Mostrando entradas con la etiqueta manuel mora morales. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta manuel mora morales. Mostrar todas las entradas

domingo, octubre 09, 2011

Recolección de cochinilla en las Islas Canarias. Fotos


En el siglo XIX, la cochinilla solucionó, en parte, la hecatombre económica en que estaban sumidas las Islas Canarias desde que los ingleses prefirieron comprar el vino de Madeira.

La cochinilla (Dactylapius Coccus Costa) es un pequeño animalito parásito de las pencas de nopal o tunera mexicana, que son las que producen los higos tunos, higos chumbos o higos picos. El aspecto de la cochinilla se puede ver en la foto superior: parecen pequeñas bolsas llenas de tinta roja y cubiertas de un polvillo blanco.

De manera que se plantaron grandes extensiones de tuneras y se “sembraron” con las cochinillas, a fin de recolectarlas y venderlas para fabricar carmín. Sólo se utilizan las hembras para extraer el colorante.

Este espléndido tinte sirve para teñir de rojo tejidos, comidas y bebidas. Actualmente, continúa utilizándose en productos como el Campari, el surimi japonés, los lápices de labios, yogurt, helados, algunos jarabes, grageas, etc.

Mano de obra no faltaba en unas islas cuya población rural vivía en una pobreza continua desde hacía siglos. Las mujeres, muchas veces abandonadas por los hombres que emigraban a América, constituyeron una reserva de trabajadoras que fueron empleadas por los dueños de las tierras en la recolección de la cochinilla.

La mayor parte de las veces, las ganancias eran divididas entre el dueño de la tierra y las recolectoras, al cincuenta por ciento.

Nacen unas 200 hembras de cochinilla por cada macho. La longitud de éstos es de 2,2 mm y la de las hembras 6 mm. Ellas viven unos 150 días, como máximo, y ponen 600 huevos. Nacen unas 400 larvas que durante 25 días están errantes hasta encontrar su hogar en algún lugar de las pencas.

Para que haya cochinilla abundante, debe procederse a una infestación artificial de las pencas. Puede realizarse colocando bolsitas de tela o papel, con cinco o seis hembras dentro, sobre una penca para que las larvas colonicen la planta tan pronto nazcan.

La cochinilla hay que recogerla viva; a continuación, se seca. El proceso de obtención del carmín a partir de estos insectos consiste básicamente en extracción acuosa, filtrado, precipitación, secado, molido y esterilización, siendo finalmente envasado.

El extracto de cochinilla es la solución concentrada que queda después de que se elimine el alcohol de un extracto acuoso-alcohólico de insectos de cochinilla.

El carmín es un polvo hidrosoluble compuesto por ácido carmínico en un sustrato de hidróxido de aluminio. Este polvo contiene aproximadamente un 50% de ácido carmínico, sustancia que tiene un peso molecular de 492,4 Da y es el agente responsable del color. También contiene alrededor de un 20% de material proteico proveniente de las cochinillas.

El Real Consulado de Comercio apoyó la introducción de la cochinilla en Canarias, en 1825. Medio siglo más tarde, Canarias llegó a producir, casi 3 millones de kilos anuales y acaparó el mercado mundial de los colorantes. La producción era el doble que la de toda América.


Sin embargo, en la década de 1850, nació un temible enemigo de la producción de cochinilla: las anilinas o tintes artificiales, que irían acaparando el mercado.

Hasta la década de 1960, a pesar de la fuerte competencia de las anilinas, en Canarias de recogió abundante cochinilla. Tanto por la subida del nivel de vida en el archipiélago, como por la prohibición del carmín en muchas comidas y bebidas, al ser considerado como tóxico por la Organización Mundial de la Salud, en 1976, el cultivo de cochinilla disminuyó sensiblemente.

La OMS ha establecido un límite de consumo diario de 5 mg/día. Entre los problemas que se han detectado con la utilización del carmín están las reacciones alérgicas de asma, urticaria, etc.

En la Unión Europea el carmín y el extracto de cochinilla deben etiquetarse como E120. También se le conoce como colorante rojo natural nº 4.

Con el cambio de siglo, la producción quedó reducida a unos 30 mil kilos. Sin embargo, desde principios del siglo actual, la producción de carmín se ha elevado a más de un 8% anual.

Actualmente, algunos campesinos han optado por volver a recolectar cochinilla, como un complemento económico frente a la crisis económica. El kilo de cochinilla fresca se paga a 8,00 euros. Para producir un kilo de cochinilla seca, se necesitan cuatro kilos de cochinilla fresca.

jueves, octubre 07, 2010

Vargas Llosa, ¿un neoliberal comprometido? Relexiones sobre un Premio Nobel de Literatura

Lo primero que leí de Mario Vargas Llosa fue Los cachorros. Yo tenía quince años y tardé varios días en reponerme del impacto que me supuso descubrir una prosa tan revolucionaria. Evidentemente, viviendo en un pequeño pueblo de una minúscula isla, yo no conocía a los grandes narradores surrealistas, no sabía ni a qué olía la prosa de James Joyce y hasta dos años más tarde no leí la primera novela de Samuel Becket. Tal vez, a eso se debió mi sorpresa; aunque si hubiese leído ese relato por primera vez esta mañana también me habría sorprendido de algún modo.

Mi última lectura de una novela del escritor peruano fue La fiesta del Chivo (que es para mí la obra actual sobre dictadores que más se aproxima a Tirano Banderas de Valle Inclán), lo cual evidencia que no he leído sus últimas tres obras de ficción. Entre Los Cachorros y La Fiesta, he tenido suficiente tiempo (aunque a uno siempre le parece poco, cuando se trata de la propia vida) para leer casi toda su bibliografía. Llegado a este punto, cualquiera puede quedar como un crítico exigente, si añade: “bibliografía por lo demás irregular”. Afortunadamente, no he llegado a tamaño grado de estupidez como para poner en tela de juicio obras que tal vez precisen una segunda lectura para que adquieran todo su significado literario.

Hoy Mario Vargas Llosa ha recibido el Premio Nobel de Literatura con todo el merecimiento del mundo. Además de sus obras literarias, ha publicado ensayos de diversa índole, entre los que destacan los dedicados a los autores y a la novela francesa: Sartre, Camus, Victor Hugo,… Hoy sería una temeridad hablar de Gustave Flaubert y de su obra sin referirse a las opiniones de Vargas Llosa.

En cuanto al aspecto político, resulta imposible no mencionar las ideologías cuando se habla de un escritor importante de América Latina. Mario se decantó por la derecha y desencantó a casi todos sus lectores cuando se presentó a las elecciones presidenciales de Perú y puso de manifiesto una ideología cercana al neoliberalismo que hasta ese momento no había mostrado abiertamente. Sin embargo, la pregunta es: ¿Influye la ideología del escritor en la calidad de su obra?

Indudablemente, ideología y literatura caminan de la mano y suelen ser los escritores más comprometidos socialmente los que han producido mejores obras, desde Cervantes hasta Saramago. No obstante, no existe una línea fronteriza nítida entre escritores superficiales, antisociales y comprometidos. Nadie puede decir que el poeta mexicano Otavio Paz rehuyó el compromiso o que Vargas Llosa no ha retratado de manera valiente los crímenes de las dictaduras latinoamericanas, por el solo hecho de tener ideologías de derecha.

Finalizo con una anécdota sucedida en la Feria del Libro de Madrid, hace unos años. Yo me encontraba en una caseta frente a la que estaba Mario Vargas Llosa esperando para firmar ejemplares. El hombre no estaba muy atareado, pues sólo cada mucho tiempo llegaba un lector para que le firmara un libro. Sin embargo, muy cerca había una cola larguísima de gente que llevaba el mismo libro para saludar y pedir el autógrafo a su autora, una locutorcilla de la televisión basura, llamada Ana Rosa Quintana. Esta mujer daba la perfecta imagen de una pava real exhibiéndose sin pudor alguno ante una nube de peregrinos deseosos de ser abanicados por sus plumas de gran escritora.

Me dio tanta vergüenza como pena observar la soledad de Vargas Llosa y me acerqué para charlar un rato con él. Aunque ya la había leído, volví a comprar una novela suya en la que me estampó una preciosa dedicatoria. Ya se podrán imaginar que viendo el espectáculo que teníamos delante el tema de conversación era obligado…

A los pocos días, Ana Rosa Quintana fue llevada al juzgado por plagio y sufrió el proceso más bochornoso que pueda padecer alguien que se atreva a publicar con su nombre un libro robado Los cuarenta mil ejemplares de su novela fueron recogidos en la medida de lo posible por la Editorial Planeta que, por fin, reaccionó ante tanta desvergüenza. En mi biblioteca tengo un ejemplar de este bodrio, pegado a la obra firmada por Vargas Llosa, como recordatorio de las inmundicias literarias que en el mundo hay.

Por fortuna, algunas veces los individuos no mueren antes de que el universo tenga tiempo de nivelar los vasos de la justicia y cada cual quede en su sitio. Hoy, Mario está en el Olimpo y Ana Rosa no existe.

Felicidades al gran escritor y nuevo Premio Nobel de Literatura. Que usted lo disfrute durante muchos años, maestro.

No tengo más que ir a casa a buscar el fusil

Como Jesucristo, Franz Kafka era muy dado a mostrarnos la realidad reflejada en una parábola, quizás para que nos ahoguemos en ésta mientras pensamos que realmente contiene aquélla. Igual que se ahogó el bello Narciso, loco de amor por su imagen reflejada en el agua, o como se sumergía en los amaneceres aquel toro enamorado de una luna vislumbrada en los espejos del río.

Las metáforas pueden embellecer la realidad, pero pocas veces logran explicarla. Ahora bien, cuando las escuchamos nos quedamos con la sensación de haber comprendido los grandes secretos del universo. Por eso adoro a Borges y a Kafka, ese par de mentirosos que me inquietan tanto y tanto me sobresaltan.

Aquél tradujo a éste, quizás seducido por sus paradojas o, ¡quién sabe!, porque nunca lo entendió del todo y quiso dejar sus nombres unidos por lo que más amaba: el enigma.

Estos dos relatos brevísimos de Kafka no contienen soluciones para nada, pero tienen el encanto de acercarnos a la actual crisis económica desde el pesimismo más aterrador.

Fabulilla

–¡Ya! –decía el ratón–. El mundo se vuelve cada día más pequeño. Primero era tan ancho que yo tenía miedo, seguía adelante y me sentía feliz al ver en la lejanía, a derecha e izquierda, algunos muros, pero esos largos muros se precipitaban tan velozmente los unos contra los otros, que ya estoy en el último cuarto, y allí, en el rincón, está la trampa hacia la cual voy.

–Sólo tienes que cambiar la dirección de tu marcha –dijo el gato, y se lo comió.

El buitre

Érase un buitre que me picoteaba los pies. Ya había desgarrado los zapatos y las medias y ahora me picoteaba los pies. Siempre tiraba un picotazo, volaba en círculos inquietos alrededor y luego proseguía la obra. Pasó un señor, nos miró un rato y me preguntó por qué toleraba yo al buitre.

–Estoy indefenso –le dije– vino y empezó a picotearme, yo lo quise espantar y hasta pensé torcerle el pescuezo, pero estos animales son muy fuertes y quería saltarme a la cara. Preferí sacrificar los pies: ahora están casi hechos pedazos.

–No se deje atormentar –dijo el señor–, un tiro y el buitre se acabó.

–¿Le parece? –pregunté– ¿quiere encargarse del asunto?

–Encantado –dijo el señor–; no tengo más que ir a casa a buscar el fusil, ¿Puede usted esperar media hora más?

–No sé –le respondí, y por un instante me quedé rígido de dolor; después añadí–: por favor, pruebe de todos modos.

–Bueno –dijo el señor– , voy a apurarme.

El buitre había escuchado tranquilamente nuestro diálogo y había dejado errar la mirada entre el señor y yo. Ahora vi que había comprendido todo: voló un poco, retrocedió para lograr el ímpetu necesario y como un atleta que arroja la jabalina encajó el pico en mi boca, profundamente. Al caer de espaldas sentí como una liberación; que en mi sangre, que colmaba todas las profundidades y que inundaba todas las riberas, el buitre irreparablemente se ahogaba.

lunes, junio 07, 2010

El estrafalario caso del francés Milbert y su joven momia guanche


Jacob Edgard Milbert, en su madurez.

Estaba más colgado que el butafumeiro de Santiago en un año compostelano. Jacob Gerard Milbert era francés, dibujante y en su cabecita sólo cabían las cosas que encajaban con los usos y costumbres de su país. Era como esa pléyade de turistas españoles que con cara de asco recorren los restaurantes de Estambul, Tokio o La Habana preguntando si les pueden servir “una tortilla de patatas” o unos tacos de jamón extremeño con medio litro de Casera y media docena de aceitunas rellenas de pimientos de la huerta murciana. Jacob llegó a las Islas Canarias, en 1800, a los 36 años de edad, armado con algunas resmas de papel de dibujo y un diario friki en el que anotaba todas las tonterías que le pasaban por los champiñones que debía tener por neuronas. Nadie puede negar que era buen dibujante o, al menos, un dibujante apañadito, y lo demuestran las láminas de la expedición que realizó con el capitán Nicolas Baudin. ¡Pero quién le iba a decir que su manuscrito no sólo se imprimiría en su país, sino que sería volcado al alemán y, dos siglos más tarde, traducido y publicado en español! Más aún, le pertenece la autoría de otro libro famoso sobre su expedición, en 1828, al río Hudson, en los Estados Unidos, durante la que dio a sus compañeros más lata que un cochino debajo del brazo. Claro que tener libros publicados no obsta para que estén llenos de chorradas ni exime a nadie de otras singularidades cuyo propietario suele ser distinguido en la actualidad con el espantoso término friki.

Cuenta nuestro inefable Jacob en la primera página de su obra titulada Voyage Pittoresque á l’Île-de-France, au Cap Bonne Espèrance, et l’Île de Tènèrife que esperaba encontrar Canarias igual que en los tiempos de Platón y se llevó una gran desilusión. Después de un profundo análisis del terreno se convenció de que más de una cosa había cambiado desde los tiempos de Pericles. Ya ven, un auténtico lince al que se le escapaban pocos detalles. No haber contemplado riachuelos de leche y miel ni ver faunos saltando en las rocas de la playa fue más de lo que pudo aguantar su ilustrado espíritu. Por esta causa, Jacob se agarró una fuerte perreta que se tradujo en continuas faltas de respeto a los canarios, a sus obras y a su tierra. No es el único viajero francés que escribe en plan borde, pero sí me parece el más tonto de todos los que han escrito. Tal vez, por esta razón, me ha fascinado tanto su libro. La siguiente descripción de una excursión desde Santa Cruz a La Laguna, donde era difícil que un ciego se perdiera en los escasos diez kilómetros de un ancho camino para carretas, es más que suficiente para ilustrarnos sobre las luces de este César galo:

“Después de haber dado algunos pasos por un sendero erizado de piedras agudas que lo hacían impracticable, encontramos ante nosotros una pared de rocas casi perpendiculares que cerraba el pequeño valle. No descubrimos ningún atajo para salir de este atolladero; dimos marcha atrás y tomamos el camino principal. Entonces distinguimos a parte de nuestros amigos que iban delante de nosotros, a una gran distancia. El suelo por el que marchábamos era de un color generalmente parduzco, cubierto de cualquier vegetación. Las piedras más redondas daban vueltas bajo nuestros pies y nos hacían numerosas contusiones; sin duda, eran pequeños fragmentos de rocas que, en la estación lluviosa, los torrentes habían arrastrado de las montañas superiores. Su substancia era volcánica; algunas, de una naturaleza esquistosa, tenían los ángulos romos por el roce; otras eran de una especie de lava de granos finos, insípidas al gusto y que se pegaban a la lengua. A una gran altura el aire se volvía sensiblemente más fresco y ligero; […].”

Teniendo en cuenta que La Laguna está a menos de 550 m de altitud, se puede calcular que esa gran altura debería estar en torno a los 300 m sobre el nivel del mar, como mucho. No me quiero ni imaginar a aquel grupo de científicos caminando por una vía, que transitaban decenas de carretas y bestias de carga diariamente, asombrados del roce de las piedras del camino y llevándoselas a la boca para comprobar si se pegaban a sus lenguas. No sé si los excrementos de los bueyes y de las mulas tendrán grandes propiedades de adherencia, pero estoy seguro de que las piedras untadas con ellas han de ser un tanto pegajosas cuando uno se pone a lamerlas. Pero prosigamos con algunas de las inteligentes observaciones de nuestro personaje, esta vez referidas al can de un pastor que la expedición encuentra algo más arriba:

“Su perro y fiel compañero, echado, nos miraba pasar asombrado de nuestro número así como de nuestro atavío.”

Lo cual viene a demostrar que no sólo hay perros más inteligentes que el amo (“el mío mismo”, diría nuestro sagaz viajero), sino incluso más observadores que los naturalistas que los describen. Fantástico, subrayaría Eduardo Punset. ¿Todavía dudará algún insensato de que el nombre de Canarias se debe a sus excepcionales canes, capaces de distinguir entre una casaca francesa y otra de diferente nacionalidad?

Jacob Milbert intentó dejarnos una imagen gráfica de su gran exploración, entre Santa Cruz y La Laguna, pero no lo logró por las dificultades que nos refiere, y fue una lástima porque me hubiera gustado conocer el gesto del perro pasmado:

“Intenté hacer un dibujo de esos sitios pintorescos; pero la hora avanzaba y fue necesario darme prisa para alcanzar a mis amigos. Llegamos todos juntos a La Laguna.”


.

Vista panorámica de La Laguna, en la época en que J. Milbert la visitó.

Ya tenemos a nuestro intrépido viajero a salvo en La Laguna, lejos de los peligros que entrañan las piedras redondas del camino, sin olvidar las piedras afiladas que le debieron saltar a las canillas como si fueran pirañas. Por suerte, hacía cuatro décadas que el marqués de San Andrés, don Cristóbal del Hoyo, había fallecido. De modo que no tuvo ocasión de dedicarle una o dos décimas que sin duda habrían martirizado a Monsieur Milbert tanto o más que la infame carretera. Sin embargo, nuestro paladín no pudo huir de los guachinches laguneros que sustituyeron honrosamente a don Cristóbal cambiando, eso sí, rimas por cucharas:

“Los mesones de La Laguna son detestables y muy caros. Los platos favoritos de quienes los frecuentan consisten en un gallo viejo, o una gallina condimentada con azafrán.”

Todo estaba en contra de nuestro héroe, incluida la edad del gallo, cuyos dueños ajusticiaron tan pronto le vieron la jeta de friki.

−Ahora o nunca, Pepa −debió decirle a su esposa el mesonero−. Córtale el cogote a Matusalén y adóbalo en azafrán hasta que pierda el sabor a viejo.

−¿Pero el azafrán no era para las gallinas, Miguel?

−Déjate de remilgos ahora, mira que mañana nos llega otra burra cargada de azafrán que nos trae el medianero de don Domingo Castro en Anaga. Ya le mandé aviso de que teníamos franceses a la mesa.

−Pobre gallo Matusalén, mira que vivir tanto para terminar amortajado en azafrán y enterrado dentro de tan mentecata sepultura.

La suerte es compañera de la ingenuidad. Así que el francés, terminado el gallo, terminó por toparse con el doctor Saviñón, un erudito lagunero que lo invitó primero a su casa y luego, tan pronto lo conoció bien, lo apremió para que se fuera… a proseguir sus investigaciones. Dejemos hablar a nuestro genio:

“Conociendo estos señores nuestros proyectos, no nos quisieron retener mucho tiempo.”

A Saviñón no se le escapaba una, acostumbrado a recolectar toda clase de bichos para su pequeño museo natural y remedios para sus pacientes, ¿acaso no iba a cazar al vuelo la profundidad mental de Jacob Milbert en menos de cinco minutos? De manera que pronto el francés y su troupe se hallaron caminando hacia la vega lagunera como quien se dirige a Waterloo, dispuestos a morir por su revolucionario emperador. No pasa mucho tiempo antes de que nuestro hombre se separe del resto y decida explorar por su cuenta. Dibujar, no dibujará mucho, pero alguna idea genial se le ocurrirá. Seguro.

“Las partes bajas son cenagosas y es necesario atravesar una especie de turbera, formada por aguas estancadas. Allí crecen confervas y otras plantas acuáticas que se descomponen, se mezclan y se combinan con el suelo, produciendo una sustancia blanda. Esa turba proporciona excelente combustible que se podría utilizar en el consumo diario de algunas fábricas.”

Naturalmente. El genio ha descubierto el combustible del mañana, el que proporcionará riqueza y energía sin límites a las industrializadas islas. Tan fácil como soplar y hacer botellas. Una aportación prodigiosa que las futuras generaciones de canarios agradecerán al gran Milbert, erigiéndole un monumento en el mismo centro de una pleiesteison. Pero todavía la mente prodigiosa de Jacob ahondó más:

“La vista de este pantano me provocó la idea de que se podría sacar un gran partido a la llanura de La Laguna y crear en ella praderas naturales.”

Nada menos. Como en Versalles, también podría hacerse un tremendo jardín y montar fiestas con paté de gallo viejo y vino tinto peleón, en lugar de champagne francés. Digo yo si tanto delirio no vendría porque a doña Pepa se le fue la mano con el azafrán…

Pero no era Jacob el único pendejo, dicho sea con permiso de Alberto Cortés y de su compadre Facundo Cabral, licenciados ambos en Pendejología. El jardinero jefe de la expedición en que estaba enrolado nuestro héroe tampoco era hombre de andarse con chiquitas. Estarían a muy poca distancia de La Laguna Jacob y su guía (“de cuyo nombre lamento no acordarme” confiesa el muy pendejo, después de haber comido, bebido y dormido en su casa) cuando…

“Vimos venir hacia nosotros, a través de esas encantadoras soledades, al bueno de M. Riedlay, jardinero en jefe de nuestra expedición; estaba agobiado bajo el peso de su amplia recolección; la depositó cerca de nosotros y nos mostró orgullosamente sus riquezas. Por el número de las plantas, la brillantez de las flores y la elegancia de sus formas, la elección no podía ser más variada. Después de unos instantes de descanso nos separamos y él siguió una dirección opuesta a la nuestra.”

Yo me imagino a toda esta tropa de frikis corriendo de acá para allá, semejantes a los comecocos, cargados como mulos, resoplando como concejal cerril en noche de elecciones y saludándose con toda formalidad cuando se tropiezan por casualidad debajo de cualquier árbol.

−Ça va, Monsieur Legrand?

−Ça va, mon ami, ça va!

−Au revoire, Monsieur Legrand!

−Au revoire, Monsieur Milbert!

De cualquier forma, nuestro hombre algún poder extrasensorial sí debía poseer, dado que ya se adelantaba un par de siglos a su época y apuntaba maneras. Les juro que no he cambiado una sola palabra del texto siguiente. Fíjense:

“No diré nada de esta magnífica digital [“digitale”, en el original francés] de Canarias, ni de esos corazoncillos variados ni de otras tantas plantas dignas de toda la atención de los naturalistas. Estos detalles serán el tema de un capítulo especial.”

¡Pues que Dios nos coja confesados! El tipo es capaz de salirnos con un capítulo del mismísimo Mario Brother. Sin embargo, ahora está muy ocupado subiendo su montaña y no hay peligro inmediato de que nos endose su maestría botánica y digital.

“Cuando alcanzamos la cima de la montaña, escuchamos un concierto muy melodioso; se hubiera dicho que los huéspedes de esos bosques celebraban a porfía nuestra llegada. Entre una gran cantidad de pájaros cantores, se distinguían el canario de plumas verdosas, el paro y el arandillo. Poco acostumbrados a la vista de los hombres, todos huían de nuestra aproximación para ir a posarse un poco más lejos y continuar allí su canto. Sin embargo, la infinidad de músicos volvió el concierto fastidioso y terminamos aturdidos.”

Pobre Jacob, los enojosos pájaros no saben mantener el pico cerrado después de ofrecer el concierto de bienvenida. No. Estos desvergonzados canarios verdosos trinan y trinan sin piedad con la inicua intención de aturdir a nuestro, aunque pintor, sabio. Se han perdido las buenas costumbres de los clásicos y ya ni se respeta al visitante culto que no logra vini, vidi,vici porque las aves le disturban su pensamientos áureos. O tempora, o more!

−No sé si será un poco tarde para pedirle a usted disculpas en nombre de mis alados compatriotas, estimado Milbert –digo en voz alta, por si su cuerpo astral aún revolotea entre las páginas del libro que sostengo en mis manos.



l
Las plantas del género Digitalis producen estas hermosas flores y son nativas de Europa, el noroeste de África y Asia central y occidental.

Algo tenía que gustarle a nuestro héroe y, al fin, lo descubrió, después días vagando por Tenerife: el Teide: un Pico que, al parecer, huía del francés en tanto que el resto de los mortales podía verlo tanto desde Santa Cruz como desde La Laguna, sin necesidad de ascender a aquel monte Olimpo donde los pájaros aturden las almas delicadas con sus trinos salvajes.

“¡Qué espectáculo! ¡Qué imponente y grandioso es! Fui deslumbrado y obligado a cubrirme los ojos con las manos.”

Lástima. Pero es lo que tiene ser friki: si a uno le encanta un tipo de música, la pone a toda pastilla por los auriculares para quedarse sordo; si a uno le gusta realizar una excursión, abre el guguelmap y disfruta subiendo las virtuales montañas como si nada; y si a uno le gusta ver algo hermoso, se tapa los ojos con las manos o mete la cabeza dentro de una caja de cartón. No crean que es tan fácil ser ciudadano de Frikilandia. Por esto Jacob servirá a las futuras generaciones como ejemplo a seguir.

Supongo que el resto de la descripción del Pico la haría Milbert por referencias, porque, con los ojos tapados, ya me dirán ustedes… A la vuelta, su parecer sobre el aprovechamiento de la turba pantanosa se difumina en el lodo etéreo de su pensamiento y deja paso a otra opinión más pintoresca:

“Los habitantes ignorantes e imprevisores deberían […] plantar las higueras, las platanera, los naranjos, atraerían la humedad y templarían la atmósfera.”

¿Cómor? Entonces, en qué quedamos: ¿secamos La Laguna o la humedecemos? Es tremendo este francés. Nada detiene su afán de dar consejos a los “ignorantes e imprevisores” habitantes de la isla, ni siquiera el frío clima de La Laguna es óbice para cultivar plátanos, aunque falte más de un siglo para que se invente el plástico de invernadero y este dibujante metido a ingeniero agrícola no haya visto una sola platanera desde que nació. De cualquier manera, es de justicia reconocer que Jacob Milbert era friki, pero no tonto. A pesar de que se le fue el tiempo en asistir a una iglesia y comer en casa de su guía y…

“En ese momento entraron los señores de Saviñón, quienes me dijeron que hacía mucho tiempo que casi todos mis compañeros se habían ido y que era inútil pensar en ponerse en camino, Esos señores insistieron, con el mejor empeño del mundo, para que me quedase; me dejé convencer.”

¡Cómo no! iAy, Señor, vaya cruz les caería a los laguneros, cuando ya pensaban que lo habían perdido de vista para siempre.

“[…] Pasamos en el jardín una velada deliciosa. Allí se cultivaba el naranjo en plena tierra. Tenía frutas muy hermosas de un color dorado, que me recordaron las de nuestras islas de Hyères, en la costa de Provenza.”

Sin comentarios. No diré que me parece mucho para un solo día ni siquiera mencionaré lo del naranjo en plena tierra: es posible que algún lector piense que los naranjos se plantan en el aire y esta frase le sirva para saber que los árboles se plantan en tierra. Por eso la dejo. Sin embargo, esta vez, don Jacob es inocente. Ha sido la impericia del traductor que ha traducido “pleine terre” por “plena tierra” y no por “campo abierto”, que sería lo correcto. Ya ven, a perro flaco todo son pulgas: la vida del friki está llena de contratiempos hasta en las traducciones de sus libros; incluso, en altas horas de la noche, cuando el resto de la humanidad descansa a pierna suelta, la desgracia del friki anda al acecho como si fuera perro canario acechando casacas:

“Cuando me disponía a descansar de las fatigas de la jornada, unos pérfidos músicos vinieron bajo mis ventanas a dar una serenata a alguna belleza del vecindario. Me fue imposible pegar ojo durante la noche. Maldije de buenas ganas a los músicos y a la señora y esperé el día con impaciencia.”

Con el marqués de San Andrés bajo tierra y don José de Viera y Clavijo vegetando en Las Palmas de Gran Canaria, ¿a quién se le ocurriría la idea de ofrecer al francés una serenata hasta el amanecer? Don Lope de la Guerra es hombre serio que no pierde el tiempo en esas tonterías; don Tomás de Nava, lo mismo; y el doctor Saviñón tampoco parece que utilice esos ardides para alejar a los moscones. Raro, raro, raro…

Llegó el amanecer y, tras deglutir todo cuanto pusieron a su alcance, nuestro Jacob se lanzó a las calles de la ciudad con su cartapacio bajo el brazo. Después de sufrir viendo que los gansos del mercado eran menores que los franceses y de aturdirse con el vino dulzón y el humo del tabaco en un hostal, el francés se decidió a bajar a Santa Cruz. No se rían, por favor:

“Encontré las mismas piedras que me habían molestado al subir. Aún tuve más dificultades para descender. La noche era muy oscura, mis pasos poco firmes y rodaba más que caminaba. Una piedra redonda giró bajo mis pies y perdí el equilibrio, lo que me provocó un esguince con el que sufrí mucho; tuve todas las dificultades del mundo para llegar a Santa Cruz.”

Dejando a un lado que fueron precisamente algunos isleños “ignorantes” quienes, humanitariamente, lo llevaron al barco, ¿no les parece imposible que un friki se vaya de vacaciones sin traer a su regreso algún objeto estrafalario con qué presumir delante de los amigos? No se lo pierdan:

“Interesado en llevar a mi patria una momia guanche, me proporcionaron una que me proponía dejar en depósito en Île-de-France [actual isla Mauricio]. Era una mujer joven.”

Magnífica adquisición, pensó Jacob, mientras la metía en el barco y se disponía a dormir con ella encima ante la envidia de sus amigos que sólo iban cargados de insectos y hierbajos, excepto el oficial Ferrer que sólo iba cargado con dos litros de vino Malvasía. He aquí la amorosa descripción de su amada:

“Aunque un poco alterados, los rasgos todavía eran regulares. Las manos estaban bien conservadas, pequeñas, bien hechas; le faltaban cuatro uñas, dos en la mano derecha y otras dos en la izquierda; en los pies solo faltaba una en el derecho; los cabellos y las pestañas estaban admirablemente conservados.”

Realmente, la momia estaba hecha un auténtico bombón. Sin embargo, Jacob, en su ingenuidad, no contó con el carácter algo cabezón de las canarias y su manera sutil de vengarse de los amantes empalagosos.

“Contento con esta posesión, no pensé en la dificultad de conservar semejante objeto en una larga travesía. Al principio, coloqué la momia en mi camarote, en una de las repisas situadas por encima de mi cama, pero el calor y la humedad del navío la ablandaron, descomponiendo la preparación, y engendraron allí tal cantidad de insectos que resolví lanzarla al mar.”

Dejaré aquí a Jacob Milbert llorando la ausencia de su amada, convertida ahora en sirena guanche, mientras garrapatea su enjundioso relato entre los escarabajos, gusanos, moscas, cucarachas y avispas que le dejó la guancha como herencia.

Si se me permite realizar una valoración global de este libro, y partiendo de que el autor se retrata a sí mismo como un imbécil, no puedo menos que alabar la sinceridad y la autenticidad en sus opiniones porque es imposible que nadie mienta tanto contra sí mismo. Incluso, si su principal anhelo es presentarse al mundo como un petimetre con la frágil delicadeza del más fino cristal de Bohemia.


Si usted está esperando una moraleja, he encontrado una que puede ser de utilidad hasta al mismísimo Indiana Jones: Por mucho que quieras a una momia y por muy joven que ésta sea, si la metes en tu camarote vas a tener problemas.




Dibujo de J. Milbert, realizado durante su expedición al río Huston, en EEUU.


Bibliografía

El libro Viaje pintoresco a la isla de Tenerife, de Jacob Gerard Milbert, está publicado por Ediciones Idea, en Santa Cruz de Tenerife, año 2005. Fue traducido por José A. Delgado Luis a partir de la primera edición francesa, impresa en 1812.

lunes, octubre 26, 2009

PROYECCION EN TENERIFE DE LA PELÍCULA "LANZAROTE, LA ISLA ESTRELLADA"

Estimados amigos,

Tengo el placer de invitarles a una proyección en pantalla grande de mi película "Lanzarote, la isla estrellada" y al coloquio que tendrá lugar a continuación.


LUGAR: Salón de Actos del Ateneo de La Laguna (Tenerife)
HORA: 20:00 horas
FECHA: lunes, día 9 de noviembre de 2009.
ACCESO: La entrada será libre.

Para más información ver el blog oficial de la película.

Nota: El Ateneo de La Laguna se encuentra en la Calle San Juan, junto a la Catedral.

domingo, agosto 09, 2009

EL CIEGO DE LOS ORGONES o unos comentarios ocasionales sobre una lectura bifocal de Jack Kerouac y Albert Cohen


Éste es un relato sobre cómo puede uno empezar a leer un libro que trata de un judío nacido en una isla griega, encontrar después un acumulador de orgones en un patio de Nueva Orleáns y terminar corriendo detrás de un alemán que tenía más de Lázaro que de ciego. Síganme y verán que es cierto lo que les digo.

A veces, cuando leo un libro, siento la necesidad de releer, de manera simultánea, otro ya casi olvidado, bien sea porque me lo evoque algún pasaje o por otras razones, a veces misteriosas razones. Lo cierto es que volver a esa segunda obra me potencia el “sabor” de la primera, realizando la misma función que un poco de sal sobre un huevo frito o un mojo picón en unas papas arrugadas. O un calzo en la pata de una mesa que se tambalea. Así fue como tuve la necesidad de ir a una biblioteca cercana para buscar la novela En el camino, de Jack Kerouac.
Antes de mi visita a la biblioteca, llevaba un par de días entusiasmado con la novela Solal, de Albert Cohen. Una auténtica delikatesse, publicada en la década de 1930, salpicada de sabiduría, sandeces y ocurrencias. Nada mejor para penetrar en los secretos de la conducta humana que un poco de humor bien administrado por un autor perspicaz que sabe meter la pata en el momento preciso. Si la lectura se realiza durante los rigores del verano, estas cualidades literarias se agradecen aún más. Y yo estaba encantado.


Albert Cohen (1895-1981) y dos portadas de ediciones francesas de su Solal.

Cuando iba por la mitad de la obra, se presentó sin avisar la necesidad de buscar sal para la yema. Ya me entienden, un calzo. No es que me aburriera la lectura de Solal, al contrario; pero necesitaba tener a un viejo conocido al alcance de la mano, un copiloto. Las peripecias de Solal, el protagonista de la novela de Cohen, se mezclaban con mis recuerdos de Sal, el protagonista-narrador en primera persona de En el camino. Lo cierto es que son pocas las cosas de una historia que recuerdan a la otra, exceptuando que:
a. Ambos relatos son protagonizados por un joven que anda dando tumbos de acá para allá –uno en Europa y otro en América–;
b. Algunos personajes suelen leer con el libro en las rodillas; y
c. La comida falta de vez en cuando.

Los críticos hablan de que Solal busca profundas respuestas a preguntas existenciales profundas y achacan al protagonista de En el Camino idéntico delito. No lo creo. Basta que una obra se haga famosa para alguien comience a pregonar estas mismas majaderías sobre su protagonista: desde El Alonso Quijano de Cervantes hasta la Madame Bovary de Gustave Flaubert, desde el Aureliano Buendía de Gabriel García Márquez hasta el viejo Santiago de Ernest Hemingway. ¡Qué manía trascendentalista!

HENRY JAMES Y COHEN VS. HENRY MILLER Y KEROUAC

El empleo del humor sí podría ser coincidente, pero las técnicas narrativas empleadas envuelven lo cómico en papeles de regalo diferentes: la psicología de sus personajes es revelada por Kerouac a través de una prosa que batalla de manera vana y espléndida contra lo mejor de Ernest Hemingway o fisgonea por los ojos de las cerraduras en las pensiones del Montparnasse golfo de Henry Miller. En cambio, Cohen está más cercano a Henry James cuando se trata de apretar las tuercas narrativas en los malos pensamientos de cualquier personaje.
Lo cierto es que esta lectura conjunta, puede que hasta estereoscópica, me ha proporcionado buenos ratos, mientras huía del calentamiento insular. Me gocé en Cohen, por sus juegos malabares que despliegan la versátil mentalidad mediterránea entre las gélidas nieblas del protestantismo europeo; en Kerouac, por su implacable demolición del embrutecimiento sedentario, usando como arma un nomadismo motorizado y delirante, bendecido con unas gotas de channel existencialista que se convierte en detonador y combustible del sedán literario que arrastra al lector sin mojigaterías, sin concederle un minuto de tregua.


Hudson sedan 1949, el mismo modelo que conduce Dean Moriarty en la novela de Kerouac.

SOLAL, EN EL CAMINO

Estoy cayendo en la cuenta de que sería conveniente informar de su contenido a quienes no hayan leído alguna de estas dos obras o refrescar la memoria a los que ya las conozcan.
La novela Solal relata las andanzas y amoríos del chiflado joven Solal, un judío nacido en una isla griega a principios del siglo XX o finales del siglo XIX, como el propio Albert Cohen. Una de sus primeras acciones, cuando contaba con sólo dieciséis años, es fugarse de su isla con la esposa del Cónsul francés, convertirla en su amante y abandonarla a las veinticuatro horas. A partir de aquí, su vida se vuelve una caótica sucesión de aventuras que le conducen a París, a Barcelona, a Londres, a..., Todo ello imbuido y propiciado por la imprevisión y la despreocupación total de Solal, perfecto ejemplo de la cigarra frente a la hormiga. A su vera, encontramos a personajes tan amenos como el tunante Comeclavos, su mentiroso tío Saltiel o el aguador Salomón, gordo y simple como un cura. Tampoco faltan los esperpénticos Maussane o Lord Rawdon, altos cargos políticos de Francia y Gran Bretaña, retratados con fina ironía por Cohen.
La novela principal de Jack Kerouac está referenciada en Wikipedia, obra digital comunitaria que todo intelectual de valía debe despreciar, nunca citar y siempre consultar:

“El libro comienza presentando al impulsor de la mayoría de las aventuras que tienen lugar a lo largo de la novela, Dean Moriarty, pseudónimo de Neal Cassady, quien fuera el alocado hipster que se convirtió en héroe de todos los beats. El narrador es Sal Paradise, álter ego de Kerouac, fascinado por su ecléctico grupo de amigos, por el jazz, por los paisajes de Norteamérica y por las mujeres. En el primer párrafo de la novela se puede leer Con la aparición de Dean Moriarty comenzó la parte de mi vida que podría llamarse mi vida en la carretera, en el que Moriarty ya es presentado como el instigador e inspirador de muchos de los viajes de Sal.
La ciudad de Nueva York es el punto de partida de la aventura, donde poco antes de la llegada de Moriarty, Kerouac/Paradise conocería a Carlo Marx (sobrenombre de Allen Ginsberg), quien pronto se convertiría en su mejor amigo en la ciudad. Sal define a Dean como el estafador santo de mente brillante y a Carlo como el estafador poético y doloroso de mente oscura. Carlo y Dean hablan de sus experiencias con sus amigos por todo el país y Sal se queda fascinado con ellos y con otros que irá conociendo más tarde en sus viajes.”

EL SOL NACIENTE HA SIDO LA RUINA DE MUCHAS POBRES CHICAS

Durante el tiempo transcurrido entre las dos veces que he leído En el camino, tuve ocasión de visitar algunos de los escenarios donde se desarrolla la obra. En realidad, si se viaja a los Estados Unidos, lo difícil es no pasar por alguno de esos lugares, porque la novela no deja carretera sin recorrer, entre Nueva York y Luisiana, entre Nueva York y California, entre Nueva York y Texas,…


La primera vez que fui a Nueva Orleáns, llevaba en la cabeza los vapores de Mark Twain combinados con la idílica descripción de una casa que aparece en la obra de Kerouac. Supongo que también habría algún retazo de La casa del Sol Naciente, en la tardía versión de The Animals, canción muy adecuada para acompañar a Dean y Sal en alguna de sus correrías por los alrededores de la calle Canal.

Había una casa allá en Nueva Orleáns,
la llamaban El Sol Naciente.
Ha sido la ruina de muchas pobres chicas
y yo, oh Dios, soy una.
Mi madre era costurera
ella cosió estos pantalones vaqueros nuevos
mi amante era un vagabundo, Señor,
allá en Nueva Orleáns.
Ahora la única cosa que un vagabundo necesita
es una maleta y un baúl
y el único momento en que está satisfecho
es cuando está bebido.

De modo que esperaba encontrar, en las riberas del río Misisipi, una multitud de chicas en jeans, paseando junto a largas hileras de casas pintadas de colorines, a semejanza de las que hay en Curaçao o las que engañan a los turistas en el barrio bonaerense de La Boca. Sin embargo, la realidad era muy distinta: resultaba imposible aproximarse al río por otro lugar que no fuese el embarcadero donde amarran el Natchez y el resto de los vapores turísticos con ruedas de palas: mi primera noche en la ciudad del jazz tuve que pasarla durmiendo sobre una maleta para impedir que me la robaran en una habitación con la puerta forzada centenares de veces: en un hotel de mala muerte, ubicado más en el intestino que en el corazón del Barrio Francés: lejos del Hilton de la calle Canal, lejos de la calle Bourbon, lejos del parque Louis Armstrong y lejos de los pringosos macdonalds junto a las paradas del tranvía. Aquel hotel era uno de esos sitios donde tanto le encantaba a Norman Mailer situar a Lee Harvey Oswald, el asesino oficial de John Kennedy, el cual siempre he pensado que tenía, mira qué casualidad, un sorprendente parecido físico con el autor de On the Road.


Jack Kerouac y Lee Harvey Oswald. ¿Se parecen físicamente?

Uno de los personajes de En el camino vive en la orilla opuesta del Misisipi, en dirección a Barataria, en una vieja y bella casa, donde hay un acumulador de orgones. En el párrafo siguiente, finalicé mi lectura ese día. Justificadamente, porque era cerca de la tres de la tarde y me entraron ganas de comer. Fue en ese instante cuando me invadió una tremenda añoranza por la comida cayún de Nueva Orleáns y, a falta de la sabrosa carne de caimán, me preparé un gran gumbo con pollo, tan picante que todavía lloro de sólo recordarlo. Después, me senté a la mesa y con el libro sobre mis rodillas evoqué el memorable desencuentro que tuve con los acumuladores de orgones de la mano de un ciego que valía su peso en oro alemán.

EL CIEGO EN EL CUATRO LATAS

Sucedió en Alemania, en el año 1984. Iba con una amiga desde Bremen hasta Berlín. Teníamos coche, pero si encontrábamos gente que quisiera viajar con nosotros, la gasolina nos saldría gratis. El mismo Kerouac había utilizado este método unos treinta años antes. Por medio de una agencia de auto-stop, aparecieron dos personas: una estudiante que iba a pasar el fin de semana corriéndose una juerga en los subvencionados territorios que encerraba el Muro y un ciego joven, rubio y sonriente.
Llegado el día, recogimos a ambos. Siento no recordar demasiado de la chica. Del invidente sí: iba vestido con un elegante traje blanco, unas gafas negras y un bastón que movía incesantemente, aunque no estuviera caminando. En realidad, el bastón parecía vestirlo más que la chaqueta. Mi amiga y yo entendimos que se dirigía a Berlín para recoger un órgano que le habían fabricado. Le pregunté si pretendía traer el órgano en el coche, un pequeño Renault 4 latas. Respondió que sí. Las medidas era, aproximadamente éstas: 1,50 m x 1,00 m x 1,30 m. A mí me parecía mucho bulto para tan poco coche, pero como el vehículo no era mío, opté por cerrar el pico.
Por su parte, el ciego no daba pie con bola. Durante el viaje, cada vez que nos deteníamos, el hombre se iba golpeando en todos los postes, mesas, sillas, puertas, niños y ventanas que hubiera a su paso. A veces, no parecía sino que se desviaba de su camino para ir a tropezar con algo. Nos tenía el corazón encogido.


Yo me preguntaba cómo cargaríamos el órgano en el 4 Latas...

Además, como nunca encontraba su cartera, me vi en la obligación de pagar sus comidas y bebidas con mi dinero. No comía poco el caballero, pero yo no quería ser desconsiderado con una persona tan desvalida como parecía aquel presunto José Feliciano criado en la nieve. Quién sabe si algún día me dedicaría una canción, rememorando un húmedo viaje en que no dejó de llover ni un solo minuto. Incluso, tuve la delicadeza de ponerle una moneda cuando se detuvo a jugar a las máquinas tragaperras en una zona de descanso. Siempre fui muy atento…
Llegamos a Berlín sin que parase de llover. Dejamos a los pasajeros en sus respectivos destinos y nosotros fuimos a un apartamento en el elegante barrio de Kreutzberg. Afortunadamente, cuando llegamos todavía no habían derribado aquel edificio en ruinas y pudimos pasar allí dos noches sin mojarnos.

UN ACUMULADOR DE ORGONES Y UN MILAGRO

El domingo por la tarde, nos dirigimos a recoger al ciego en una dirección de Charlottenburg. Pese a que la lluvia era débil, no había cesado de caer agua. Aparcamos en Kastanienallee, aunque más propio sería decir que atracamos. Allí estaba el hombre de las gafas negras y el vestido blanco, sonriendo beatíficamente debajo de un inmenso paraguas. Su traje continuaba inmaculado, pese a la que estaba cayendo.


Kastanienallee, una avenida de Charlottenburg, un barrio señorial de Berlín.

Nos hizo señas de que entráramos en un portal. No había ascensor. Comenzamos a subir escaleras. Los pisos de esta zona berlinesa poseen una altura considerable. En la cuarta planta, teníamos que recoger el encargo. Lo que yo me pregunta era: ¿Cómo rayos vamos a bajar el órgano por estas escaleras, sabiendo de antemano que el muchacho no va a ser de gran ayuda?
–¿No pesará demasiado? –le pregunté.
–No hay problema, lo llevaremos desarmado.
–¿Desarmado? ¿Cómo vas a desarmar un órgano?
–¿Un órgano? –se asombró mi ciego– ¿Qué órgano?
–¿No es un órgano? ¿Entonces, qué es, una guitarra?
–Es un orgón.
–¿Un orgón?
–Una máquina acumuladora de orgones.
–¿Como las de Wilhem Reich?
–Una de esas, pero modernizada y mucho más potente.
Pensé que quizás el pobre muchacho tenía esperanzas de recuperar la vista metiéndose dentro del acumulador. No quería ser descortés, pero moví la cabeza y exageré la cara de asombro, sin poder evitarlo. Al fin y al cabo, no podría verme.
–Bueno –comenté en un tono que debió sonar muy falso, sin poder sospechar que estaba pronunciando la profecía de un milagro–, supongo que con ese aparato uno se cura de cualquier cosa.
Tocamos en la puerta durante diez minutos. No se abrió. Esperamos casi una hora más en el rellano, pero tampoco apareció nadie por allí.


Wilhem Reich sentado en su acumulador de orgones.

El ciego se lamentaba. Nosotros tratábamos de consolarlo. Finalmente, lo convencimos para regresar a Bremen. La chica había llamado por la mañana, diciendo que el resacón le aconsejaba no moverse durante unos días de Berlín.
El viaje de vuelta fue igual que el de ida, con el añadido de algunos ignorantes comentarios sobre Reich, el más pintoresco psicoanalista alemán: impresionante ejemplo de cómo una persona inteligente y cuerda puede convertirse en un chivo loco si se le ocurre llevar las teorías psicológicas a sus últimas consecuencias.
Nos acercábamos a nuestro destino. Seguía lloviendo. Yo pensaba que aquel viaje era para no olvidarlo. Pero todavía me esperaba la sorpresa más grande.
Decidió apearse mi ciego en la estación de ferrocarril de un pueblo cercano a Bremen. Como su tren partiría desde el otro lado del andén, yo también abandoné el coche para ayudarle a bajar las escaleras del paso subterráneo. Justo cuando empezábamos a descender, los altavoces anunciaron la salida de su tren.
El ciego empezó a correr como un loco. Bajaba los escalones de tres en tres. Pronto, me dejó atrás. Pensé que se mataría. Cuando subía las otras escaleras, se le cayó la bufanda y, antes de que yo llegara, el tipo dio media vuela, se quitó las gafas, se fue hacia la bufanda sin titubear, la recogió del suelo y salió disparado escaleras arriba.
Yo me quedé allí, helado, parado durante varios minutos en mitad del subterráneo, sintiéndome el mayor pendejo del mundo, sin saber qué pensar ni poder entender las razones que tiene una persona para hacerse el ciego durante días.


El ciego empezó a correr como un loco. Bajaba los escalones de tres en tres.

Regresé por fin al coche y allí entendí el enigma: además de comer y beber a mi costa, también se ahorró el precio del viaje porque mi amiga tampoco le había cobrado su parte para la gasolina: le había dado pena recoger el dinero de la escasa pensión de un pobre muchacho invidente. ¡Bastante tenía con vivir en la oscuridad, el pobrecito! Probablemente, el fabricante de orgones tuvo que olerse algo parecido y puso pies en polvorosa.
De sobra sé que Reich no es culpable de este engaño, sin embargo nunca más su obra, incluyendo su vistoso análisis de los caracteres, ha gozado de mis enteras simpatías.
Lo que me resucitó todos estos extravagantes recuerdos fueron los siguientes párrafos del séptimo capítulo de En el camino:

“De pronto se sintió cansado y entró en la casa desapareciendo en el cuarto de baño para su fije antes de la comida. Volvió con los ojos vidriosos y muy tranquilo, y se sentó bajo la lámpara encendida. La luz del sol se colaba débilmente por las rendijas de la persiana.
–Oídme, ¿por qué no probáis mi acumulador de orgones? Dará sustancia a vuestros huesos. Cuando salgo de él siempre corro al coche y me lanzo a ciento cincuenta por hora a la casa de putas más cercana. ¡Jo, jo, jo! –Era su risa de cuando no se reía de verdad.
El acumulador de orgones es una caja normal y corriente lo bastante grande como para que un hombre se siente en una silla dentro de ella: una capa de madera, una capa de metal, y otra capa de madera recogen los orgones de la atmósfera y los mantienen cautivos el tiempo suficiente para que el cuerpo humano absorba más de la dosis usual. Según Reich, los orgones son átomos vibratorios de la atmósfera que contienen el principio vital. La gente tiene cáncer porque se queda sin orgones. Bull pensaba que su acumulador de orgones mejoraría si la madera utilizada era lo más orgánica posible, así que ataba hojas y ramitas de los matorrales del delta a su mística caja. Estaba allí, en el caluroso y desnudo patio: era una absurda máquina disparatada cubierta de hojas y de mecanismos de maniático. Bull se desnudó y se metió en ella, sentándose a contemplar el ombligo.”

Si no fuera tan mal pensado, yo debería haberme preguntado si mi ciego recobró la vista debido a alguna misteriosa conjunción entre el cuatro latas y la misteriosa máquina que le había construido y sustraído el ingeniero berlinés. Tal vez influyera la humedad, quién sabe.

Si no fuera tan mal pensado, yo debería haberme preguntado si mi ciego recobró la vista debido a alguna misteriosa conjunción entre el cuatro latas y la misteriosa máquina que le había construido y sustraído el ingeniero berlinés. Tal vez influyera la humedad, quién sabe.

POSTDATA


On the Road se tradujo al español dos años después de su publicación en los Estados Unidos, con el título de En el camino. La primera edición española se hizo en Argentina, en 1959. En Alemania se tituló Unterwegs y en Holanda, Op Weg. Otras traducciones de sus título son Sur la route, en francés; Sulla strada, en italiano; Pela estrada fora, en portugués; A la carretera, en catalán; etc.
En 1975, apareció en España una versión en cómic llamada En la carretera, editada por Star Books.
En este mismo año (2009), Anagrama ha publicado bajo el título En la carretera. El rollo mecanografiado original la traducción de On the road. The original scroll, editada por la editorial Viking a partir del manuscrito original de Kerouac, con los nombres reales de los personajes que intervienen en los viajes descritos, sin las censuras que se habían practicado en algunas escenas homosexuales o en la suprimida escena del mono sodomita. Igualmente, esta edición pseudofacsimilar parece que respeta la puntuación original del autor, que no tenía puntos-aparte ni demasiadas comas. Todavía no he recorrido este libro que merece, al menos, una lectura cuidadosa.
Como se aprecia en la foto, Kerouac escribió su novela en un largo rollo de papel, en alusión a la Ruta 66. Lo hizo en sólo tres semanas, con la única ayuda de una vieja máquina de escribir Underwood, una cafetera y la calidez de su segunda esposa.

_____________________

* Kerouac, Jack: En el camino. RBA. Barcelona. 1995 (original: 1955 y 1957). Página 175.

viernes, junio 13, 2008

DON PORFIRIO TOLEDO TOLEDO, UN ISLEÑO EJEMPLAR HA MUERTO

El día 22 de mayo de 2008, después de haberse escrito este artículo se produjo la muerte de don Porfirio Toledo, en San Juan de Puerto Rico. Murió en su casa, rodeado de su familia y estuvo consciente hasta el último momento. Las manifestaciones de duelo por su fallecimiento han sido numerosas y todas coinciden en que se ha perdido, además de un hombre profundamente bueno, el principal valedor de la canariedad en el exterior. Descanse en paz.


VISITE LA WEB OFICIAL
DE LA EMIGRACIÓN CANARIA




La seriedad y la trascendencia de la labor cultural de
don Porfirio Toledo están lejos de cualquier duda,
pero aún queda pendiente el reconocimiento oficial.

Don Porfirio Toledo Toledo es el Padre de la canariedad en Puerto Rico y, por extensión, en América. Y lo es porque nadie como él ha realizado tantos y tan desinteresados esfuerzos para hermanar a boricuas y canarios. Don Porfirio organiza viajes entre los dos archipiélagos, pone en contacto a familias que no se han escrito desde hace un siglo, regala libros a los ayuntamientos canarios, estudia la genealogía de quienes le acompañan desde la Isla del Encanto y les infunde amor por el archipiélago canario.



El nombre de don Porfirio Toledo Toledo es sobradamente conocido en las oficinas del Departamento de Hacienda del Estado Libre Asociado de Puerto Rico. Hace unos años, las autoridades fiscales puertorriqueñas decidieron realizar una auditoría a don Porfirio porque ciertas cantidades elevadas de dólares estaban pasando por sus manos sin que sus declaraciones reflejaran ganancia personal alguna. Por este motivo, un inspector se presentó en la casa que el señor Toledo tiene en San Juan de Puerto Rico. Una vez allí, le pidió explicaciones sobre los extraños movimientos de dinero que se estaban llevando a cabo en algunas cuentas bancarias.
Don Porfirio dejó que el inspector se explicara. Desde sus ochenta y tantos años, y desde sus innumerables experiencias de negocio, don Porfirio Toledo ha desarrollado una extraordinaria capacidad para escuchar los argumentos del prójimo sin interrumpir hasta que se ha expuesto el asunto. En la sala de su apartamento, a salvo del calor del verano, desde su sillón favorito, don Porfirio escuchaba atentamente al funcionario. Calzaba el anciano zapatos marrones al estilo antiguo, casi suspendidos sobre el suelo, mientras sus manos enlazadas reposaban en la elegante guayabera blanca de hilo. Sus abundantes cabellos, aún grises y peinados hacia atrás, como ha venido haciendo desde su adolescencia, prestaban a su rostro el aspecto venerable y bondadoso del hombre bueno que siempre ha sido.
Lo que el inspector había venido a decirle a don Porfirio era que el fisco estaba al corriente de que había estado organizando viajes desde Puerto Rico a las Islas Canarias, con grupos de hasta cincuenta o más personas, y que la compra de billetes de avión, la reserva de hoteles y restaurantes, etc. tendrían que haberle dejado unos beneficios económicos que no se reflejaban en sus declaraciones de la renta. Don Porfirio abrió un poco más los ojos, sonrió levemente, como siempre hace antes de comenzar a hablar, y le explicó al inspector que aquellos viajes no le dejaban ganancias, sino pérdidas. Mientras le mostraba una cuidada contabilidad de cada uno de aquellos desplazamientos, el señor Toledo le habló al burócrata de una promesa que había hecho a su esposa antes de su muerte, consistente en llevar a Canarias cuantos descendientes de canarios pudiese para darles a conocer la tierra de sus antepasados.
Los datos de don Porfirio eran contundentes: más de una vez tuvo que poner dinero de su propio bolsillo para cubrir el pasaje en avión de aquellos viajeros que cruzaban el Atlántico buscando algo más que una hipotéticas raíces familiares. En el Departamento de Hacienda, el asombro fue considerable y el caso de don Porfirio ha sido ampliamente comentado durante mucho tiempo: organizar viajes turísticos para perder dinero no es una ocupación habitual.


Don Porfirio Toledo se marcó una meta en su vida:
unir a los “isleños” de ambos lados del Atlántico para que se
enriquezcan, humana y culturalmente, a través
del mutuo conocimiento.


Un hombre singular
Evidentemente, don Porfirio Toledo Toledo tampoco es una persona convencional. Hoy puede reconocérsele como el Padre de la canariedad en Puerto Rico y, sin exagerar un ápice, este nombramiento podría hacerse extensivo a toda América. Nació en la ciudad de Arecibo, situada al Norte de Puerto Rico, en el año 1922, en plena expansión de las empresas norteamericanas en la industria azucarera puertorriqueña. Vino al mundo, pues, dos décadas después de que España transfiriese la Isla del Encanto a los Estados Unidos, en el Tratado de París de 1898, y cinco años más tarde de que la Ley Jones convirtiese a los puertorriqueños en ciudadanos estadounidenses sin derecho a voto presidencial.


Don Porfirio contempla a isleños de
Puerto Rico jugando una partida de domi


Los “isleños” en América
Decir “isleño” en América es decir emigrante canario o nombrar a sus descendientes. Evidentemente, los cubanos, los puertorriqueños y los dominicanos también son isleños; no obstante, ese vocablo se usa de manera primordial referido a las personas procedentes de las lejanas Islas Canarias.
Este dato debería ser suficiente para establecer la importancia de esta emigración, no sólo en el Caribe, sino en el continente americano, desde Nueva York hasta la Patagonia. En todo este territorio, el concepto que se tiene del isleño acusa pocas variaciones: honrado, humilde y trabajador. Como bien escribió el historiador Francisco Morales Padrón, los canarios “No trajeron a América ínfulas de hidalguía y, sintiéndose coloniales ellos mismos, estaban desposeídos de la soberbia del castellano. Hombres de vida sencilla, se dieron al trabajo ora en el campo o en la ciudad sin mirar en los oficios ocupación indigna de conquistadores o pobladores.”
A pesar de la enorme influencia de la emigración canaria, pocas personas en Estados Unidos o en América Latina conocen su auténtica envergadura. Lamentablemente, la falta de estudios divulgativos en esos países y el poco interés de las instituciones canarias en establecer un área de influencia cultural fuera del archipiélago han sustentado este desconocimiento. Lo que pudiera haberse convertido en el fermento de otros intercambios, como el turístico o el comercial, ha sido desaprovechado por completo y, de momento, no existen visos de que esto vaya a cambiar a corto o medio plazo.
En el caso de Puerto Rico, la emigración canaria tuvo una importancia preeminente, tanto en el número de familias que se trasladaron a la isla durante cuatro siglos como en la proyección de la idiosincracia canaria en la puertorriqueña. Las similitudes entre puertorriqueños y canarios van mucho más allá del hecho de compartir alimentos como el gofio y el sancocho, palabras como guagua o tabaiba, costumbres como los velorios de infantes o devociones como la Virgen de Candelaria. Cada vez que un puertorriqueño se desplaza a Canarias o un canario a Puerto Rico, su primera reacción es el asombro de reconocer tantas cosas de su país de origen en el país de destino: las costumbres, el habla y hasta el puritanismo tradicional de ambos pueblos continúan corriendo de manera pareja. No creo equivocarme demasiado si afirmo que existen más vínculos comunes entre un puertorriqueño de Puerto Rico y un canario que entre aquél y un newyorican o emigrante puertorriqueño en Nueva York.

La esposa del Gobernador de Puerto Rico,
retratada por el pintor isleño José Campeche.


Isleños ilustres
Realizar un recuento en Puerto Rico de los canarios que han trascendido su tiempo, por alguna característica destacada en labores sociales políticas o culturales, no es tarea fácil, porque sus biógrafos han desposeído a muchos de su lugar de origen, como si ser canario constituyera algún agravio. A pesar de todo, en bastantes casos no es imposible seguir su rastro e incluir ejemplos que enfaticen la presencia canaria en suelo boricua. He aquí algunos ejemplos.
El isleño Francisco Bahamonde de Lugo, nacido en Canarias, fue Gobernador de Puerto Rico, entre 1545 y 1569, y constituye una honra para los canarios de todos los tiempos, porque destacó como una persona honrada a carta cabal. La relación de sus choques con la familia de Ponce de León es demasiado prolija para su relato aquí, pero baste con saber que su defensa de la justicia le llevó a perder su puesto de Gobernador. Y que acabado su período de gobierno regresó a Canarias “tan pobre, que al embarcarse le dio a la mujer de un sobrino suyo una cadena diciendo: ‘Señora, no me agradezca el darle esta cadena, que no lo hago por servirla, sino por decir con verdad que no llevo nada de Puerto Rico.” (Diego de Torres Vargas: “Descripción de la isla y la ciudad de Puerto Rico”).
Juan Fernández Franco de Medina fue otro Gobernador de Puerto Rico (1695-98), nacido en La Laguna (Tenerife). Cuando marchó a tomar posesión de su cargo, llevó consigo a cien canarios que se establecieron en la isla.
José Campeche Jordán, (San Juan, 1751-1809) es uno de los pintores más reconocido de Puerto Rico y está considerado como en fundador de la pintura nacional. María Jordán, su madre, era una emigrante canaria que se casó con un esclavo liberto. Campeche rechazó una oferta del Rey de España para ser su pintor de cámara. Destacó también como tallador en madera, organista, maestro de coros y arquitecto. Según el historiador Arturo Dávila, su obra como reformador del canto sagrado y maestro de música “tuvo un largo eco que no se extingue hasta mediados del siglo XIX.”
Romualdo Real (1880-1959), natural de las Islas Canarias, fue fundador y director del semanario “La República Española”. En compañía de sus hermanos, fundó el periódico “El Mundo” y la revista “Puerto Rico Ilustrado”. Real escribió abundantemente y sus obras completas fueron publicadas en 1965.
Uno de los personajes más curiosos que puede encontrarse entre la descendencia canaria es Juanita García Peraza (1897-1970), conocida hoy como Diosa Mita. Nació en una familia católica de Hatillo y después se hizo pentecostal. Hacia 1940, formó la Iglesia Libre, conocida actualmente como Congregación Mita, extendida por varios países latinoamericanos. Juanita García amasó un capital enorme e infinidad de fincas y edificios. Esta singular religión –cuyas creencias se basan en que la isleña Juanita era el Espíritu Santo– está en auge en Puerto Rico, lo mismo que los llamados Nuevos Movimientos, junto a grupos religiosos como los Testigos de Jehová y los mormones.
Carlos Marichal (1923-69) nació en Tenerife y murió en San Juan de Puerto Rico, donde residió definitivamente a partir de 1949. Es una figura muy reconocida por su obra pistórica, especialmente por sus plumillas. Destacó de manera excepcional en la ilustración de libros. Fue profesor de la Universidad de Puerto Rico, dirigió el grupo teatral Tinglado y ejerció de director técnico del Teatro Universitario en San Juan. Entre los muchos homenajes que continúa recibiendo, se ha instituido el “Premio Carlos Marichal para la Excelencia en Artes Gráficas” en la Universidad de Puerto Rico.
Tampoco puede olvidarse a Guillermo Sureda Arbelo, Guillermo (1912-2006), nacido en Arucas (Gran Canaria) y emigrado a Puerto Rico en 1950. Un excelente pintor, conocido como el “Chopin de la acuarela”, cuya obra fue reconocida y premiada internacionalmente. Sureda realizó numerosas portadas de discos para la Orquesta Filarmónica de Puerto Rico.
Hubo más. Incluso, se podría hablar de un obispo canario, que introdujo el culto de la Virgen de Candelaria en Puerto Rico, y hasta de un capitán que fue el encargado de entregar las isla a las tropas estadounidenses, en 1898. Algún día habrá que hacer justicia histórica con los personajes relevantes surgidos de la emigración canaria, no solamente en Puerto Rico, sino en otros países americanos.
En este contexto histórico, social y religioso que hemos visto en los anteriores apartados, espacio cultural por el que todavía transitaban varios de los personajes mencionados, fue donde don Porfirio Toledo vino al mundo. Un escenario que ha permanecido con el telón bajado durante varias generaciones, hasta el punto que en la actualidad gran parte de la herencia cultural trasplantada por los canarios es atribuida a otros emigrantes más ajenos a la formación del pueblo puertorriqueño, como los andaluces. Sólo excepcionalmente, algunos historiadores de la isla, como Estela Cifre de Loubriel o Manuel Álvarez Nazario, han reparado en los canarios. Álvarez Nazario, en su obra “La herencia lingüística de Canarias en Puerto Rico”, dejó escrito: “Cabe pensar en la influencia canaria respecto a los abundantes rasgos fonéticos, gramaticales y léxicos en los cuales coinciden las hablas respectivas de las islas y de nuestro país.”

Niños recogiendo agua en el río Arecibo, a principios del siglo XX.


Don Pepe Toledo García
Don José, el padre de don Porfirio, fue un “isleño” oriundo del pueblito de San Miguel de Abona, en Tenerife (Islas Canarias). Llegó a Puerto Rico en el siglo XIX, a la temprana edad de 17 años, reclamado por su progenitor, a la sazón mayordomo de una finca propiedad de la familia Monroy (también isleña), en el pueblo de Hatillo.
Un tío suyo era dueño de una cervecería en Utuado y allí trabajó como catador, un raro oficio en la isla. El trabajo de José consistía en probar los vinos que entraban en el almacén e irlos separando por calidades. Con los ahorros, pronto pudo independizarse y montar una pulpería en Arecibo, donde vendía de todo. Más adelante, a partir de 1914, también pondría a la venta las semillas de cebolla que le enviaba don José Feo desde San Miguel de Abona, allende los mares.
La pulpería de José, más conocido como don Pepe Toledo, tuvo éxito. Por otra parte, su padre había logrado reunir ciertos ahorros de su trabajo como mayordomo. Así, la familia logró comprar un terreno en la zona de Hato Bajo, donde comenzó a sembrar papas y cebollas para vender. Algunos canarios que iban llegando en esa época consiguieron allí su primer empleo.
–Mi papá había escogido a una mujer con la que procreó cinco hijos –me confesó don Porfirio–. Después, en el año doce, se casó con una señora de Arecibo que es la mamá de mis hermanas mayores. Ella murió en 1919. Papá salió de Puerto Rico y se fue a Canarias y se casó con mamá, en mayo de ese mismo año.
El viaje de regreso fue accidentado, porque el hermano de la recién casada los acompañaba y enfermó, probablemente de la llamada “gripe española” que azotaba el mundo durante ese año fatídico. El capitán del buque decidió que el enfermo debía desembarcar en Guantánamo (Cuba), mientras el matrimonio proseguía el viaje hacia Puerto Rico. Afortunadamente, este joven sobrevivió a la enfermedad y formó familia en Cuba.
En ese año de 1919 ocurrió que también se produjeron contagios de gripe española a bordo del famoso vapor Valbanera, de la compañía Pinillos, en un viaje hacia Canarias. Hubo varias víctimas mortales. El barco fue desinfectado y volvió a navegar hacia América, en el mes de agosto. Después de visitar los puertos de San Juan de Puerto Rico y Santiago de Cuba, el Valbanera naufragó frente a Key West (Florida) durante un fuerte temporal. Todavía quedaban cerca de 500 personas a bordo que jamás llegaron a La Habana. No hubo supervivientes ni se encontró un solo cuerpo. Sólo se halló una cabeza flotanto, quince días más tarde, según un informe de la Armada estadounidense.



Don Porfirio conversa con el doctor Saavedra
y don Fernando Amador, propietario del museo
etnográfico canario de Aguadillas.

Los primeros años
La infancia de Don Porfirio transcurrió en Arecibo. Esta población, con muchísimos vecinos de procedencia canaria, hoy rebasa los cien mil habitantes, pero a principios del siglo XX no pasaba de ser un pequeño pueblo. De niño, gran parte de su tiempo lo dedicaba al colmado de su padre, atendiendo a una clientela dispersa en la que abundaban los isleños. El pequeño Porfirio llevaba las compras en un carro de mano hasta los domicilios dispersos en un amplio territorio. Muchas veces, los artículos comprados eran depositados en el borde de los caminos para que cada familia retirase los suyos, sin que a nadie se le ocurriese robarlos.



Las ovejas u ovejos de pelo corto son fáciles de encontrar en Puerto Rico, especialmente las zonas del Oeste, como Cabo Rojo, donde existen numerosos ejemplares. Este animal procede de las Islas Canarias y, en el siglo XV, cuando los europeos luchaban contra los guanches, en la conquista del archipiélago, fueron confundidas con cabras, por la falta de lana.
En la actualidad, algunas instituciones canarias han caído en la cuenta de la importancia de recuperar el genoma animal que había desaparecido de las islas hace muchos años y que aún es posible encontrar en algunos países americanos; lo cual proporciona a estas ovejas un inmenso valor. En este mismo apartado, se puede incluir el “cochino negro”, un cerdo pequeño, de origen netamente canario y de carne muy sabrosa, que desapareció del archipiélago hace muchas décadas. Posteriormente, su presencia fue detectada en Venezuela y recuperado. En la actualidad, ya se cuenta con suficientes ejemplares en Canarias para considerar la raza a salvo.


Los préstamos
–Mi padre tenía un colmadito. Él abastecía la compra a todos los canarios que llegaban a Arecibo, que siempre pasaban por casa, por la confianza que tenían con mi padre. Cogían la compra fiada y la pagaban cuando cosechaban sus productos. De igual manera, durante la cosecha de caña, ellos venían, cogían fiado en ese tiempo muerto y le pagaban cuando finalizaba la zafra. Naturalmente, eso fue levantando el negocio, por la confianza de estos agricultores. Él mismo les introducía en el asunto de la siembra de cebolla, les vendía las semillas para que ellos las sembraran y después les compraba también cebollas a ellos.
Su padre, José Toledo García, como hicieron otros isleños en diferentes países latinoamericanos, también puso en práctica un negocio que siempre se reveló como rentable: ofrecer a los gíbaros y a los canarios las semillas y los bienes de consumo que necesitaban en forma de crédito hasta finalizar la cosecha. Y, en ocasiones, actuar como intermediario en la comercialización de esa misma cosecha, entregando al campesino la diferencia entre la deuda y el importe de la venta. Bien mirado, si se actuaba con honradez por ambas partes, el beneficio podía ser mutuo. Más de una fortuna isleña, como la de la familia palmera Crespo en Cabaiguán (Cuba), se inició con esa fórmula comercial. En algunos casos, estos caudales pasaron a las Islas Canarias y consolidaron empresas importantes, como señala un interesante estudio de Fernando Carnero Lorenzo, profesor de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad de La Laguna.


Las numerosos templos dedicados a La Candelaria,
como esta iglesia de Mayagüez, pone de relieve la abundancia
de isleños en Puerto Rico.


La gente muerta la trae viva
–No es porque fuera mi padre –comenta don Porfirio–, pero se trataba de una especie de filántropo que iba ayudando a cuantos isleños lo necesitaban, para que se levantaran. Un amigo suyo, aquí, en Arecibo, se enfermó de los pulmones, es decir, estuvo afectado por una tuberculosis. El doctor le dijo que tenía pocos meses de vida y el hombre estaba desesperado. Mi papá le dijo: “Si quieres, yo te llevo a un sitio en Canarias, donde vas a recuperarte. Te voy a llevar al Teide, en la isla de Tenerife.” Ahí fue la primera vez que yo escuché lo del Teide. Así que se marchó a Tenerife con Juanito Díaz Peraza. Fueron a vivir a Vilaflor, durante seis meses. Don Juan recuperó la salud y volvió para Puerto Rico. El doctor que lo había atendido se sorprendió muchísimo, porque el hombre estaba sano ya. No tenía ninguna enfermedad en los pulmones. Y eso ayudaba a mi padre, porque la gente decía que “don Pepe tiene buenos contactos allá en Canarias, porque lleva gente muerta y la trae viva”.
Don José Toledo tenía la costumbre de ir de pueblo en pueblo visitando a las familias isleñas, por el simple placer de saludarlas y mantener una buena conversación. Don Porfirio acompañaba a su padre en estas visitas y fue conociendo multitud de casas donde se alojaban los emigrantes canarios o sus descendientes. Este conocimiento le serviría más adelante para su vida profesional de agente comercial y para reunir a las personas que han participado en las visitas anuales a las Islas Canarias.


Don Porfirio baila con doña Violeta, en una fiesta de isleños puertorriqueños.

El ser humano
Don Porfirio come y habla con cierta dificultad, debido a la grave enfermedad que aquejó su garganta; sin embargo, pronto uno se acostumbra a escuchar sus palabras y sigue perfectamente su conversación. Su acento tiene la dulzura de las gentes nacidas en los pueblos del Norte de Puerto Rico, donde la herencia canaria tiene tanta incidencia. Cuando los canarios caminamos por estos lugares, nos da la impresión de ir a encontrar a uno de nuestros vecinos en la próxima esquina. No en vano, Puerto Rico es el lugar del mundo donde la huella canaria ha dejado una mayor influencia en las costumbres y la idiosincracia de sus habitantes.
Don Porfirio cuenta con una gran aliada: su nuera, la cual le procura todos los cuidados que necesita. Ello le ha servido para sobreponerse a la soledad de la viudez, hasta encontrar una novia cuando contaba con ochenta cinco años de edad. Y se buscó nada menos que a doña Violeta Herrera, otra descendiente de isleños, a quien se le iluminan los ojos cuando habla de La Gomera. Sus ancestros partieron de Hermigua o, tal vez, de Agulo, y se asentaron en Hatillo. Don Porfirio toma su automóvil en San Juan y conduce casi dos horas hasta la casa de doña Violeta. Ambos se sientan en el porche de la casa, mirando los tulipanes africanos, y conversan durante horas, solos o con las visitas, desgranando historias de los viejos tiempos que ya deberían estar escritas en alguna parte. Violeta es de religión pentecostal y don Porfirio es católico y conservador. Particular pareja en una isla con una religiosidad tan singular. Sin embargo, nada turba su hermosa relación y los dos tienen la suficiente perspicacia y tolerancia que les permite ver más allá que la mayor parte de la gente. Al oscurecer, don Porfirio vuelve a San Juan o pernocta en el parador El Buen Café, donde sigue departiendo con sus amistades. Nadie se explica de dónde saca las energías suficientes para hacerlo.

Don Porfirio Toledo, en una finca de isleños, mientras
se filmaba el documental "La emigración canaria a Puerto Rico",
de la serie "La Ruta del Gofio".



El enigma
Tal vez, sea conveniente buscar una explicación al enigma que parece rodear a don Porfirio. ¿Por qué este hombre, que podría tener una vejez relajada, rodeado del amor de sus hijos, nietos y biznietos, se ha complicado la vida llevando tantos descendientes de canarios a conocer la patria de sus antepasados? ¿Por qué más de una vez ha puesto discretamente dinero de su bolsillo y ha dado la cara cuando alguien le ha dejado en la estacada?
Después de padecer un terrible cáncer de garganta, al que logró vencer gracias a la Medicina pero también a una voluntad de hierro, don Porfirio visitó las Islas Canarias con su esposa. El reencuentro con su familia de San Miguel fue un episodio memorable, tanto por la parte boricua como por la sanmiguelera. El matrimonio regresó en varias ocasiones y los Toledo de San Miguel fueron también a Puerto Rico. La esposa de don Porfirio disfrutó muchísimo con aquellas visitas y ambos se propusieron organizar un viaje que facilitara a otros descendientes de isleños encontrar familiares en Canarias. Sin embargo, al poco tiempo, ella contrajo una grave enfermedad y murió. En su lecho de muerte, pidió a don Porfirio que siguiera adelante con el proyecto del reencuentro canario. Él se lo prometió solemnemente.
–Yo me siento bien satisfecho de eso que yo comencé como una aventura. Con el trato que me dieron los alcaldes allá, yo me siento bien satisfecho. Considero que quienes han ido en estos cinco viajes conmigo se sienten encantados. Con decirle que cada vez que yo llamo a una reunión a los que fueron conmigo, todos se presentan a esa reunión. Es por el aprecio que me tienen. Dicen ellos que si no hubiera sido de la forma que yo preparé ese viaje, jamás hubieran ido, porque moverse de Puerto Rico a las Islas Canarias es costoso. No sé por qué la compañía Iberia no ha cooperado más con nosotros. Yo lo que trato es de hacer un puente entre Puerto Rico y Canarias, especialmente a San Miguel de Abona, porque era el sitio de donde más canarios han llegado a Puerto Rico. Esta gente que va a Canarias se encuentra a familiares y me lo agradecen. Les he conseguido un buen hotel con desayuno y cena en el que no pagan mucho. Les buscaba excelentes restaurantes donde me daban buenos precios y eso me valió bastante. Es una satisfacción enorme que yo siento. Y todavía creo que puedo hacer un poquito más. Y ahora trato de conseguir que alguien se encargue de seguir esta lucha, procurando que los isleños de acá vuelvan a su tierra para conocer a su familia y, aunque no sean familia, conocer a los isleños de allá. Además, ellos nos tratan a nosotros divinamente bien. Yo voy a San Miguel de Abona y todos me conocen.


Don Porfirio, preparando el viaje de 2007, en el
restaurante Hipopótamo, propiedad de un isleño
en San Juan de Puerto Rico



La clave
Parece difícil de explicar que este hombre haya llevado tan lejos esa promesa, cuando los años, las enfermedades, la incomprensión y muchos otros factores dificultaban su cumplimiento. Ahí reside parte de la fascinación que don Porfirio ha ejercido sobre mí y sobre tanta gente que lo conoce y que no da crédito a la auténtica proeza que ha llevado a cabo, teniendo en cuenta sus condiciones físicas.
Escrutando en las varias entrevista que me ha concedido, encontré la siguiente historia. Estas palabras de don Porfirio, quizás, contengan la clave que esclarezca su propio enigma.
–Había una familia de apellido Birriel. El señor Birriel era canario y doña Paula, su esposa, también era canaria. El viejo Birriel se enfermó y en la agonía mandó a buscar a papá. Papá se presentó y Birriel le dijo: “Don Pepe, lo único que yo le voy a pedir es que no deje morir a mi familia, que siga enviando la compra semanal hasta que mi hija mayor empiece a trabajar, porque le falta como un año y pico de escuela superior para graduarse.” Mi papá le dijo: “Váyase tranquilo que ellos no van a carecer de nada”.
La entrevista transcurre en el Caney de la Puntilla, en Arecibo. Tengo que inclinarme para escuchar las palabras de don Porfirio, que aún se encuentra muy débil, después de otro infarto que le ha tenido un tiempo en el hospital. El alisio alivia el calor que va impregnando la mañana. Don Porfirio hace una pausa, mirando la estatua del Capitán Correa, el héroe local que derrotó a los ingleses hace tres siglos, y prosigue:
–En aquel entonces, yo lo que hacía era acarrear la mercancía a las casas, en un carrito pequeño. Recuerdo que a esa casa yo iba todos los sábados a llevar la compra. Muere el señor Birriel y queda la familia, pero yo seguía llevando la compra semanal hasta que la niña se gradúa. Empieza a trabajar en el National City Bank de Arecibo.
Una chiquilla de pelito rizado pasa a nuestro lado tragándose una hamburguesa gigantesca. Un pájaro marroncito salta de la copa de un cocotero al suelo, en busca de algún desperdicio. Los ojos de don Porfirio se han posado ahora en una diminuta estatua de la Libertad, réplica liliputiense de la que se halla a la entrada de Nueva York.
–En ese entonces, frente a la tienda de papá, abrieron un colmado nuevo, a todo lujo. La primera semana después de la apertura, veo yo que la muchacha entra en el Colmado García y empieza a comprar… Esa semana no llegó la nota de su casa, aunque hasta entonces doña Paula enviaba la nota de la compra y yo se la llevaba. Ahí se acabó; no siguió patrocinando a quien le estaba dando la compra. Ni siquiera pagó. Entonces, mi padre, no sé por qué, cuando yo le dije que hacía cuatro semanas que no había hecho la compra en nuestro colmado, me dice: “Usted esté tranquilo que cuando se hace un compromiso con una persona que está para morir, uno tiene que cumplir con su deseo. Yo le prometí que no las iba a dejar sin la compra, pues ya está.”
El sol aprieta un poco más y en la frente de don Porfirio aparecen unas gotas de sudor. Detrás de mí suena el graznido extravagante de alguna de las aves que residen en las arenas de la desembocadura del río Tanamá; sin embargo, no vuelvo la cabeza, pendiente de las palabras del anciano.
–Yo me quedé callado pero, con la compra de Navidad, él acostumbraba a mandar a sus clientes un paquete con nueces, avellanas, pasas, ciruelas, un pote de frutilla y otro de peras. Y eso yo se los llevaba. Yo le seguía llevando a doña Paula esa compra todas las Navidades, hasta que ella murió. Yo le decía: ”Padre, ¿cómo a usted se le ocurre…? Ellos no le consumen un centavo, pero usted…”. Él me respondía: “¡Olvídese! Yo hice un compromiso y tengo que cumplirlo”.
La entrevista concluye. Con un abrazo me despido del admirable anciano. Lo veo subir con dificultad a su automóvil y poner rumbo a San Juan. Nadie, salvo el Faro de Arecibo que se resiste a desaparecer al otro lado de la bahía, observa su viejo Toyota Corolla alejándose hacia el Este por la carretera número dos, sobre el puente que cruza el estuario.
¿Cuánto ha influido la conducta de don Pepe con los Birriel en el cumplimiento de la promesa hecha por don Porfirio a su esposa en el lecho de muerte? En el Caney, el agua dulce del Tamaná se mezcla con la salada del Atlántico y es difícil decir donde se encuentra cada una.


Don Porfirio con el doctor Delgado Plasencia, durante
la filmación de "La emigración canaria a Puerto Rico".


Respeto y consideración
No es demasiado numerosa la gente que conoce la labor de don Porfirio, excepto los que han tenido la dicha de acompañarle en alguno de sus viajes y unas pocas autoridades culturales puertorriqueñas. Bien es cierto que en legislaturas anteriores, el alcalde de San Miguel le acogía como a un personaje entrañable; sin embargo, el nuevo alcalde no parece profesar los mismos afectos por los descendientes de quienes necesitaron salir una vez del municipio. Claro que nunca es tarde para mostrar el debido respeto, la debida consideración y el debido cariño a la persona que mejor ha cumplido en los últimos tiempo con ese deber de canariedad a que estamos sujetos cuantos nos hemos formado en esta hermosa cultura, legada por nuestros ancestros. Y no se puede ignorar que más allá de los credos, de las ideologías y de las fronteras, existe una gran familia pancanaria, repartida por todos los rincones del planeta.
Don Porfirio, cercano ya al siglo de edad, pequeño de cuerpo y grande de espíritu, es un genuino representante de esa familia trabajadora, pacífica, dispersa y, sin embargo, añorante de una patria lejana y atlántica, de unas pequeñas islas abotonadas al océano por almendros y volcanes.

Manuel Mora Morales