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jueves, octubre 07, 2010

Vargas Llosa, ¿un neoliberal comprometido? Relexiones sobre un Premio Nobel de Literatura

Lo primero que leí de Mario Vargas Llosa fue Los cachorros. Yo tenía quince años y tardé varios días en reponerme del impacto que me supuso descubrir una prosa tan revolucionaria. Evidentemente, viviendo en un pequeño pueblo de una minúscula isla, yo no conocía a los grandes narradores surrealistas, no sabía ni a qué olía la prosa de James Joyce y hasta dos años más tarde no leí la primera novela de Samuel Becket. Tal vez, a eso se debió mi sorpresa; aunque si hubiese leído ese relato por primera vez esta mañana también me habría sorprendido de algún modo.

Mi última lectura de una novela del escritor peruano fue La fiesta del Chivo (que es para mí la obra actual sobre dictadores que más se aproxima a Tirano Banderas de Valle Inclán), lo cual evidencia que no he leído sus últimas tres obras de ficción. Entre Los Cachorros y La Fiesta, he tenido suficiente tiempo (aunque a uno siempre le parece poco, cuando se trata de la propia vida) para leer casi toda su bibliografía. Llegado a este punto, cualquiera puede quedar como un crítico exigente, si añade: “bibliografía por lo demás irregular”. Afortunadamente, no he llegado a tamaño grado de estupidez como para poner en tela de juicio obras que tal vez precisen una segunda lectura para que adquieran todo su significado literario.

Hoy Mario Vargas Llosa ha recibido el Premio Nobel de Literatura con todo el merecimiento del mundo. Además de sus obras literarias, ha publicado ensayos de diversa índole, entre los que destacan los dedicados a los autores y a la novela francesa: Sartre, Camus, Victor Hugo,… Hoy sería una temeridad hablar de Gustave Flaubert y de su obra sin referirse a las opiniones de Vargas Llosa.

En cuanto al aspecto político, resulta imposible no mencionar las ideologías cuando se habla de un escritor importante de América Latina. Mario se decantó por la derecha y desencantó a casi todos sus lectores cuando se presentó a las elecciones presidenciales de Perú y puso de manifiesto una ideología cercana al neoliberalismo que hasta ese momento no había mostrado abiertamente. Sin embargo, la pregunta es: ¿Influye la ideología del escritor en la calidad de su obra?

Indudablemente, ideología y literatura caminan de la mano y suelen ser los escritores más comprometidos socialmente los que han producido mejores obras, desde Cervantes hasta Saramago. No obstante, no existe una línea fronteriza nítida entre escritores superficiales, antisociales y comprometidos. Nadie puede decir que el poeta mexicano Otavio Paz rehuyó el compromiso o que Vargas Llosa no ha retratado de manera valiente los crímenes de las dictaduras latinoamericanas, por el solo hecho de tener ideologías de derecha.

Finalizo con una anécdota sucedida en la Feria del Libro de Madrid, hace unos años. Yo me encontraba en una caseta frente a la que estaba Mario Vargas Llosa esperando para firmar ejemplares. El hombre no estaba muy atareado, pues sólo cada mucho tiempo llegaba un lector para que le firmara un libro. Sin embargo, muy cerca había una cola larguísima de gente que llevaba el mismo libro para saludar y pedir el autógrafo a su autora, una locutorcilla de la televisión basura, llamada Ana Rosa Quintana. Esta mujer daba la perfecta imagen de una pava real exhibiéndose sin pudor alguno ante una nube de peregrinos deseosos de ser abanicados por sus plumas de gran escritora.

Me dio tanta vergüenza como pena observar la soledad de Vargas Llosa y me acerqué para charlar un rato con él. Aunque ya la había leído, volví a comprar una novela suya en la que me estampó una preciosa dedicatoria. Ya se podrán imaginar que viendo el espectáculo que teníamos delante el tema de conversación era obligado…

A los pocos días, Ana Rosa Quintana fue llevada al juzgado por plagio y sufrió el proceso más bochornoso que pueda padecer alguien que se atreva a publicar con su nombre un libro robado Los cuarenta mil ejemplares de su novela fueron recogidos en la medida de lo posible por la Editorial Planeta que, por fin, reaccionó ante tanta desvergüenza. En mi biblioteca tengo un ejemplar de este bodrio, pegado a la obra firmada por Vargas Llosa, como recordatorio de las inmundicias literarias que en el mundo hay.

Por fortuna, algunas veces los individuos no mueren antes de que el universo tenga tiempo de nivelar los vasos de la justicia y cada cual quede en su sitio. Hoy, Mario está en el Olimpo y Ana Rosa no existe.

Felicidades al gran escritor y nuevo Premio Nobel de Literatura. Que usted lo disfrute durante muchos años, maestro.

domingo, septiembre 26, 2010

HÉROES Y SUPERHÉROES DE FICCIÓN

Héroes y superhéroes son habituales objetos de consumo en nuestra sociedad, cada día más acostumbrada a trabajar para adquirir bienes-basura. Nosotros y nuestros hijos adaptamos nuestro comportamiento a patrones diseñados y vendidos como prototipos a los que debemos aspirar: un hombre indestructible, una mujer bella sin remilgos humanitarios, una doble vida o una manera de hablar y hasta de caminar. Todos estos personajes han sido creados con un objetivo común: vaciarnos los bolsillos (y de paso, el cerebro) sin que nos demos cuenta. Pero, ¿cómo tuvo lugar este proceso?


Las novelas por entregas, que comenzaron en el siglo XIX, atravesaron tres fases que pueden diferenciarse por el tipo de protagonistas que utilizaron:

1. Héroes al estilo de Robin Hood que restablecen desafueros de los poderosos, actuando desde posiciones individuales con métodos ajenos a la ley, como el asesinato y el robo. Aquí pueden encuadrarse Montecristo y Rodolfo Gorestein.

Los autores que crean obras de este tipo, en la literatura de orientación valorativa, se sirven de hechos de la vida real para adaptarlos a cierto ideal, para ilustrar con ellos determinada tesis, para demostrar la validez de su concepción filosófica (o mística) de los problemas fundamentales del hombre y de la sociedad. Esta literatura utiliza, entre otros recursos y procedimientos, la glorificación, la heroización, y, con frecuencia, la idealización, de valores morales, ideas, acciones o personajes.

Cierta parte de la literatura valorativa produjo numerosos héroes según patrones específicos que en situaciones adecuadas a modelo establecidos superan todas las dificultades y obstáculos. Han sido, sucesivamente, caballeros, robinsones, cowboys y detectives. Los lectores de determinado nivel cultural proyectan, en los apasionantes destinos de estos héroes, sus anhelos de grandeza, gloria, brillantes hazañas, valor e ingenio.[1]

2. Los protagonistas que no cuestionan el sistema social y son ayudados por la policía a resolver pequeños problemas. Es el caso de Sherlock Holmes.

3. Los héroes que son delincuentes de guante blanco de finales del siglo XIX y principios del XX, como Fantômas y Arsenio Lupin, que dejan en ridículo a las fuerzas del orden y disponen al lector a favor del crimen.

Después, apareció Tarzán, héroe semidesnudo –un clónico del buen salvaje de Rousseau, de Robinson Crusoe, de un domador de circo y de un policía municipal de la jungla–. Un inglés que había sido criado por los monos, sobrevivía en la selva saltando de liana en liana e imponiendo el orden con alaridos y puñetazos. Eso sí, sin mezclarse más de lo conveniente con sus vecinos negros. En una época en que la xenofobia era el pan de cada día, Tarzán triunfó en la novela de Burroughs, en los cómics de Hogsrth y en las películas protagonizadas por Weissmuller, pudiendo inscribirse con todos los honores entre los superhéroes que se verán más adelante.

Es muy interesante seguir los razonamientos que Umberto Eco[2] ha realizado en torno a los superhéroes actuales, protagonistas habituales de cómics, pero también de películas y novelas. El lingüista italiano parte de que Hércules, héroe de la mitología griega, debía su personalidad divina a su historia, igual que sucedería más tarde con las imágenes cristianas. Es decir, la historia o la trama de un personaje definía al propio personaje.

Sin embargo, llegada la época medieval conocida como gótica, los héroes de las narraciones no estaban ya definidos por la trama. Se narraba una historia cien veces, la gente la sabía de memoria y continuaba gustándole que se la contasen, porque esta narración se hacía de forma dramática. Lo que gustaba al público no era la trama de la historia, más que sabida, sino su representación, como sucede con los niños de tres o cuatro años que insisten ver, una vez y otra, la misma película de dibujos animados, sin cansarse jamás.

Las narraciones románticas, sin embargo, comenzaron a conferir más importancia a la trama. La novela popular[3] trajo como novedad que los lectores se interesasen por lo imprevisible que podría surgir en una historia. La diferencia es fundamental, puesto que hasta entonces se daba por supuesto un convencionalismo: las historias habían sucedido antes de la narración, mientras que, a partir de ese momento, las historias acontecían en el mismo momento en que se narraban. Es decir, entre narrador y lector se convenía esa suspensión de las leyes temporales, para que la historia se desenvolviera paralelamente al relato. Este nuevo género de narrativa escrita cautivó a las masas y, en el siglo XIX, se centuplicaron las ventas de fascículos, como sucedió en el caso de las obras de Charles Dickens: la gente esperaba ansiosa cada entrega para consumir un nuevo suceso inesperado.

Y es aquí donde intervienen los héroes: Rocambole, el conde de Montecristo, los tres mosqueteros o Sherlock Holmes. Héroes que, a pesar de todo, siguen conservando sus características humanas y se parecen a los lectores en cuanto que sus sentimientos son similares y su fortaleza física puede compararse con la de algún vecino de constitución vigorosa. Las características del héroe novelesco no llegan, pues, a alcanzar las del mito griego.

Sin embargo, las semillas que habría de producir al superhéroe ya se estaban sembrando, como veremos en el siguiente post.


[1] Bélic, Oldric y Hrabák, Josef: Introducción a la Teoría Literaria. Editorial Pueblo y Educación, La Habana (Cuba), 1988.

[2] Umberto Eco: Apocalípticos e integrados. Lumen-Tusquets Editores, Barcelona, 1995, y El superhombre de masas. Tusquets Editores, Barcelona, 1995.

[3] La novela popular nació en Francia, en el siglo XIX, cuando el editor Girardin fun­dó, en 1833, una empresa que vendía novelas por entregas. Así se editaron Los miserables (1862) de Víctor Marie Hu­go (1802-1885) y Los tres mosqueteros (1844) de Alejandro Dumas (1802-1870).