locura. al carajo las poderosas mentes. viste cómo richard rolling convirtió a su padre en chocolate sin temblarle el pulso al liarlo en papel de fumar y sin que el fbi ni los bobbies le molestaran en lo más mínimo como en los viejos tiempos. bebop. a principio de la década de mil novecientos cuarenta la palabra bebop designaba el ruido que produce la porra de un policía blanco cuando alcanza la cabeza de un negro. el término bebop fue utilizado en esa misma década por el saxofonista charlie parquer y por el trompetista dizzy gillespie para nombrar un nuevo estilo de jazz que se construyó con improvisaciones sobre ritmos complejos y armonías disonantes. ahora es fácil imaginarlo porque casi todo es disonante pero entonces sólo asonaban y disonaban los cantadores de tajaraste o los dodecafonistas seguidores de un tal arnold schoenberg que trabajó en un banco en praga hasta que empezó a dar conciertos en berlín y vino a los ángeles y compuso hacia 1947 un superviviente en varsovia. naturalmente no fui testigo directo del momento en que el término bebop adoptó el nuevo significado porque yo nací al lado de nueva orleans y la adopción tuvo lugar en nueva york a muchos kilómetros de distancia por personas ajenas a mis relaciones sociales y se desarrolló mientras yo me encontraba tumbando nazis en el viejo continente. tampoco sé si arnold llegó a tomarse unas copas en compañía de parker cuando éste visitaba california. lo que puedo decir es que la fortuna quiso que yo sí estuviera presente cuando nació la palabra beat que también tiene una relación muy estrecha con el jazz y los golpes en la cabeza. ¿cuándo sucedió eso? verás. yo regresé a américa en 1946. volví a mi casa en delacroix island: una aldea de san bernardo parish: junto a nueva orleans, la recordarás porque allí fue donde se rodaron las escenas de las gambas de la película forrest-gump. había estado luchando en europa desde los veintiún años de edad. mi infancia y mi adolescencia transcurrieron entre pescadores cazadores y tramperos y por qué no decirlo entre fabricantes clandestinos de bebidas alcohólicas. mis juegos tuvieron lugar en las orillas pantanosas de los canales del río misisipi y asistí poco a clase porque el huracán de 1917 desarmó la escuela y la maestra desapareció con la gripe española de 1919 y no enviaron otra hasta muchos años más tarde.
aquella mañana de 1949. verás. aquella mañana yo tenía el trasero apoyado contra el muro de un jardín en la esquina de la avenida st claude con la calle france esperando que pasara un coche para hacer auto-stop hacia san bernardo. vi cruzar el chevrolet del juez pérez pero no me atreví a poner el dedo. no gracias. no quería líos con esa clase de gente que casi siempre están buscando chivos expiatorios para colgarles cualquier delito que han cometido ellos mismos. así que continué allí pensando en la vida que había llevado mientras formaba parte de una comunidad muy peculiar. en esta parte del delta del misisipi vivían cayunes e isleños pero ambas comunidades no se mezclaban. ellos hablaban su francés del demonio y nosotros seguíamos con el dulce español que nuestros antepasados habían traído de las islas canarias en el siglo dieciocho. con las comidas sucedía los mismo: nuestro caldo isleño cocinado a base de verduras mezcladas con diversos tipos de carne y papas les resultaba extraño a ellos mientras que nosotros torcíamos el gesto cuando nos hablaban de su gumbo tan picante como si lo hubiera preparado el mismo demonio. ellos no venían a nuestras fiestas ni les gustaba cantar décimas y tampoco nosotros merodeábamos por sus bailes desabridos con violines que hacían ñiquiñiqui y donde no se podía dar ni un mal puñetazo los sábados por la noche. ellos pensaban que nos llamábamos isleños porque vivíamos en delacroix island y nosotros no sabíamos que el término cayún provenía del gentilicio acadiano. tales para cuales.
el sol empezaba a calentarme la cabeza más de la cuenta. pasó un camión pero llevaba una familia entera en la cabina y era lógico que no se detuviese. me dio sed. mi tía le enviaba una botella de licor a mi viejo y decidí echarme un trago antes de que el líquido se calentara. como te decía: hasta que me alistaron para la segunda guerra mundial casi no me aventuré más allá de san bernardo parish. quizás había hecho alguna salida esporádica a nueva orleáns pero nunca más lejos que la casa de mi tía en el french quarter a doscientos metros de la calle borbon. en europa logré sobrevivir a las balas nazis y a las chulerías de mi sargento texano e incluso a la gonorrea de unas gemelas de la gestapo a las que encontré cantando entre las ruinas de una iglesia en bremen. créeme que el regreso a casa no fue fácil. la actividad como trampero se había convertido en poco rentable y para quienes no teníamos embarcaciones adecuadas la pesca tampoco era buena salida económica. a mi regreso ya había cumplido los veinticuatro años de edad y estaba soltero. mis padres tenían asegurada su manutención de manera que nada me ataba a aquellos pantanos y aproveché la oportunidad que ofrecía el gobierno a los soldados licenciados para adquirir algo de formación. esta es la razón por la que me trasladé a vivir a nueva orleans. una hermana de mi madre se había casado con un hombre del barrio francés y me ofreció una habitación en su casa durante el tiempo que permaneciera en la ciudad. sin dudarlo acepté su invitación. ya llevaba casi tres años asistiendo a clase a punto de lograr un título de peritaje en refinado de petróleo cuando conocí a neal y a jack. fue aquel sábado por la mañana. ya les comenté que me había colocado en la avenida st claude acechando cualquier vehículo que se dirigiera a san bernardo parish con la intención de hacer auto-stop e ir a visitar a mi familia durante el fin de semana. por esa época había poco tráfico hacia mi pueblo pero por fin hacia las once y media se detuvo un impresionante hudson sedan con dos jóvenes dentro.
«¿vais a san bernardo? «sí sube te llevamos» el que iba al volante era un tipo rubianco larguirucho con el pelo largo y la barba sin afeitar. ocultaba los ojos con gafas de sol y la mitad de la barriga con una camiseta sucia. su acompañante también era blanco: vestía con descuido y el pelo le cubría las orejas. la edad de ambos estaría entre los veinticinco y los veintiocho años. probablemente se me reflejó la desconfianza en la cara cuando pensé que aquellos presuntos vagabundos podrían haber robado el coche. el conductor inició una mueca al tiempo que movía su mano hacia el freno en un gesto que parecía indicar que mis oportunidades de viajar en aquel lujoso auto se estaban terminando. abrí la puerta trasera y subí justo cuando las ruedas empezaban a girar. «oye jack» dijo el del volante con tono despreocupado sin dignarse a mirarme «pon un poco de música» el otro encendió la radio y comenzó a buscar una emisora. después de un predicador que sólo tuvo tiempo de pronunciar «a las llamas del infierno...» y de la voz monótona del presidente del senado de baton rouge pidiendo calma a la gente de napoleonville por la plaga de mosquitos sonó el saxo alto de charlie parker. de inmediato surgió la trompeta de miles davis con un tataratá-taratá-tarará que actuó como viento del desierto entrando por la ventanilla del conductor abrasándonos los tímpanos. aunque nosotros no lo sabíamos era la primera vez que sonaba a night in tunisia en una emisora de nueva orleans interpretada en directo por davis y parker los cuales a aquellas horas de la mañana ya estaban colocados hasta las orejas resoplando y dando traspiés por el estudio de la emisora frente a la segunda parada del travía en la calle canal. los dos locos que venían en el coche parecían haberse olvidado de mí y movían las manos y la cabeza como si todo el alcohol revuelto con la marihuana y la heroína que llevaban encima aquellos chiflados músicos les hubiera sido inyectada por vía radiovenosa. el hudson atravesó el pequeño puente de hierro a una velocidad endiablada armando un escándalo de mil pares. ahora sonaba el saxo de parker saltando sobre los compases de la batería y sobre los rebencazos del coche desbocado como una locomotora descarrilada que se lanzara a un paseo por el campo atropellando las piedras y los conejos. ya sé que ahora nadie recuerda aquella actuación pero les aseguro que todo esto ocurría cinco años antes de que dizzy gillespie interpretara con charlie el pájaro la misma pieza en el massey hall de toronto.
así fue como conocí a aquellos tipos que parecían sacados de una trinchera griega media hora después de un bombardeo alemán. el locutor quiso decir algo pero parker y davis le arrebataron el micrófono y continuaron tocando sin solución de continuidad. ahora el saxo de charlie parker gemía my old flame sobre un pentagrama de terciopelo rojo. la trompeta de miles davis parecía limitarse a colocar puntos y comas. a medida que se aminoraba el ímpetu de la música disminuía la velocidad del sedán. estábamos cerca de chalmette. jack se giró hacia atrás y me extendió la mano para presentarse. «soy jack kerouac y cuando no estoy en la carretera vivo en nueva york. éste es neal cassady dueño de esta máquina maravillosa y de profesión... beat. «¿beat?» exclamamos neal y yo al mismo tiempo. «beat sí beato igual que yo. el beato neal cassady» neal aminoró aún más la marcha del coche mientras esperaba mi reacción espiándome por el espejo retrovisor. en un instante decidí colocarme a la altura de la circunstancias y demostrar a aquel par de paletos que no se podía vacilar tan fácilmente a la gente que ha crecido con los pies hundidos en las aguas del misisipi. «encantado de conocerlos amigos. mi nombre es alan gonzález. de profesión... saint. «¿saint?» los beatos palurdos cayeron en la trampa. «saint sí. soy san alan gonzález» afirmé con cara seria mientras en mi mano aparecía la botella de licor de ciruelas y les invitaba a echar un trago. los isleños siempre damos una de cal y otra de arena: no podemos evitarlo. cassady pegó los labios al gollete de la botella y se ahogó porque la risa le llegó con retraso. casi nos vamos fuera de la carretera. no volcamos gracias a que jack sujetó el volante. neal sin soltar el pedal del acelerador daba fuertes golpes con las manos en el salpicadero debatiéndose entre la tos y la risa con los ojos cerrados sin pensar por un segundo que podríamos matarnos allí mismo. cuando se repuso kerouac me señaló con el dedo pulgar e hizo un comentario que volvió a dejar las cosas en su sitio. «el santo está pálido. creyó que se iba al infierno con los dos beatos». esta vez neal pisó el pedal del freno a fondo y nos fuimos hacia delante y sus carcajadas lo llenaron todo. «¡santos y beatos jajajajaja!» aullaba «¡saints y beats!». cuando se calmó un poco yo también estaba riéndome a carcajadas y me atreví a preguntarles «¿saints o beats? ¿cuál de las dos profesiones elegimos muchachos? «¡beats!» respondieron a coro. estábamos a doscientos metros del lugar en que se desarrolló la batalla de nueva orleans en 1812. desde la radio se deslizaba el sonido de una trompeta fabricando un laberinto sonoro para cercar las notas beatíferas de un saxo que parecía morir de amor entre las manos de un genio negro. beat. la palabra mágica fue inventada en ese lugar y con esa música. soy testigo. alguien debería colocar allí una placa con una sola palabra: beat.

viernes, agosto 21, 2009

Don Pedro de Mesa: despegue, vuelo y aterrizaje en el siglo XVIII

La fortuna rueda de forma caprichosa. A veces, parece transitar enloquecidas órbitas y, en otras ocasiones, no quiere entender de enchufes, mangas ni recomendaciones. Tampoco de méritos. Hoy te regala una mina de cal y mañana te llena los ojos de arena.
Con el tinerfeño don Pedro Joseph de Mesa Benítez de Lugo no tuvo miramientos y describió un extraño giro el día en que este personaje salió de Madrid camino de Sevilla. Las intenciones de don Pedro Joseph eran embarcarse hacia un glorioso destino americano, donde le esperaba el cargo de Gobernador.De la Corte partió un carruaje que en su interior contenía a este caballero canario contento, quimérico y confiado. Los corceles correteaban por las calzadas que conducían a los puertos fluviales de la antigua Hispalis. El viajero sentía el pecho inflamado de legítimo orgullo; sus exultantes pulmones reclamaban el aire fresco que bajaba de la cordillera hasta las campiñas de la cercana Sevilla.Don Pedro Joseph sacó su insigne cabeza por la ventanilla y contempló el planeta deslizándose a velocidad de vértigo bajo las ruedas. ¡Ah, el mundo a sus plantas! Sacó los hombros fuera. Un hombre de su valía no podía permanecer encerrado tanto tiempo. Necesitaba más espacio. Seguramente, el propio Santo Domingo estaba bendiciéndolo en ese preciso instante desde su lugar exclusivo en el reino celestial. Don Pedro Joseph se alongó algo más por la ventanilla y cerró los ojos, sintiendo el céfiro bendito lavando su rostro sabio, penetrando en su… Algo crujió. Se desprendió la puerta del carruaje. Don Pedro miró hacia abajo y observó horrorizado cómo el camino se precipitaba hacia su cabeza.
Noventa y nueve pasos más adelante, el defenestrado vehículo se detuvo. El conductor y el resto de los pasajeros se apearon y pudieron contemplar el cuerpo tendido boca abajo, inmóvil, con la oscura ropa cubierta de tierra. El torso de don Pedro continuaba incrustado en la puerta del carruaje. Despatarrado, cual nuevo Ícaro de vuelo raso, parecía haber desarrollado unas alas de madera que le conferían un ridículo aspecto pajaril.
El prudente cochero no se atrevió a decir en voz alta que en esos momentos don Pedro se parecía más que nunca a un auténtico canario. Se limitó a darle la vuelta y comprobar que la caída había sido mortal. Era el día 17 de agosto de 1738 y resultó evidente que la suerte no viajaba en aquel carruaje. Probablemente, en ese mismo instante, la diosa Fortuna se encontraba a miles de kilómetros, contemplando con emoción cómo el rey Carlos VII de Nápoles, y pronto Carlos III de las Españas, colocaba el anillo nupcial a su amada y rubia María Amalia de Sajonia, nieta del Emperador del Sacro Imperio.



El día 14 de octubre de 1773, en La Gaceta de Madrid apareció una noticia que anunciaba la reimpresión de una obra del accidentado y difunto don Pedro Joseph de Mesa que había dado mucho que hablar y más que reír. La edición anterior se había agotado desde hacía tiempo y sus ejemplares eran buscados con auténtica avidez por la aristocracia, la intelectualidad, el ejército, el clero y el pueblo llano de la Corte, hermanados todos en el común cachondeo.


Para sus propias obras hubieran deseado don Francisco de Quevedo y Villegas o don Pedro Calderón de la Barca un interés tan desmedido, una atención tan prolongada, una avidez en tan sumo grado. Sin embargo, ese privilegio, reservado a unos pocos elegidos de los dioses, correspondió a otro libro, cuyo escueto título es el siguiente:

Ascendencia esclarecida y progenie ilustre de Nuestro Gran Padre Santo Domingo, Fundador del Orden de Predicadores: Ocurrencias vulgares sobre los fundamentos en que se ha procurado introducir duda en la sentada verdad de ser Santo Domingo N. P. descendiente de la nobilísima Casa de los Guzmán: Debaxo del patrocinio del gloriosísimo Abad de los Silos Santo Domingo, segundo Moysés, y gran Taumaturgo español; y por mano de la Excelentísima Señora la Señora Doña Francisca Xaviera Bibiana Pérez de Guzmán el Bueno, Duquesa de Osuna.

La primera edición de este libro había visto la luz en Madrid, en el año 1737. Su autor era don Pedro Joseph de Mesa Benítez de Lugo (1). Procedía de una ilustre familia de La Orotava, en la isla de Tenerife, descendiente de conquistadores y destripaterrones aristocráticos.
La intención de don Pedro era colocar a Santo Domingo en una situación de privilegio, pues le parecía que el título de Santo le resultaba demasiado corto a sus grandes méritos. Al fin y al cabo, ¿qué valor tenía un santo al lado de un duque o de un príncipe? Evidentemente, poco.
Así que don Pedro procedió según sus costumbres familiares, es decir, de la única manera que sabía hacerlo la aristocracia urbana y agraria canaria: inventándose antepasados de alcurnia y títulos tan innumerables como ficticios. De manera que la familia de Domingo de Guzmán, gente de mediana nobleza castellana –por parte de su abuela, doña Godo González– y de mediana santidad cristiana –su madre fue la beata Juana de Aza y sus tres hermanos, los beatos Manés, Conrado y Antonio–, se transformó en una familia de reyes y duques, gracias a las habilidades literarias y genealógicas de mi paisano, el canario Mesa, que llegó a emparentarlos con el mismísimo Guzmán el Bueno, el cual debió engendrar algún descendiente más que no fuese su apuñalado hijo.
Poco después de su aparición, el libro se hizo famoso, gracias a un escrito de siete páginas publicado en Salamanca por el conocido jesuita Padre Luis de Losada. Lo tituló:

Carta familiar a don Pedro Joseph de Mesa Benitez de Lugo, autor del libro intitulado Ascendencia de Santo Domingo de Guzman por Luis Lopez, beneficiado y cura proprio de la Villa de Morille en el Obispado de Salamanca.

Analizaba en clave de humor el libro de Mesa y se armó tal cachondeo en la Corte que todo el mundo corría a comprar la obra del canario como si fuera el mejor libro de chistes.
Luis Losada, vista la buena acogida de su Carta, volvió a las andadas y pronto dio a conocer su

Vida y salud de la famosa carta familiar del cura de Morille, sobre lo Guzman del Glorioso Santo Domingo, certificada contra su vano entierro, en otra carta del mismo cura à un amigo suyo de Valladolid.



En la Gaceta de Madrid, correspondiente al 28 de enero de 1738, apareció este anuncio del libro de Pedro Mesa: "Ascendencia esclarecida de Santo Domingo de Guzmán, su Autor don Pedro Joseph de Mesa Benitez de Lugo; en la Porteria del Convento de Nuestra Señora del Rosario de esta Corte."


Y ya fue el acabose. Como si se tratara de pan caliente, se agotó la edición del libro de marras en un pispás. Don Pedro de Mesa Benítez de Lugo estaba en la gloria. ¡Sus méritos literarios y religiosos reconocidos por el orbe entero! ¡Ya nada ni nadie detendría su brillante carrera hacia los más rutilantes títulos nobiliarios ni hacia los cargos más ambicionados del borbónico Imperio!

Naturalmente, no faltaron terceras partes y, según noticia de Diego de Torres y de Joseph de Viera y Clavijo, que aún no he podido verificar, un gracioso publicó:


Entierro de la Carta familiar del Cura de Morille a favor del glorioso Santo Domingo, por un Sacristán de Canarias.



En la Universidad de Salamanca se encuentran depositados varios escritos de Luis de Losada al Santo Oficio, aludiendo a sus famosas Cartas del Cura de Morilles.

Ensoberbecido por el éxito, a excepción de cierto cabreo incial que tuvo la virtud de hacer florecer otros divertidos escritos, don Pedro no se enteraba de la misa la mitad. Sin embargo, ante tanto cachondeo intervino el inefable Santo Oficio –con tantos dominicos viviendo de, en y para sus entrañas– con la intención de prohibir esta Carta. En mala hora, porque un funcionario de la misma Santa Inquisición se equivocó al interpretar las órdenes superiores y el que resultó prohibido fue el libro del pobre don Pedro Joseph de Mesa Benítez de Lugo.

Don Pedro saltó como un basilisco. Ante sus airadas protestas, los del Santo Oficio tuvieron que imprimir en la cubierta del tomo segundo la siguiente frase:

Declárase que lo puesto en el tomo segundo, donde dice; ‘Don Pedro Joseph Benítez de Lugo, su libro intitulado, Ascendencia de Santo Domingo de Guzmán, se prohibe’, ha sido equivocación, porque el dicho libro no está prohibido, y solo lo está la ‘Carta familiar escrita á Don Pedro Joseph de Mesa Benítez de Lugo’, según y en la forma que se halla en el tomo I de dicho nuevo Expurgatorio al fol. 276 col. I, y de esta declaración se ponga allí una nota.




Página del Índice de la Inquisición corrigiendo un error que fue la rechifla de media España.


Ni que decir tiene que la rechifla general llegó a niveles nunca vistos. Claro que don Pedro José también tuvo sus defensores, como don Diego de Torres, Astrólogo y Catedrático de Matemáticas en la Universidad de Salamanca, autodenominado Piscator Mayor de Salamanca y autor de multitud de libros estrafalarios (2). Cada año, el doctor Torres publicaba un calendario en el que pronosticaba para toda Europa, en un tono que debió envidiar hasta su ilustre enemigo Benito Jerónimo Feijoo, las enfermedades que llegarían en cada estación, el estado de las plantas, de los animales y de los astros, y todas esas cosas que la Astrología y el Santo Oficio le aconsejaban publicar para fortalecer las almas y los cuerpos de tanto pecador de la padera. Tiene el doctor Torres libros tan curiosos e imprescindibles como el titulado

El gallo español: respuestas dadas al Conde Meslay; por qué el gallo canta á las doze de la noche en Portugal, y llevado á Francia canta a las mismas doze siendo assi, que ay una hora de diferencia.

Pues bien, este dechado de sabiduría dedicó muchas páginas a defender al canario Mesa y sus disparates. Puede encontrarse su hilarante alegato en el Tomo Undécimo del Segundo Libro de una recopilación de su obra, citada más abajo. El capítulo que nos interesa es:

Soplo a la Justicia, alentado por el general escándalo y particular miedo.

El doctor don Diego de Torres y Villarroel, nos aclara de qué va el asunto:

De las excusadas disputas é impertinentes disputadores de la innegable é indeleble nobleza del Excelentísimo y Santísimo Padre Sto. Domingo de Guzmán El Bueno.

Y ya la liamos, porque la referencia a El Bueno nos proporciona las claves y los puñales de su discurso antes de que comencemos a leerlo.


He aquí la portada del citado libro del astrólogo Diego de Torres

Torres aprovecha la defensa del canario para emprenderla de manera ladina contra el jesuita Losada, compañero catedrático en la misma universidad de Salamanca. Y, menos lindo, lo llama de todo. Además,

Detrás de estos papeles impresos se ha destacado otras sátiras manuscritas, y diferentes coplones; y finalmente han salido aquellos bergantes y públicos madicientes de Perico y Marica, irritando las paciencias, afrentando las honras, y rompiendo por las leyes de Dios, y la gloria de sus Santos.

Respecto a los cabreos iniciales de don Pedro Joseph sobre la contestación de Losada, nuestro Piscator Mayor afirma que la población está convencida de que

si se mostró quejoso, ó colérico, que se le debe perdonar, porque al fin ningún hijo sufre bien que le revuelvan los huesos al padre que le engendró. Para quien no encuentran disculpa es para el Cura, quiera Dios que él la tenga con su Magestad y con Santo Domingo, que el vulgo poco importa que quede rabioso contra él, contra su Carta, su vida y su salud.

Como pueden apreciar, el tal Torres se las traía en lata. ¡Vaya mala uva se gastaba el astrólogo con el cura de Morilles, es decir, con el jesuita Losada, su compañero! Y así continúa, siempre en el mismo tono, durante las catorce páginas que contienen su alegato, que se vuelve gracioso por lo disparatado. Peor defensor no pudo tener nuestro celestial genealogista isleño.
Pero, en cualquier caso, don Pedro Joseph se las arregló para ser provisto de un Gobierno para América. Como es de sobra sabido, España siempre ha hecho gala de una particular inclinación a compensar los esfuerzos de sus grandes hombres. Y don Pedro había demostrado ser un fénix de las letras genealógicas, moviendo las risas, las plumas y las pasiones de los más delicados clérigos y cortesanos.
Lástima que antes de llegar a Sevilla le sucediera el accidente que le produjo la muerte, al caer del carruaje al duro pavimento del camino. ¡Quién sabe cuál habría sido su siguiente estudio genealógico y cuántas diatribas habría despertado!
Podemos concluir que la muerte del genio isleño fue fruto del destino, del azar o de la providencia, pero en cualquier caso ha de considerar la persona de buen juicio lo pasajeras que son las glorias de este valle de lágrimas, donde los éxitos del amanecer se trocan en llantos a mediodía y en reposo eterno a la hora de merendar. Sea como fuere, y aun a su pesar, don Pedro Joseph de Mesa Benítez de Lugo logró descansar sin más incidentes en la bóveda de la Orden Tercera del Real Convento de San Pablo, sin repetir la osadía de sacar la cabeza fuera de su estrecha morada en estos más de dos siglos y medio transcurridos. Allí continúa, do fueron sus huesos a parar, después de que las eruditas páginas de su magna obra procurasen las más excitantes veladas de asueto y carcajeo que haya conocido jamás la Villa y Corte imperial.
Este singular personaje dejó cola, puesto que, además de aparecer leves rastros de su obra en Amazon punto com Books, su nieta, doña María Mesa, se desposó, en el siglo XVIII, con otro caballero canario, nacido en Chipude (isla de La Gomera), cuya historia también merece ser rescatada del olvido. Así lo haré, si tengo salud y tiempo, pues documentación sobre este asunto hay de sobra.


Notas

1. El tronco familiar de Pedro Joseph de Mesa Benítez de Lugo proviene de un andaluz de Sanlúcar conocido como El Tuerto (Pedro Benítez de Lugo, hijo de Juan Benítez e Inés de Lugo) que vivió algo más de un lustro en Tenerife, entre el final del siglo XV y el principio del XVI.


2. Diego de Torres Villarroel era un pseudo intelectual pícaro, arrimado a la ideología más rancia de su tiempo, buscando siempre el favor de los poderosos y denunciando ladinamente al Santo Oficio a los autores de ideas ilustradas, como Benito Feijoo o Luis Losada. Escribió una autobiografía, titulada Vida, que en opinión de Juan Valera «Puede considerarse como una novela picaresca.”
El propio Torres escribió en esta maquillada historia de su vida que «Lo que puedo asegurar es que en las vidas de Domingo Cartujo, Pedro Ponce y otros ahorcados no se cuentan ardides ni mañas tan extravagantes ni tan risibles como las que inventaba mi ociosidad y mi malicia.» Y así continuó hasta el final de su vida, aunque autores como Arturo Berenguer Carisomo opinan que no se puede incluir esta obra dentro del género picaresco –indefinible, según Lázaro Carreter–, dado que no aparece en ella ningún rastro de erotismo.
Comenta Eugenio Suárez-Galbán, (De la vida de Torres a la de Lázaro de Tormes ..., Duke University):

No ignoramos, por otro lado, que si Lázaro se opone a “los que heredaron nobles estados” en esa subida por la escala social, Torres fue más bien empleado servicial, y hasta sumiso, de la nobleza de su tiempo [...].

En realidad, nunca ha dejado de interesar Torres Villarroel, por lo estrambótico. Baste decir que su obra recopilatoria de Pronósticos (14 volúmenes) se reimprimió en 1797, treinta años después de su muerte o que su Vida (Ediciones La Lectura, Madrid, 1912) volvió a ver la luz en a principios del siglo XX (también ha habido ediciones en Castalia, 1972; Taurus, 1985; etc.), provocando artículos más o menos apasionados, como el del jesuita A. Pérez Goyena (revista Razón y Fe, enero-febrero de 1913) en que propina, con la acostumbrada finura de la Compañía, una buena zurra a José de Lamano y Beneite, que se había erigido en defensor de Torres en un folleto publicado en 1912.
En un trabajo reciente, La vida de Diego de Torres Villarroel y su tiempo, Juan Fernando Valenzuela Magaña expresa la siguiente opinión sobre el Piscator salmantino:

Es Torres Villarroel un autor sin duda escurridizo. Lo fue en su tiempo, en el cual debió de provocar extrañeza la mezcla resultante de su explicable fama de extravagante, brujo y astrólogo y de catedrático de la Universidad de Salamanca; y lo sigue siendo hoy, pese a un nuevo interés por su obra lejos del reiterado tópico que lo despacha como epígono del barroco o último pícaro, y que está cosechando interesantes frutos.
La crítica destaca en este autor aspectos de gran modernidad, como el de ser el primero que edita sus obras por suscripción pública, y de erróneo conservadurismo, como el de seguir manteniendo la teoría astronómica ptolemaica en un mundo en el que Copérnico y Newton representaban la vanguardia científica. Pero no es esto, a mi juicio, lo que lo hace escurridizo (ni siquiera lo haría complejo). Lo determinante en este sentido es que, a diferencia de su contemporáneo Feijoo, no sabemos bien a qué atenernos respecto a sus verdaderas ideas. ¿Creía realmente Torres en sus pronósticos y en la influencia de los astros? ¿En qué medida? ¿Es sincero en ese desprecio al claustro de la universidad salmantina o se trata de despecho por no ser reconocido como uno más en él? ¿Está satisfecho o arrepentido de la etapa picaresca de su vida? ¿Estaba tan en contra de Martín Martínez y Feijoo como la polémica sostenida con ellos parece a primera vista sugerir? Con todas las reservas propias de un juicio sobre la vida de otro hombre y de una obra en la que se pretende autodibujar, intentaremos aclarar el papel que la Vida de Diego de Torres Villarroel ocupa en el panorama cultural de su tiempo.


Referencias bibliográficas
Losada, Luis A.: Carta familiar a don Pedro Joseph de Mesa Benitez de Lugo, autor del libro intitulado Ascendencia de Santo Domingo de Guzmán. Impr. Salamanca. 1737 [?].

Vida y salud de la famosa carta familiar del cura de Morille, sobre lo Guzmán del Glorioso Santo Domingo, certificada contra su vano entierro, en otra carta del mismo cura à un amigo suyo de Valladolid. Salamanca. Impr. 1738 [?].

Mesa Benítez de Lugo, Pedro Joseph de: Ascendencia Esclarecida, y progenie ilustre de nuestro gran Padre Santo Domingo, Fundador del orden de Predicadores [...]. Imprenta de Alonso de Mora. Madrid. 1737.

Pérez Morera, Jesús: El árbol genealógico de las órdenes franciscana y dominica en el arte virreinal. Anales del Museo de América, 4. Museo de América. Madrid. 1996. Págs. 119-126.

Supremo Consejo de la Santa General Inquisición: Índice último de los libros prohibidos y mandados expurgar para todos los reynos y señoríos del católico rey de las Españas, el señor don Carlos IV (resgistros desde 1747 a 1789). Imprenta de Don Antonio de Sancha. Madrid. 1790. Pág. 25.

Torres y Villarroel, Diego de: Soplo a la Justicia, alentado por el general escándalo y particular miedo. En recopiltorio de las Ideas extractadas de su Pronósticos. Libro Segundo. Tomo XI. Imprenta de a Viuda de Ibarra. Madrid. 1798. Pags. 358-372.

Viera y Clavijo, José de: Noticias de la Historia General de las Islas de Canaria. Tomo IV. Imprenta de Blas Román. Madrid. 1776. Págs. 561-562.