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domingo, octubre 09, 2011

Recolección de cochinilla en las Islas Canarias. Fotos


En el siglo XIX, la cochinilla solucionó, en parte, la hecatombre económica en que estaban sumidas las Islas Canarias desde que los ingleses prefirieron comprar el vino de Madeira.

La cochinilla (Dactylapius Coccus Costa) es un pequeño animalito parásito de las pencas de nopal o tunera mexicana, que son las que producen los higos tunos, higos chumbos o higos picos. El aspecto de la cochinilla se puede ver en la foto superior: parecen pequeñas bolsas llenas de tinta roja y cubiertas de un polvillo blanco.

De manera que se plantaron grandes extensiones de tuneras y se “sembraron” con las cochinillas, a fin de recolectarlas y venderlas para fabricar carmín. Sólo se utilizan las hembras para extraer el colorante.

Este espléndido tinte sirve para teñir de rojo tejidos, comidas y bebidas. Actualmente, continúa utilizándose en productos como el Campari, el surimi japonés, los lápices de labios, yogurt, helados, algunos jarabes, grageas, etc.

Mano de obra no faltaba en unas islas cuya población rural vivía en una pobreza continua desde hacía siglos. Las mujeres, muchas veces abandonadas por los hombres que emigraban a América, constituyeron una reserva de trabajadoras que fueron empleadas por los dueños de las tierras en la recolección de la cochinilla.

La mayor parte de las veces, las ganancias eran divididas entre el dueño de la tierra y las recolectoras, al cincuenta por ciento.

Nacen unas 200 hembras de cochinilla por cada macho. La longitud de éstos es de 2,2 mm y la de las hembras 6 mm. Ellas viven unos 150 días, como máximo, y ponen 600 huevos. Nacen unas 400 larvas que durante 25 días están errantes hasta encontrar su hogar en algún lugar de las pencas.

Para que haya cochinilla abundante, debe procederse a una infestación artificial de las pencas. Puede realizarse colocando bolsitas de tela o papel, con cinco o seis hembras dentro, sobre una penca para que las larvas colonicen la planta tan pronto nazcan.

La cochinilla hay que recogerla viva; a continuación, se seca. El proceso de obtención del carmín a partir de estos insectos consiste básicamente en extracción acuosa, filtrado, precipitación, secado, molido y esterilización, siendo finalmente envasado.

El extracto de cochinilla es la solución concentrada que queda después de que se elimine el alcohol de un extracto acuoso-alcohólico de insectos de cochinilla.

El carmín es un polvo hidrosoluble compuesto por ácido carmínico en un sustrato de hidróxido de aluminio. Este polvo contiene aproximadamente un 50% de ácido carmínico, sustancia que tiene un peso molecular de 492,4 Da y es el agente responsable del color. También contiene alrededor de un 20% de material proteico proveniente de las cochinillas.

El Real Consulado de Comercio apoyó la introducción de la cochinilla en Canarias, en 1825. Medio siglo más tarde, Canarias llegó a producir, casi 3 millones de kilos anuales y acaparó el mercado mundial de los colorantes. La producción era el doble que la de toda América.


Sin embargo, en la década de 1850, nació un temible enemigo de la producción de cochinilla: las anilinas o tintes artificiales, que irían acaparando el mercado.

Hasta la década de 1960, a pesar de la fuerte competencia de las anilinas, en Canarias de recogió abundante cochinilla. Tanto por la subida del nivel de vida en el archipiélago, como por la prohibición del carmín en muchas comidas y bebidas, al ser considerado como tóxico por la Organización Mundial de la Salud, en 1976, el cultivo de cochinilla disminuyó sensiblemente.

La OMS ha establecido un límite de consumo diario de 5 mg/día. Entre los problemas que se han detectado con la utilización del carmín están las reacciones alérgicas de asma, urticaria, etc.

En la Unión Europea el carmín y el extracto de cochinilla deben etiquetarse como E120. También se le conoce como colorante rojo natural nº 4.

Con el cambio de siglo, la producción quedó reducida a unos 30 mil kilos. Sin embargo, desde principios del siglo actual, la producción de carmín se ha elevado a más de un 8% anual.

Actualmente, algunos campesinos han optado por volver a recolectar cochinilla, como un complemento económico frente a la crisis económica. El kilo de cochinilla fresca se paga a 8,00 euros. Para producir un kilo de cochinilla seca, se necesitan cuatro kilos de cochinilla fresca.

viernes, junio 10, 2011

He hablado con un canario del siglo XVIII

Hoy comí, en Tenerife, con Wimpy Serigné, su esposa y un grupo de amigos. Wimpy es un personaje emblemático, descendiente de emigrantes canarios, nacido a la orilla de un bayú del Misisipi hace unos setenta años. Lo conocí un poco antes del huracán Katrina; luego volvimos a vernos y proseguimos nuestra amistad mientras Nueva Orleans estaba sepultada bajo toneladas de barro y lágrimas, y, más adelante, coincidimos casualmente en un festival internacional celebrado en San Antonio de Texas, justo debajo del restaurante que gira sin cesar sobre la Torre de las Américas. Esta vez nos reencontramos en La Laguna de Aguere, cuna de sus ancestros.

Wimpy Serigné se expresa con el habla canaria del siglo XVIII, porque sus antepasados supieron guardar muy bien el dialecto español que algunos miles de isleños llevaron a las tierras pantanosas de Luisiana. Los gobernantes, los pequeños académicos de la lengua y todos los habitantes de las Islas Canarias deberían cuidar a Wimpy como su principal tesoro nacional, porque es uno de los últimos “Islanders” de Luisiana que conservan esa reliquia lingüística del pasado que está a punto de desaparecer para siempre. Sin embargo, no lo hacen, principalmente, porque Canarias es un archipiélago culturalmente subdesarrollado en el que gran parte de las mayorías y de las minorías piensan que la cultura consiste en regalar Los pilares de la Tierra, El código Davinci o la última parida de Pérez Reverte, en el día de San Valentín o de la Madre. Y que importa muy poco que desaparezca para siempre su habla del siglo XVIII, milagrosamente viva en una pequeña comunidad al otro lado del planeta. Más que penoso, parece extraordinario. ¿Se imaginan qué diría el mundo si los españoles no valorasen el español hablado por los judíos sefardíes?

Wimpy vive junto a Nueva Orleans, en el mismo pueblo donde nació Alcides “Yellow” Nunez, otro isleño descendiente de canarios que se sumó a la corriente jazzistica (más correcto sería decir jassistica), a principios del siglo XX, y se convirtió en un músico muy conocido en Nueva York. Varias veces a la semana, Wimpy camina desde su casa hasta el Museo de los Isleños, en San Bernardo, y arregla algo de lo que rompió el huracán. Poco a poco, todo va recuperando su antiguo esplendor y los visitantes vuelven a admirar fotografías, patos de madera, barras de saloons y otros cachivaches que conforman la curiosa historia de este pueblo que conservó su idioma y su idiosincracia en un medio natural y humano que le fue hostil durante doscientos años.

Compartir mesa y mantel con Wimpy Serigné, además de un orgullo, es un lujo extraordinario del que no puedo menos que presumir. Aunque bien es cierto que al verlo marchar me queda la sensación de que con él se aleja de Canarias un trozo importante de su historia que sus gobernantes, una vez más, son incapaces de atisbar siquiera. Así le va a esta tierra que ocupa el último lugar del último país en la clasificación educativa y cultural de Europa, según el riguroso Informe Pisa.

viernes, agosto 21, 2009

Don Pedro de Mesa: despegue, vuelo y aterrizaje en el siglo XVIII

La fortuna rueda de forma caprichosa. A veces, parece transitar enloquecidas órbitas y, en otras ocasiones, no quiere entender de enchufes, mangas ni recomendaciones. Tampoco de méritos. Hoy te regala una mina de cal y mañana te llena los ojos de arena.
Con el tinerfeño don Pedro Joseph de Mesa Benítez de Lugo no tuvo miramientos y describió un extraño giro el día en que este personaje salió de Madrid camino de Sevilla. Las intenciones de don Pedro Joseph eran embarcarse hacia un glorioso destino americano, donde le esperaba el cargo de Gobernador.De la Corte partió un carruaje que en su interior contenía a este caballero canario contento, quimérico y confiado. Los corceles correteaban por las calzadas que conducían a los puertos fluviales de la antigua Hispalis. El viajero sentía el pecho inflamado de legítimo orgullo; sus exultantes pulmones reclamaban el aire fresco que bajaba de la cordillera hasta las campiñas de la cercana Sevilla.Don Pedro Joseph sacó su insigne cabeza por la ventanilla y contempló el planeta deslizándose a velocidad de vértigo bajo las ruedas. ¡Ah, el mundo a sus plantas! Sacó los hombros fuera. Un hombre de su valía no podía permanecer encerrado tanto tiempo. Necesitaba más espacio. Seguramente, el propio Santo Domingo estaba bendiciéndolo en ese preciso instante desde su lugar exclusivo en el reino celestial. Don Pedro Joseph se alongó algo más por la ventanilla y cerró los ojos, sintiendo el céfiro bendito lavando su rostro sabio, penetrando en su… Algo crujió. Se desprendió la puerta del carruaje. Don Pedro miró hacia abajo y observó horrorizado cómo el camino se precipitaba hacia su cabeza.
Noventa y nueve pasos más adelante, el defenestrado vehículo se detuvo. El conductor y el resto de los pasajeros se apearon y pudieron contemplar el cuerpo tendido boca abajo, inmóvil, con la oscura ropa cubierta de tierra. El torso de don Pedro continuaba incrustado en la puerta del carruaje. Despatarrado, cual nuevo Ícaro de vuelo raso, parecía haber desarrollado unas alas de madera que le conferían un ridículo aspecto pajaril.
El prudente cochero no se atrevió a decir en voz alta que en esos momentos don Pedro se parecía más que nunca a un auténtico canario. Se limitó a darle la vuelta y comprobar que la caída había sido mortal. Era el día 17 de agosto de 1738 y resultó evidente que la suerte no viajaba en aquel carruaje. Probablemente, en ese mismo instante, la diosa Fortuna se encontraba a miles de kilómetros, contemplando con emoción cómo el rey Carlos VII de Nápoles, y pronto Carlos III de las Españas, colocaba el anillo nupcial a su amada y rubia María Amalia de Sajonia, nieta del Emperador del Sacro Imperio.



El día 14 de octubre de 1773, en La Gaceta de Madrid apareció una noticia que anunciaba la reimpresión de una obra del accidentado y difunto don Pedro Joseph de Mesa que había dado mucho que hablar y más que reír. La edición anterior se había agotado desde hacía tiempo y sus ejemplares eran buscados con auténtica avidez por la aristocracia, la intelectualidad, el ejército, el clero y el pueblo llano de la Corte, hermanados todos en el común cachondeo.


Para sus propias obras hubieran deseado don Francisco de Quevedo y Villegas o don Pedro Calderón de la Barca un interés tan desmedido, una atención tan prolongada, una avidez en tan sumo grado. Sin embargo, ese privilegio, reservado a unos pocos elegidos de los dioses, correspondió a otro libro, cuyo escueto título es el siguiente:

Ascendencia esclarecida y progenie ilustre de Nuestro Gran Padre Santo Domingo, Fundador del Orden de Predicadores: Ocurrencias vulgares sobre los fundamentos en que se ha procurado introducir duda en la sentada verdad de ser Santo Domingo N. P. descendiente de la nobilísima Casa de los Guzmán: Debaxo del patrocinio del gloriosísimo Abad de los Silos Santo Domingo, segundo Moysés, y gran Taumaturgo español; y por mano de la Excelentísima Señora la Señora Doña Francisca Xaviera Bibiana Pérez de Guzmán el Bueno, Duquesa de Osuna.

La primera edición de este libro había visto la luz en Madrid, en el año 1737. Su autor era don Pedro Joseph de Mesa Benítez de Lugo (1). Procedía de una ilustre familia de La Orotava, en la isla de Tenerife, descendiente de conquistadores y destripaterrones aristocráticos.
La intención de don Pedro era colocar a Santo Domingo en una situación de privilegio, pues le parecía que el título de Santo le resultaba demasiado corto a sus grandes méritos. Al fin y al cabo, ¿qué valor tenía un santo al lado de un duque o de un príncipe? Evidentemente, poco.
Así que don Pedro procedió según sus costumbres familiares, es decir, de la única manera que sabía hacerlo la aristocracia urbana y agraria canaria: inventándose antepasados de alcurnia y títulos tan innumerables como ficticios. De manera que la familia de Domingo de Guzmán, gente de mediana nobleza castellana –por parte de su abuela, doña Godo González– y de mediana santidad cristiana –su madre fue la beata Juana de Aza y sus tres hermanos, los beatos Manés, Conrado y Antonio–, se transformó en una familia de reyes y duques, gracias a las habilidades literarias y genealógicas de mi paisano, el canario Mesa, que llegó a emparentarlos con el mismísimo Guzmán el Bueno, el cual debió engendrar algún descendiente más que no fuese su apuñalado hijo.
Poco después de su aparición, el libro se hizo famoso, gracias a un escrito de siete páginas publicado en Salamanca por el conocido jesuita Padre Luis de Losada. Lo tituló:

Carta familiar a don Pedro Joseph de Mesa Benitez de Lugo, autor del libro intitulado Ascendencia de Santo Domingo de Guzman por Luis Lopez, beneficiado y cura proprio de la Villa de Morille en el Obispado de Salamanca.

Analizaba en clave de humor el libro de Mesa y se armó tal cachondeo en la Corte que todo el mundo corría a comprar la obra del canario como si fuera el mejor libro de chistes.
Luis Losada, vista la buena acogida de su Carta, volvió a las andadas y pronto dio a conocer su

Vida y salud de la famosa carta familiar del cura de Morille, sobre lo Guzman del Glorioso Santo Domingo, certificada contra su vano entierro, en otra carta del mismo cura à un amigo suyo de Valladolid.



En la Gaceta de Madrid, correspondiente al 28 de enero de 1738, apareció este anuncio del libro de Pedro Mesa: "Ascendencia esclarecida de Santo Domingo de Guzmán, su Autor don Pedro Joseph de Mesa Benitez de Lugo; en la Porteria del Convento de Nuestra Señora del Rosario de esta Corte."


Y ya fue el acabose. Como si se tratara de pan caliente, se agotó la edición del libro de marras en un pispás. Don Pedro de Mesa Benítez de Lugo estaba en la gloria. ¡Sus méritos literarios y religiosos reconocidos por el orbe entero! ¡Ya nada ni nadie detendría su brillante carrera hacia los más rutilantes títulos nobiliarios ni hacia los cargos más ambicionados del borbónico Imperio!

Naturalmente, no faltaron terceras partes y, según noticia de Diego de Torres y de Joseph de Viera y Clavijo, que aún no he podido verificar, un gracioso publicó:


Entierro de la Carta familiar del Cura de Morille a favor del glorioso Santo Domingo, por un Sacristán de Canarias.



En la Universidad de Salamanca se encuentran depositados varios escritos de Luis de Losada al Santo Oficio, aludiendo a sus famosas Cartas del Cura de Morilles.

Ensoberbecido por el éxito, a excepción de cierto cabreo incial que tuvo la virtud de hacer florecer otros divertidos escritos, don Pedro no se enteraba de la misa la mitad. Sin embargo, ante tanto cachondeo intervino el inefable Santo Oficio –con tantos dominicos viviendo de, en y para sus entrañas– con la intención de prohibir esta Carta. En mala hora, porque un funcionario de la misma Santa Inquisición se equivocó al interpretar las órdenes superiores y el que resultó prohibido fue el libro del pobre don Pedro Joseph de Mesa Benítez de Lugo.

Don Pedro saltó como un basilisco. Ante sus airadas protestas, los del Santo Oficio tuvieron que imprimir en la cubierta del tomo segundo la siguiente frase:

Declárase que lo puesto en el tomo segundo, donde dice; ‘Don Pedro Joseph Benítez de Lugo, su libro intitulado, Ascendencia de Santo Domingo de Guzmán, se prohibe’, ha sido equivocación, porque el dicho libro no está prohibido, y solo lo está la ‘Carta familiar escrita á Don Pedro Joseph de Mesa Benítez de Lugo’, según y en la forma que se halla en el tomo I de dicho nuevo Expurgatorio al fol. 276 col. I, y de esta declaración se ponga allí una nota.




Página del Índice de la Inquisición corrigiendo un error que fue la rechifla de media España.


Ni que decir tiene que la rechifla general llegó a niveles nunca vistos. Claro que don Pedro José también tuvo sus defensores, como don Diego de Torres, Astrólogo y Catedrático de Matemáticas en la Universidad de Salamanca, autodenominado Piscator Mayor de Salamanca y autor de multitud de libros estrafalarios (2). Cada año, el doctor Torres publicaba un calendario en el que pronosticaba para toda Europa, en un tono que debió envidiar hasta su ilustre enemigo Benito Jerónimo Feijoo, las enfermedades que llegarían en cada estación, el estado de las plantas, de los animales y de los astros, y todas esas cosas que la Astrología y el Santo Oficio le aconsejaban publicar para fortalecer las almas y los cuerpos de tanto pecador de la padera. Tiene el doctor Torres libros tan curiosos e imprescindibles como el titulado

El gallo español: respuestas dadas al Conde Meslay; por qué el gallo canta á las doze de la noche en Portugal, y llevado á Francia canta a las mismas doze siendo assi, que ay una hora de diferencia.

Pues bien, este dechado de sabiduría dedicó muchas páginas a defender al canario Mesa y sus disparates. Puede encontrarse su hilarante alegato en el Tomo Undécimo del Segundo Libro de una recopilación de su obra, citada más abajo. El capítulo que nos interesa es:

Soplo a la Justicia, alentado por el general escándalo y particular miedo.

El doctor don Diego de Torres y Villarroel, nos aclara de qué va el asunto:

De las excusadas disputas é impertinentes disputadores de la innegable é indeleble nobleza del Excelentísimo y Santísimo Padre Sto. Domingo de Guzmán El Bueno.

Y ya la liamos, porque la referencia a El Bueno nos proporciona las claves y los puñales de su discurso antes de que comencemos a leerlo.


He aquí la portada del citado libro del astrólogo Diego de Torres

Torres aprovecha la defensa del canario para emprenderla de manera ladina contra el jesuita Losada, compañero catedrático en la misma universidad de Salamanca. Y, menos lindo, lo llama de todo. Además,

Detrás de estos papeles impresos se ha destacado otras sátiras manuscritas, y diferentes coplones; y finalmente han salido aquellos bergantes y públicos madicientes de Perico y Marica, irritando las paciencias, afrentando las honras, y rompiendo por las leyes de Dios, y la gloria de sus Santos.

Respecto a los cabreos iniciales de don Pedro Joseph sobre la contestación de Losada, nuestro Piscator Mayor afirma que la población está convencida de que

si se mostró quejoso, ó colérico, que se le debe perdonar, porque al fin ningún hijo sufre bien que le revuelvan los huesos al padre que le engendró. Para quien no encuentran disculpa es para el Cura, quiera Dios que él la tenga con su Magestad y con Santo Domingo, que el vulgo poco importa que quede rabioso contra él, contra su Carta, su vida y su salud.

Como pueden apreciar, el tal Torres se las traía en lata. ¡Vaya mala uva se gastaba el astrólogo con el cura de Morilles, es decir, con el jesuita Losada, su compañero! Y así continúa, siempre en el mismo tono, durante las catorce páginas que contienen su alegato, que se vuelve gracioso por lo disparatado. Peor defensor no pudo tener nuestro celestial genealogista isleño.
Pero, en cualquier caso, don Pedro Joseph se las arregló para ser provisto de un Gobierno para América. Como es de sobra sabido, España siempre ha hecho gala de una particular inclinación a compensar los esfuerzos de sus grandes hombres. Y don Pedro había demostrado ser un fénix de las letras genealógicas, moviendo las risas, las plumas y las pasiones de los más delicados clérigos y cortesanos.
Lástima que antes de llegar a Sevilla le sucediera el accidente que le produjo la muerte, al caer del carruaje al duro pavimento del camino. ¡Quién sabe cuál habría sido su siguiente estudio genealógico y cuántas diatribas habría despertado!
Podemos concluir que la muerte del genio isleño fue fruto del destino, del azar o de la providencia, pero en cualquier caso ha de considerar la persona de buen juicio lo pasajeras que son las glorias de este valle de lágrimas, donde los éxitos del amanecer se trocan en llantos a mediodía y en reposo eterno a la hora de merendar. Sea como fuere, y aun a su pesar, don Pedro Joseph de Mesa Benítez de Lugo logró descansar sin más incidentes en la bóveda de la Orden Tercera del Real Convento de San Pablo, sin repetir la osadía de sacar la cabeza fuera de su estrecha morada en estos más de dos siglos y medio transcurridos. Allí continúa, do fueron sus huesos a parar, después de que las eruditas páginas de su magna obra procurasen las más excitantes veladas de asueto y carcajeo que haya conocido jamás la Villa y Corte imperial.
Este singular personaje dejó cola, puesto que, además de aparecer leves rastros de su obra en Amazon punto com Books, su nieta, doña María Mesa, se desposó, en el siglo XVIII, con otro caballero canario, nacido en Chipude (isla de La Gomera), cuya historia también merece ser rescatada del olvido. Así lo haré, si tengo salud y tiempo, pues documentación sobre este asunto hay de sobra.


Notas

1. El tronco familiar de Pedro Joseph de Mesa Benítez de Lugo proviene de un andaluz de Sanlúcar conocido como El Tuerto (Pedro Benítez de Lugo, hijo de Juan Benítez e Inés de Lugo) que vivió algo más de un lustro en Tenerife, entre el final del siglo XV y el principio del XVI.


2. Diego de Torres Villarroel era un pseudo intelectual pícaro, arrimado a la ideología más rancia de su tiempo, buscando siempre el favor de los poderosos y denunciando ladinamente al Santo Oficio a los autores de ideas ilustradas, como Benito Feijoo o Luis Losada. Escribió una autobiografía, titulada Vida, que en opinión de Juan Valera «Puede considerarse como una novela picaresca.”
El propio Torres escribió en esta maquillada historia de su vida que «Lo que puedo asegurar es que en las vidas de Domingo Cartujo, Pedro Ponce y otros ahorcados no se cuentan ardides ni mañas tan extravagantes ni tan risibles como las que inventaba mi ociosidad y mi malicia.» Y así continuó hasta el final de su vida, aunque autores como Arturo Berenguer Carisomo opinan que no se puede incluir esta obra dentro del género picaresco –indefinible, según Lázaro Carreter–, dado que no aparece en ella ningún rastro de erotismo.
Comenta Eugenio Suárez-Galbán, (De la vida de Torres a la de Lázaro de Tormes ..., Duke University):

No ignoramos, por otro lado, que si Lázaro se opone a “los que heredaron nobles estados” en esa subida por la escala social, Torres fue más bien empleado servicial, y hasta sumiso, de la nobleza de su tiempo [...].

En realidad, nunca ha dejado de interesar Torres Villarroel, por lo estrambótico. Baste decir que su obra recopilatoria de Pronósticos (14 volúmenes) se reimprimió en 1797, treinta años después de su muerte o que su Vida (Ediciones La Lectura, Madrid, 1912) volvió a ver la luz en a principios del siglo XX (también ha habido ediciones en Castalia, 1972; Taurus, 1985; etc.), provocando artículos más o menos apasionados, como el del jesuita A. Pérez Goyena (revista Razón y Fe, enero-febrero de 1913) en que propina, con la acostumbrada finura de la Compañía, una buena zurra a José de Lamano y Beneite, que se había erigido en defensor de Torres en un folleto publicado en 1912.
En un trabajo reciente, La vida de Diego de Torres Villarroel y su tiempo, Juan Fernando Valenzuela Magaña expresa la siguiente opinión sobre el Piscator salmantino:

Es Torres Villarroel un autor sin duda escurridizo. Lo fue en su tiempo, en el cual debió de provocar extrañeza la mezcla resultante de su explicable fama de extravagante, brujo y astrólogo y de catedrático de la Universidad de Salamanca; y lo sigue siendo hoy, pese a un nuevo interés por su obra lejos del reiterado tópico que lo despacha como epígono del barroco o último pícaro, y que está cosechando interesantes frutos.
La crítica destaca en este autor aspectos de gran modernidad, como el de ser el primero que edita sus obras por suscripción pública, y de erróneo conservadurismo, como el de seguir manteniendo la teoría astronómica ptolemaica en un mundo en el que Copérnico y Newton representaban la vanguardia científica. Pero no es esto, a mi juicio, lo que lo hace escurridizo (ni siquiera lo haría complejo). Lo determinante en este sentido es que, a diferencia de su contemporáneo Feijoo, no sabemos bien a qué atenernos respecto a sus verdaderas ideas. ¿Creía realmente Torres en sus pronósticos y en la influencia de los astros? ¿En qué medida? ¿Es sincero en ese desprecio al claustro de la universidad salmantina o se trata de despecho por no ser reconocido como uno más en él? ¿Está satisfecho o arrepentido de la etapa picaresca de su vida? ¿Estaba tan en contra de Martín Martínez y Feijoo como la polémica sostenida con ellos parece a primera vista sugerir? Con todas las reservas propias de un juicio sobre la vida de otro hombre y de una obra en la que se pretende autodibujar, intentaremos aclarar el papel que la Vida de Diego de Torres Villarroel ocupa en el panorama cultural de su tiempo.


Referencias bibliográficas
Losada, Luis A.: Carta familiar a don Pedro Joseph de Mesa Benitez de Lugo, autor del libro intitulado Ascendencia de Santo Domingo de Guzmán. Impr. Salamanca. 1737 [?].

Vida y salud de la famosa carta familiar del cura de Morille, sobre lo Guzmán del Glorioso Santo Domingo, certificada contra su vano entierro, en otra carta del mismo cura à un amigo suyo de Valladolid. Salamanca. Impr. 1738 [?].

Mesa Benítez de Lugo, Pedro Joseph de: Ascendencia Esclarecida, y progenie ilustre de nuestro gran Padre Santo Domingo, Fundador del orden de Predicadores [...]. Imprenta de Alonso de Mora. Madrid. 1737.

Pérez Morera, Jesús: El árbol genealógico de las órdenes franciscana y dominica en el arte virreinal. Anales del Museo de América, 4. Museo de América. Madrid. 1996. Págs. 119-126.

Supremo Consejo de la Santa General Inquisición: Índice último de los libros prohibidos y mandados expurgar para todos los reynos y señoríos del católico rey de las Españas, el señor don Carlos IV (resgistros desde 1747 a 1789). Imprenta de Don Antonio de Sancha. Madrid. 1790. Pág. 25.

Torres y Villarroel, Diego de: Soplo a la Justicia, alentado por el general escándalo y particular miedo. En recopiltorio de las Ideas extractadas de su Pronósticos. Libro Segundo. Tomo XI. Imprenta de a Viuda de Ibarra. Madrid. 1798. Pags. 358-372.

Viera y Clavijo, José de: Noticias de la Historia General de las Islas de Canaria. Tomo IV. Imprenta de Blas Román. Madrid. 1776. Págs. 561-562.