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domingo, octubre 31, 2010

Juegos imposibles

Una nube absurda y una furgoneta vieja, junto a medio galón de anticongelante, me han ocupado esos minutos tontos que todos nos concedemos mientras estamos en la bañera o paseamos con las manos en el bolsillo por las fronteras del oscurecer. Ayer, la cascada de pensamientos me condujo a sopesar las razones que me llevan a practicar cierto juego cuando viajo lejos de mi tribu o me encuentro en alguna situación especial de felicidad, de angustia, de emoción, de peligro,…

En ese juego, trato de registrar mi interior y cuanto me rodea en el preciso instante que estoy viviendo, incluidas las sensaciones que percibo y las emociones que me embargan. Con esta información, construyo una especie de paquete escheriano que deposito en algún rincón de la memoria, al tiempo que trato de visualizarme en el preciso momento en que lo recuperaré. Sí, en futuro, porque la finalidad hipotética es contactar a través de esa ráfaga de pensamiento con un tiempo más adelantado y revivir la situación antes de que suceda.* He de reconocer que la mayor parte de las veces no me acuerdo más de esos instantes, pero en algunas raras ocasiones, sí.

Sin embargo, no se trata de un déjà vu. Cuando se presenta la fase que podría denominarse de rescate, intento conectarme con esa chispa de pensamiento que un día jugué a depositar en mi propio futuro. El resultado es curioso, aunque nada tenga de inquietante. Vuelvo a verme en el mismo lugar, pero con una visión exterior, como si fuera otra persona que se sabe observada y devuelve la mirada con complicidad. Nunca esta percepción se prolonga más allá de algunos segundos y el espacio físico que puedo contemplar también es reducido. Sin embargo, esta experiencia difiere considerablemente de otros recuerdos, incluso de aquéllos que son más vívidos.

Como estoy razonable y occidentalmente cuerdo, sé de sobra que no existe la telepatía y, mucho menos, la auto telepatía intratemporal, por proporcionarle un nombre majadero, sino que todo se reduce a la falsa percepción cerebral que ha forzado mi pequeño truco mental; pero, aun sabiéndolo, no logro resistir el impulso de jugar a resucitar los momentos especiales.

Nunca he comentado esta afición, así que no sé si otras personas juegan a lo mismo que yo, aunque sospecho que todos tenemos diversiones parecidas que desarrollamos en la intimidad de nuestro pensamiento. Lástima que Jorge Luis Borges no se encuentre esta tarde con nosotros para preguntarle sobre cuál de sus dobles sacaba a los tigres al patio para jugar a las muñecas matrioskas.

-¿Y por qué no te compras una cámara de fotos o de vídeo, como todo el mundo? –me preguntarán ustedes, con toda la razón del mundo homogéneo, cuando yo digo que deseo revitalizar instantes.

Y sería lo sensato, pero mi pretensión no es ver dos veces imágenes idénticas ni siquiera sentirlas. En este caso, me da igual que la imagen del cuadro sólo represente una pipa o que verdaderamente lo sea. Mi aspiración lúdica secreta es jugar con el tiempo y el espacio, desviándolos de una ruta presuntamente inexorable. Supongo que si hubiera hecho esta declaración hace trescientos años, no habría habido quien -muertos ya el irlandés Scotus y su primera fuente de conocimiento divino- me librara de las cárceles secretas del Santo Oficio de la Inquisición, porque, según la ortodoxia católica, ese privilegio únicamente lo puede ejercer Dios y, de manera un tanto provisional, Satanás. Dos figuras que reúnen todas las cualidades por las que ha suspirado una buena parte de la humanidad desde hace milenios. Desgraciadamente, supongo que debido a mi repulsión al incienso y a los pelotilleros, rechazaría convertirme en un ser divino o diabólico, aunque la oferta me la hiciera el Corte Inglés en el primer día de las rebajas de enero.

De manera que seguiré jugando a lo mismo de siempre, sin una sola posibilidad de recuperar una décima de segundo o un centímetro cuadrado del mes pasado: un juego absurdo, tan absurdo como la esperanza de encontrar un paraíso después de la muerte. Pero si sólo esperásemos lo razonable, no seríamos humanos. Paradójicamente, sólo cuando nos hubimos convertido en animales racionales pudimos creer en lo irracional. Lo que nos gusta es que se produzca lo que sabemos muy bien que no puede producirse. A este juego dedicamos nuestra vida y nuestros esfuerzos de manera aparentemente absurda. Supongo que por esa sinrazón que a mi razón arrasa voy a votar en las elecciones, secundo huelgas que beneficiarán a quienes no las secundan, creo de vez en cuando que la factura del teléfono está hecha con buena fe y hasta tengo las esperanzas puestas en el corazón humano.

Sinrazones no me faltan: hace unos días estacioné el coche al borde de una carretera para mirar una nube rebelde que se había colocado de manera tan sensual como absurda al borde de la falda de una montaña. Levanté la tapa del motor quité la del radiador y puse una garrafa de anticongelante en el suelo. Lo hice para tener a mano una disculpa que ofrecer a los agentes de tráfico, si se les ocurría parar a mi lado. Ya se sabe que no somos de fiar quienes nos detenemos a mirar para los celajes y conviene tener una coartada a mano por si te ve la policía.

En esas estaba yo, cuando se acercó un señor de mediana edad con una furgoneta. Tomó su propia lata de anticongelante y se apeó del vehículo ofreciéndome consejos sobre lo que debía hacer para salir del apuro. Yo no lo conocía, él no me conocía ni tenía nada que ganar por prestarme su auxilio. Pero hizo lo único que yo no esperaba que alguien hiciera a aquellas horas de la mañana y en tales circunstancias: tratar de ayudarme a cambio de nada. Una razón más para invocar lo imposible.

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(*) Los escritores más sensibles conocen una situación similar, en relación con sus lectores, futuros depositarios de sus mensajes, previa aparición de un alter ego del propio autor, conocido como héroe lírico, que traduce o interpreta sentimentos suprapersonales.

“¿Pero entonces no hay comunicación entre el poeta (el cuentista) y el lector?, la respuesta es obvia: la comunicación se opera desde el poema o el cuento, no por medio de ellos. Y esa comunicación no es la que intenta el prosista, de teléfono a teléfono, el poeta y el narrador urden criaturas autónomas, objetos de conducta imprevisible, y sus consecuencias ocasionales en los lectores no se diferencian esencialmente de las que tienen para el autor, primer sorprendido de su creación, lector azorado de sí mismo [cursiva mía].” (Julio Cortázar: Del cuento breve y sus alrededores.)

jueves, octubre 28, 2010

La educación en el estado español: de la alienación a la tragedia

Miguel de Unamuno estaba convencido de que únicamente los idiotas y los locos pueden ser felices. Tal vez, por esta razón, los seres humanos incidimos tantas veces en la locura y en la estupidez cuando perseguimos utopías sociales, políticas, mediáticas o pedagógicas, sin caer en la cuenta de que la regla de Unamuno jamás funciona a nivel colectivo. La estupidez colectiva conduce a la alienación y a la opresión, y la locura de la masa produce la tragedia.

Para encontrar ejemplos, no es preciso retroceder hasta la Segunda Guerra Mundial. Sin ir más lejos, podemos echar un vistazo a nuestro sistema educativo: una máquina compuesta de engranajes viejos, atascados, que saltan en pedazos cuando se presenta la menor dificultad, pero mil veces pintados con la purpurina de los nuevos planes ministeriales para proporcionarles una apariencia deslumbrante y, cómo no, europea.

Pocos parecen darse cuenta de que esa máquina no produce ni puede producir otra cosa que frustración y desencanto. Infelicidad, en suma. Lo que dice una Ley de educación es intrascendente, si los encargados de llevarla a las aulas continúan refocilándose en su jerga pedagógica en lugar de comprometerse con el cambio. Si trasladásemos esto a la Cirugía, en los hospitales se impartirían desmañados cursos técnicos sobre el rayo láser para que en el quirófano se continuara operando con bisturí.

Cuando una Ley habla de libertad de enseñanza, la autoridad educativa incompetente entiende protocolo en la enseñanza. En sus cabezas no cabe que es una robusta formación del profesorado la que va a educar al alumno, en lugar de estereotipados métodos asentados en el malabarismo didáctico que tantas víctimas infantiles y juveniles está empujando por los caminos que conducen a la incompetencia social y laboral.

Cada vez que aparece una nueva Ley de enseñanza, el comportamiento de los antes nombrados es perfectamente predecible: componer o plagiar cuatro reglas pedagógicas -en realidad, las mismas de siempre- y revestirlas con nombres recién traducidos. A continuación, comienzan a cobrar dietas para formar al profesorado con el fin de que transmita idénticos conocimientos con el nuevo método, quizás más caótico que el anterior. Esa formación del profesorado puede durar ocho, doce o dieciséis horas (les encantan los múltiplos de cuatro) impartidas por cuatro ponentes que se contradicen aun en lo más elemental, mientras el personal se amodorra o aprovecha para escuchar las últimas grabaciones de su mp4. Y poco más, excepto los calurosos aplausos a los oradores cuando les permiten volver a casa.

En realidad, no es esto lo grave. Incluso, si los nuevos protocolos fueran trasladados de manera masiva al aula, el problema continuará siendo que los estudiantes siguen recibiendo la misma bazofia algorítmica, en lugar de preparar sus mentes para investigar y ser críticas con la realidad que les rodea. Se les entrega pescado podrido y se les niega el anzuelo para realizar su propia pesca. Bien poco le importa al sistema educativo que el alumnado sea capaz de buscar por sí mismo las fuentes del conocimiento. ¡Si los psicopedagogos, imbuidos de un cognitivismo tanto o más anquilosado que el conductismo, diagnostican a un alumno por la cantidad de faltas de ortografía que comete o por su conocimiento de la tabla de multiplicar, qué se puede esperar del resto de este sistema! ¡Pobre del infeliz que caiga en sus manos!

Si no se pone pronto remedio, que no se pondrá, los resultados visibles en el sistema educativo español van a pasar de la actual alienación de los jóvenes a una tragedia que ya está enseñando sus garras en las nuevas generaciones nini. Mientras tanto, las autoridades educativas incompetentes continúan en su estado de autocomplacencia y felicidad, en el sentido más unamuniano del término, naturalmente.