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lunes, junio 07, 2010

El estrafalario caso del francés Milbert y su joven momia guanche


Jacob Edgard Milbert, en su madurez.

Estaba más colgado que el butafumeiro de Santiago en un año compostelano. Jacob Gerard Milbert era francés, dibujante y en su cabecita sólo cabían las cosas que encajaban con los usos y costumbres de su país. Era como esa pléyade de turistas españoles que con cara de asco recorren los restaurantes de Estambul, Tokio o La Habana preguntando si les pueden servir “una tortilla de patatas” o unos tacos de jamón extremeño con medio litro de Casera y media docena de aceitunas rellenas de pimientos de la huerta murciana. Jacob llegó a las Islas Canarias, en 1800, a los 36 años de edad, armado con algunas resmas de papel de dibujo y un diario friki en el que anotaba todas las tonterías que le pasaban por los champiñones que debía tener por neuronas. Nadie puede negar que era buen dibujante o, al menos, un dibujante apañadito, y lo demuestran las láminas de la expedición que realizó con el capitán Nicolas Baudin. ¡Pero quién le iba a decir que su manuscrito no sólo se imprimiría en su país, sino que sería volcado al alemán y, dos siglos más tarde, traducido y publicado en español! Más aún, le pertenece la autoría de otro libro famoso sobre su expedición, en 1828, al río Hudson, en los Estados Unidos, durante la que dio a sus compañeros más lata que un cochino debajo del brazo. Claro que tener libros publicados no obsta para que estén llenos de chorradas ni exime a nadie de otras singularidades cuyo propietario suele ser distinguido en la actualidad con el espantoso término friki.

Cuenta nuestro inefable Jacob en la primera página de su obra titulada Voyage Pittoresque á l’Île-de-France, au Cap Bonne Espèrance, et l’Île de Tènèrife que esperaba encontrar Canarias igual que en los tiempos de Platón y se llevó una gran desilusión. Después de un profundo análisis del terreno se convenció de que más de una cosa había cambiado desde los tiempos de Pericles. Ya ven, un auténtico lince al que se le escapaban pocos detalles. No haber contemplado riachuelos de leche y miel ni ver faunos saltando en las rocas de la playa fue más de lo que pudo aguantar su ilustrado espíritu. Por esta causa, Jacob se agarró una fuerte perreta que se tradujo en continuas faltas de respeto a los canarios, a sus obras y a su tierra. No es el único viajero francés que escribe en plan borde, pero sí me parece el más tonto de todos los que han escrito. Tal vez, por esta razón, me ha fascinado tanto su libro. La siguiente descripción de una excursión desde Santa Cruz a La Laguna, donde era difícil que un ciego se perdiera en los escasos diez kilómetros de un ancho camino para carretas, es más que suficiente para ilustrarnos sobre las luces de este César galo:

“Después de haber dado algunos pasos por un sendero erizado de piedras agudas que lo hacían impracticable, encontramos ante nosotros una pared de rocas casi perpendiculares que cerraba el pequeño valle. No descubrimos ningún atajo para salir de este atolladero; dimos marcha atrás y tomamos el camino principal. Entonces distinguimos a parte de nuestros amigos que iban delante de nosotros, a una gran distancia. El suelo por el que marchábamos era de un color generalmente parduzco, cubierto de cualquier vegetación. Las piedras más redondas daban vueltas bajo nuestros pies y nos hacían numerosas contusiones; sin duda, eran pequeños fragmentos de rocas que, en la estación lluviosa, los torrentes habían arrastrado de las montañas superiores. Su substancia era volcánica; algunas, de una naturaleza esquistosa, tenían los ángulos romos por el roce; otras eran de una especie de lava de granos finos, insípidas al gusto y que se pegaban a la lengua. A una gran altura el aire se volvía sensiblemente más fresco y ligero; […].”

Teniendo en cuenta que La Laguna está a menos de 550 m de altitud, se puede calcular que esa gran altura debería estar en torno a los 300 m sobre el nivel del mar, como mucho. No me quiero ni imaginar a aquel grupo de científicos caminando por una vía, que transitaban decenas de carretas y bestias de carga diariamente, asombrados del roce de las piedras del camino y llevándoselas a la boca para comprobar si se pegaban a sus lenguas. No sé si los excrementos de los bueyes y de las mulas tendrán grandes propiedades de adherencia, pero estoy seguro de que las piedras untadas con ellas han de ser un tanto pegajosas cuando uno se pone a lamerlas. Pero prosigamos con algunas de las inteligentes observaciones de nuestro personaje, esta vez referidas al can de un pastor que la expedición encuentra algo más arriba:

“Su perro y fiel compañero, echado, nos miraba pasar asombrado de nuestro número así como de nuestro atavío.”

Lo cual viene a demostrar que no sólo hay perros más inteligentes que el amo (“el mío mismo”, diría nuestro sagaz viajero), sino incluso más observadores que los naturalistas que los describen. Fantástico, subrayaría Eduardo Punset. ¿Todavía dudará algún insensato de que el nombre de Canarias se debe a sus excepcionales canes, capaces de distinguir entre una casaca francesa y otra de diferente nacionalidad?

Jacob Milbert intentó dejarnos una imagen gráfica de su gran exploración, entre Santa Cruz y La Laguna, pero no lo logró por las dificultades que nos refiere, y fue una lástima porque me hubiera gustado conocer el gesto del perro pasmado:

“Intenté hacer un dibujo de esos sitios pintorescos; pero la hora avanzaba y fue necesario darme prisa para alcanzar a mis amigos. Llegamos todos juntos a La Laguna.”


.

Vista panorámica de La Laguna, en la época en que J. Milbert la visitó.

Ya tenemos a nuestro intrépido viajero a salvo en La Laguna, lejos de los peligros que entrañan las piedras redondas del camino, sin olvidar las piedras afiladas que le debieron saltar a las canillas como si fueran pirañas. Por suerte, hacía cuatro décadas que el marqués de San Andrés, don Cristóbal del Hoyo, había fallecido. De modo que no tuvo ocasión de dedicarle una o dos décimas que sin duda habrían martirizado a Monsieur Milbert tanto o más que la infame carretera. Sin embargo, nuestro paladín no pudo huir de los guachinches laguneros que sustituyeron honrosamente a don Cristóbal cambiando, eso sí, rimas por cucharas:

“Los mesones de La Laguna son detestables y muy caros. Los platos favoritos de quienes los frecuentan consisten en un gallo viejo, o una gallina condimentada con azafrán.”

Todo estaba en contra de nuestro héroe, incluida la edad del gallo, cuyos dueños ajusticiaron tan pronto le vieron la jeta de friki.

−Ahora o nunca, Pepa −debió decirle a su esposa el mesonero−. Córtale el cogote a Matusalén y adóbalo en azafrán hasta que pierda el sabor a viejo.

−¿Pero el azafrán no era para las gallinas, Miguel?

−Déjate de remilgos ahora, mira que mañana nos llega otra burra cargada de azafrán que nos trae el medianero de don Domingo Castro en Anaga. Ya le mandé aviso de que teníamos franceses a la mesa.

−Pobre gallo Matusalén, mira que vivir tanto para terminar amortajado en azafrán y enterrado dentro de tan mentecata sepultura.

La suerte es compañera de la ingenuidad. Así que el francés, terminado el gallo, terminó por toparse con el doctor Saviñón, un erudito lagunero que lo invitó primero a su casa y luego, tan pronto lo conoció bien, lo apremió para que se fuera… a proseguir sus investigaciones. Dejemos hablar a nuestro genio:

“Conociendo estos señores nuestros proyectos, no nos quisieron retener mucho tiempo.”

A Saviñón no se le escapaba una, acostumbrado a recolectar toda clase de bichos para su pequeño museo natural y remedios para sus pacientes, ¿acaso no iba a cazar al vuelo la profundidad mental de Jacob Milbert en menos de cinco minutos? De manera que pronto el francés y su troupe se hallaron caminando hacia la vega lagunera como quien se dirige a Waterloo, dispuestos a morir por su revolucionario emperador. No pasa mucho tiempo antes de que nuestro hombre se separe del resto y decida explorar por su cuenta. Dibujar, no dibujará mucho, pero alguna idea genial se le ocurrirá. Seguro.

“Las partes bajas son cenagosas y es necesario atravesar una especie de turbera, formada por aguas estancadas. Allí crecen confervas y otras plantas acuáticas que se descomponen, se mezclan y se combinan con el suelo, produciendo una sustancia blanda. Esa turba proporciona excelente combustible que se podría utilizar en el consumo diario de algunas fábricas.”

Naturalmente. El genio ha descubierto el combustible del mañana, el que proporcionará riqueza y energía sin límites a las industrializadas islas. Tan fácil como soplar y hacer botellas. Una aportación prodigiosa que las futuras generaciones de canarios agradecerán al gran Milbert, erigiéndole un monumento en el mismo centro de una pleiesteison. Pero todavía la mente prodigiosa de Jacob ahondó más:

“La vista de este pantano me provocó la idea de que se podría sacar un gran partido a la llanura de La Laguna y crear en ella praderas naturales.”

Nada menos. Como en Versalles, también podría hacerse un tremendo jardín y montar fiestas con paté de gallo viejo y vino tinto peleón, en lugar de champagne francés. Digo yo si tanto delirio no vendría porque a doña Pepa se le fue la mano con el azafrán…

Pero no era Jacob el único pendejo, dicho sea con permiso de Alberto Cortés y de su compadre Facundo Cabral, licenciados ambos en Pendejología. El jardinero jefe de la expedición en que estaba enrolado nuestro héroe tampoco era hombre de andarse con chiquitas. Estarían a muy poca distancia de La Laguna Jacob y su guía (“de cuyo nombre lamento no acordarme” confiesa el muy pendejo, después de haber comido, bebido y dormido en su casa) cuando…

“Vimos venir hacia nosotros, a través de esas encantadoras soledades, al bueno de M. Riedlay, jardinero en jefe de nuestra expedición; estaba agobiado bajo el peso de su amplia recolección; la depositó cerca de nosotros y nos mostró orgullosamente sus riquezas. Por el número de las plantas, la brillantez de las flores y la elegancia de sus formas, la elección no podía ser más variada. Después de unos instantes de descanso nos separamos y él siguió una dirección opuesta a la nuestra.”

Yo me imagino a toda esta tropa de frikis corriendo de acá para allá, semejantes a los comecocos, cargados como mulos, resoplando como concejal cerril en noche de elecciones y saludándose con toda formalidad cuando se tropiezan por casualidad debajo de cualquier árbol.

−Ça va, Monsieur Legrand?

−Ça va, mon ami, ça va!

−Au revoire, Monsieur Legrand!

−Au revoire, Monsieur Milbert!

De cualquier forma, nuestro hombre algún poder extrasensorial sí debía poseer, dado que ya se adelantaba un par de siglos a su época y apuntaba maneras. Les juro que no he cambiado una sola palabra del texto siguiente. Fíjense:

“No diré nada de esta magnífica digital [“digitale”, en el original francés] de Canarias, ni de esos corazoncillos variados ni de otras tantas plantas dignas de toda la atención de los naturalistas. Estos detalles serán el tema de un capítulo especial.”

¡Pues que Dios nos coja confesados! El tipo es capaz de salirnos con un capítulo del mismísimo Mario Brother. Sin embargo, ahora está muy ocupado subiendo su montaña y no hay peligro inmediato de que nos endose su maestría botánica y digital.

“Cuando alcanzamos la cima de la montaña, escuchamos un concierto muy melodioso; se hubiera dicho que los huéspedes de esos bosques celebraban a porfía nuestra llegada. Entre una gran cantidad de pájaros cantores, se distinguían el canario de plumas verdosas, el paro y el arandillo. Poco acostumbrados a la vista de los hombres, todos huían de nuestra aproximación para ir a posarse un poco más lejos y continuar allí su canto. Sin embargo, la infinidad de músicos volvió el concierto fastidioso y terminamos aturdidos.”

Pobre Jacob, los enojosos pájaros no saben mantener el pico cerrado después de ofrecer el concierto de bienvenida. No. Estos desvergonzados canarios verdosos trinan y trinan sin piedad con la inicua intención de aturdir a nuestro, aunque pintor, sabio. Se han perdido las buenas costumbres de los clásicos y ya ni se respeta al visitante culto que no logra vini, vidi,vici porque las aves le disturban su pensamientos áureos. O tempora, o more!

−No sé si será un poco tarde para pedirle a usted disculpas en nombre de mis alados compatriotas, estimado Milbert –digo en voz alta, por si su cuerpo astral aún revolotea entre las páginas del libro que sostengo en mis manos.



l
Las plantas del género Digitalis producen estas hermosas flores y son nativas de Europa, el noroeste de África y Asia central y occidental.

Algo tenía que gustarle a nuestro héroe y, al fin, lo descubrió, después días vagando por Tenerife: el Teide: un Pico que, al parecer, huía del francés en tanto que el resto de los mortales podía verlo tanto desde Santa Cruz como desde La Laguna, sin necesidad de ascender a aquel monte Olimpo donde los pájaros aturden las almas delicadas con sus trinos salvajes.

“¡Qué espectáculo! ¡Qué imponente y grandioso es! Fui deslumbrado y obligado a cubrirme los ojos con las manos.”

Lástima. Pero es lo que tiene ser friki: si a uno le encanta un tipo de música, la pone a toda pastilla por los auriculares para quedarse sordo; si a uno le gusta realizar una excursión, abre el guguelmap y disfruta subiendo las virtuales montañas como si nada; y si a uno le gusta ver algo hermoso, se tapa los ojos con las manos o mete la cabeza dentro de una caja de cartón. No crean que es tan fácil ser ciudadano de Frikilandia. Por esto Jacob servirá a las futuras generaciones como ejemplo a seguir.

Supongo que el resto de la descripción del Pico la haría Milbert por referencias, porque, con los ojos tapados, ya me dirán ustedes… A la vuelta, su parecer sobre el aprovechamiento de la turba pantanosa se difumina en el lodo etéreo de su pensamiento y deja paso a otra opinión más pintoresca:

“Los habitantes ignorantes e imprevisores deberían […] plantar las higueras, las platanera, los naranjos, atraerían la humedad y templarían la atmósfera.”

¿Cómor? Entonces, en qué quedamos: ¿secamos La Laguna o la humedecemos? Es tremendo este francés. Nada detiene su afán de dar consejos a los “ignorantes e imprevisores” habitantes de la isla, ni siquiera el frío clima de La Laguna es óbice para cultivar plátanos, aunque falte más de un siglo para que se invente el plástico de invernadero y este dibujante metido a ingeniero agrícola no haya visto una sola platanera desde que nació. De cualquier manera, es de justicia reconocer que Jacob Milbert era friki, pero no tonto. A pesar de que se le fue el tiempo en asistir a una iglesia y comer en casa de su guía y…

“En ese momento entraron los señores de Saviñón, quienes me dijeron que hacía mucho tiempo que casi todos mis compañeros se habían ido y que era inútil pensar en ponerse en camino, Esos señores insistieron, con el mejor empeño del mundo, para que me quedase; me dejé convencer.”

¡Cómo no! iAy, Señor, vaya cruz les caería a los laguneros, cuando ya pensaban que lo habían perdido de vista para siempre.

“[…] Pasamos en el jardín una velada deliciosa. Allí se cultivaba el naranjo en plena tierra. Tenía frutas muy hermosas de un color dorado, que me recordaron las de nuestras islas de Hyères, en la costa de Provenza.”

Sin comentarios. No diré que me parece mucho para un solo día ni siquiera mencionaré lo del naranjo en plena tierra: es posible que algún lector piense que los naranjos se plantan en el aire y esta frase le sirva para saber que los árboles se plantan en tierra. Por eso la dejo. Sin embargo, esta vez, don Jacob es inocente. Ha sido la impericia del traductor que ha traducido “pleine terre” por “plena tierra” y no por “campo abierto”, que sería lo correcto. Ya ven, a perro flaco todo son pulgas: la vida del friki está llena de contratiempos hasta en las traducciones de sus libros; incluso, en altas horas de la noche, cuando el resto de la humanidad descansa a pierna suelta, la desgracia del friki anda al acecho como si fuera perro canario acechando casacas:

“Cuando me disponía a descansar de las fatigas de la jornada, unos pérfidos músicos vinieron bajo mis ventanas a dar una serenata a alguna belleza del vecindario. Me fue imposible pegar ojo durante la noche. Maldije de buenas ganas a los músicos y a la señora y esperé el día con impaciencia.”

Con el marqués de San Andrés bajo tierra y don José de Viera y Clavijo vegetando en Las Palmas de Gran Canaria, ¿a quién se le ocurriría la idea de ofrecer al francés una serenata hasta el amanecer? Don Lope de la Guerra es hombre serio que no pierde el tiempo en esas tonterías; don Tomás de Nava, lo mismo; y el doctor Saviñón tampoco parece que utilice esos ardides para alejar a los moscones. Raro, raro, raro…

Llegó el amanecer y, tras deglutir todo cuanto pusieron a su alcance, nuestro Jacob se lanzó a las calles de la ciudad con su cartapacio bajo el brazo. Después de sufrir viendo que los gansos del mercado eran menores que los franceses y de aturdirse con el vino dulzón y el humo del tabaco en un hostal, el francés se decidió a bajar a Santa Cruz. No se rían, por favor:

“Encontré las mismas piedras que me habían molestado al subir. Aún tuve más dificultades para descender. La noche era muy oscura, mis pasos poco firmes y rodaba más que caminaba. Una piedra redonda giró bajo mis pies y perdí el equilibrio, lo que me provocó un esguince con el que sufrí mucho; tuve todas las dificultades del mundo para llegar a Santa Cruz.”

Dejando a un lado que fueron precisamente algunos isleños “ignorantes” quienes, humanitariamente, lo llevaron al barco, ¿no les parece imposible que un friki se vaya de vacaciones sin traer a su regreso algún objeto estrafalario con qué presumir delante de los amigos? No se lo pierdan:

“Interesado en llevar a mi patria una momia guanche, me proporcionaron una que me proponía dejar en depósito en Île-de-France [actual isla Mauricio]. Era una mujer joven.”

Magnífica adquisición, pensó Jacob, mientras la metía en el barco y se disponía a dormir con ella encima ante la envidia de sus amigos que sólo iban cargados de insectos y hierbajos, excepto el oficial Ferrer que sólo iba cargado con dos litros de vino Malvasía. He aquí la amorosa descripción de su amada:

“Aunque un poco alterados, los rasgos todavía eran regulares. Las manos estaban bien conservadas, pequeñas, bien hechas; le faltaban cuatro uñas, dos en la mano derecha y otras dos en la izquierda; en los pies solo faltaba una en el derecho; los cabellos y las pestañas estaban admirablemente conservados.”

Realmente, la momia estaba hecha un auténtico bombón. Sin embargo, Jacob, en su ingenuidad, no contó con el carácter algo cabezón de las canarias y su manera sutil de vengarse de los amantes empalagosos.

“Contento con esta posesión, no pensé en la dificultad de conservar semejante objeto en una larga travesía. Al principio, coloqué la momia en mi camarote, en una de las repisas situadas por encima de mi cama, pero el calor y la humedad del navío la ablandaron, descomponiendo la preparación, y engendraron allí tal cantidad de insectos que resolví lanzarla al mar.”

Dejaré aquí a Jacob Milbert llorando la ausencia de su amada, convertida ahora en sirena guanche, mientras garrapatea su enjundioso relato entre los escarabajos, gusanos, moscas, cucarachas y avispas que le dejó la guancha como herencia.

Si se me permite realizar una valoración global de este libro, y partiendo de que el autor se retrata a sí mismo como un imbécil, no puedo menos que alabar la sinceridad y la autenticidad en sus opiniones porque es imposible que nadie mienta tanto contra sí mismo. Incluso, si su principal anhelo es presentarse al mundo como un petimetre con la frágil delicadeza del más fino cristal de Bohemia.


Si usted está esperando una moraleja, he encontrado una que puede ser de utilidad hasta al mismísimo Indiana Jones: Por mucho que quieras a una momia y por muy joven que ésta sea, si la metes en tu camarote vas a tener problemas.




Dibujo de J. Milbert, realizado durante su expedición al río Huston, en EEUU.


Bibliografía

El libro Viaje pintoresco a la isla de Tenerife, de Jacob Gerard Milbert, está publicado por Ediciones Idea, en Santa Cruz de Tenerife, año 2005. Fue traducido por José A. Delgado Luis a partir de la primera edición francesa, impresa en 1812.

viernes, agosto 21, 2009

Don Pedro de Mesa: despegue, vuelo y aterrizaje en el siglo XVIII

La fortuna rueda de forma caprichosa. A veces, parece transitar enloquecidas órbitas y, en otras ocasiones, no quiere entender de enchufes, mangas ni recomendaciones. Tampoco de méritos. Hoy te regala una mina de cal y mañana te llena los ojos de arena.
Con el tinerfeño don Pedro Joseph de Mesa Benítez de Lugo no tuvo miramientos y describió un extraño giro el día en que este personaje salió de Madrid camino de Sevilla. Las intenciones de don Pedro Joseph eran embarcarse hacia un glorioso destino americano, donde le esperaba el cargo de Gobernador.De la Corte partió un carruaje que en su interior contenía a este caballero canario contento, quimérico y confiado. Los corceles correteaban por las calzadas que conducían a los puertos fluviales de la antigua Hispalis. El viajero sentía el pecho inflamado de legítimo orgullo; sus exultantes pulmones reclamaban el aire fresco que bajaba de la cordillera hasta las campiñas de la cercana Sevilla.Don Pedro Joseph sacó su insigne cabeza por la ventanilla y contempló el planeta deslizándose a velocidad de vértigo bajo las ruedas. ¡Ah, el mundo a sus plantas! Sacó los hombros fuera. Un hombre de su valía no podía permanecer encerrado tanto tiempo. Necesitaba más espacio. Seguramente, el propio Santo Domingo estaba bendiciéndolo en ese preciso instante desde su lugar exclusivo en el reino celestial. Don Pedro Joseph se alongó algo más por la ventanilla y cerró los ojos, sintiendo el céfiro bendito lavando su rostro sabio, penetrando en su… Algo crujió. Se desprendió la puerta del carruaje. Don Pedro miró hacia abajo y observó horrorizado cómo el camino se precipitaba hacia su cabeza.
Noventa y nueve pasos más adelante, el defenestrado vehículo se detuvo. El conductor y el resto de los pasajeros se apearon y pudieron contemplar el cuerpo tendido boca abajo, inmóvil, con la oscura ropa cubierta de tierra. El torso de don Pedro continuaba incrustado en la puerta del carruaje. Despatarrado, cual nuevo Ícaro de vuelo raso, parecía haber desarrollado unas alas de madera que le conferían un ridículo aspecto pajaril.
El prudente cochero no se atrevió a decir en voz alta que en esos momentos don Pedro se parecía más que nunca a un auténtico canario. Se limitó a darle la vuelta y comprobar que la caída había sido mortal. Era el día 17 de agosto de 1738 y resultó evidente que la suerte no viajaba en aquel carruaje. Probablemente, en ese mismo instante, la diosa Fortuna se encontraba a miles de kilómetros, contemplando con emoción cómo el rey Carlos VII de Nápoles, y pronto Carlos III de las Españas, colocaba el anillo nupcial a su amada y rubia María Amalia de Sajonia, nieta del Emperador del Sacro Imperio.



El día 14 de octubre de 1773, en La Gaceta de Madrid apareció una noticia que anunciaba la reimpresión de una obra del accidentado y difunto don Pedro Joseph de Mesa que había dado mucho que hablar y más que reír. La edición anterior se había agotado desde hacía tiempo y sus ejemplares eran buscados con auténtica avidez por la aristocracia, la intelectualidad, el ejército, el clero y el pueblo llano de la Corte, hermanados todos en el común cachondeo.


Para sus propias obras hubieran deseado don Francisco de Quevedo y Villegas o don Pedro Calderón de la Barca un interés tan desmedido, una atención tan prolongada, una avidez en tan sumo grado. Sin embargo, ese privilegio, reservado a unos pocos elegidos de los dioses, correspondió a otro libro, cuyo escueto título es el siguiente:

Ascendencia esclarecida y progenie ilustre de Nuestro Gran Padre Santo Domingo, Fundador del Orden de Predicadores: Ocurrencias vulgares sobre los fundamentos en que se ha procurado introducir duda en la sentada verdad de ser Santo Domingo N. P. descendiente de la nobilísima Casa de los Guzmán: Debaxo del patrocinio del gloriosísimo Abad de los Silos Santo Domingo, segundo Moysés, y gran Taumaturgo español; y por mano de la Excelentísima Señora la Señora Doña Francisca Xaviera Bibiana Pérez de Guzmán el Bueno, Duquesa de Osuna.

La primera edición de este libro había visto la luz en Madrid, en el año 1737. Su autor era don Pedro Joseph de Mesa Benítez de Lugo (1). Procedía de una ilustre familia de La Orotava, en la isla de Tenerife, descendiente de conquistadores y destripaterrones aristocráticos.
La intención de don Pedro era colocar a Santo Domingo en una situación de privilegio, pues le parecía que el título de Santo le resultaba demasiado corto a sus grandes méritos. Al fin y al cabo, ¿qué valor tenía un santo al lado de un duque o de un príncipe? Evidentemente, poco.
Así que don Pedro procedió según sus costumbres familiares, es decir, de la única manera que sabía hacerlo la aristocracia urbana y agraria canaria: inventándose antepasados de alcurnia y títulos tan innumerables como ficticios. De manera que la familia de Domingo de Guzmán, gente de mediana nobleza castellana –por parte de su abuela, doña Godo González– y de mediana santidad cristiana –su madre fue la beata Juana de Aza y sus tres hermanos, los beatos Manés, Conrado y Antonio–, se transformó en una familia de reyes y duques, gracias a las habilidades literarias y genealógicas de mi paisano, el canario Mesa, que llegó a emparentarlos con el mismísimo Guzmán el Bueno, el cual debió engendrar algún descendiente más que no fuese su apuñalado hijo.
Poco después de su aparición, el libro se hizo famoso, gracias a un escrito de siete páginas publicado en Salamanca por el conocido jesuita Padre Luis de Losada. Lo tituló:

Carta familiar a don Pedro Joseph de Mesa Benitez de Lugo, autor del libro intitulado Ascendencia de Santo Domingo de Guzman por Luis Lopez, beneficiado y cura proprio de la Villa de Morille en el Obispado de Salamanca.

Analizaba en clave de humor el libro de Mesa y se armó tal cachondeo en la Corte que todo el mundo corría a comprar la obra del canario como si fuera el mejor libro de chistes.
Luis Losada, vista la buena acogida de su Carta, volvió a las andadas y pronto dio a conocer su

Vida y salud de la famosa carta familiar del cura de Morille, sobre lo Guzman del Glorioso Santo Domingo, certificada contra su vano entierro, en otra carta del mismo cura à un amigo suyo de Valladolid.



En la Gaceta de Madrid, correspondiente al 28 de enero de 1738, apareció este anuncio del libro de Pedro Mesa: "Ascendencia esclarecida de Santo Domingo de Guzmán, su Autor don Pedro Joseph de Mesa Benitez de Lugo; en la Porteria del Convento de Nuestra Señora del Rosario de esta Corte."


Y ya fue el acabose. Como si se tratara de pan caliente, se agotó la edición del libro de marras en un pispás. Don Pedro de Mesa Benítez de Lugo estaba en la gloria. ¡Sus méritos literarios y religiosos reconocidos por el orbe entero! ¡Ya nada ni nadie detendría su brillante carrera hacia los más rutilantes títulos nobiliarios ni hacia los cargos más ambicionados del borbónico Imperio!

Naturalmente, no faltaron terceras partes y, según noticia de Diego de Torres y de Joseph de Viera y Clavijo, que aún no he podido verificar, un gracioso publicó:


Entierro de la Carta familiar del Cura de Morille a favor del glorioso Santo Domingo, por un Sacristán de Canarias.



En la Universidad de Salamanca se encuentran depositados varios escritos de Luis de Losada al Santo Oficio, aludiendo a sus famosas Cartas del Cura de Morilles.

Ensoberbecido por el éxito, a excepción de cierto cabreo incial que tuvo la virtud de hacer florecer otros divertidos escritos, don Pedro no se enteraba de la misa la mitad. Sin embargo, ante tanto cachondeo intervino el inefable Santo Oficio –con tantos dominicos viviendo de, en y para sus entrañas– con la intención de prohibir esta Carta. En mala hora, porque un funcionario de la misma Santa Inquisición se equivocó al interpretar las órdenes superiores y el que resultó prohibido fue el libro del pobre don Pedro Joseph de Mesa Benítez de Lugo.

Don Pedro saltó como un basilisco. Ante sus airadas protestas, los del Santo Oficio tuvieron que imprimir en la cubierta del tomo segundo la siguiente frase:

Declárase que lo puesto en el tomo segundo, donde dice; ‘Don Pedro Joseph Benítez de Lugo, su libro intitulado, Ascendencia de Santo Domingo de Guzmán, se prohibe’, ha sido equivocación, porque el dicho libro no está prohibido, y solo lo está la ‘Carta familiar escrita á Don Pedro Joseph de Mesa Benítez de Lugo’, según y en la forma que se halla en el tomo I de dicho nuevo Expurgatorio al fol. 276 col. I, y de esta declaración se ponga allí una nota.




Página del Índice de la Inquisición corrigiendo un error que fue la rechifla de media España.


Ni que decir tiene que la rechifla general llegó a niveles nunca vistos. Claro que don Pedro José también tuvo sus defensores, como don Diego de Torres, Astrólogo y Catedrático de Matemáticas en la Universidad de Salamanca, autodenominado Piscator Mayor de Salamanca y autor de multitud de libros estrafalarios (2). Cada año, el doctor Torres publicaba un calendario en el que pronosticaba para toda Europa, en un tono que debió envidiar hasta su ilustre enemigo Benito Jerónimo Feijoo, las enfermedades que llegarían en cada estación, el estado de las plantas, de los animales y de los astros, y todas esas cosas que la Astrología y el Santo Oficio le aconsejaban publicar para fortalecer las almas y los cuerpos de tanto pecador de la padera. Tiene el doctor Torres libros tan curiosos e imprescindibles como el titulado

El gallo español: respuestas dadas al Conde Meslay; por qué el gallo canta á las doze de la noche en Portugal, y llevado á Francia canta a las mismas doze siendo assi, que ay una hora de diferencia.

Pues bien, este dechado de sabiduría dedicó muchas páginas a defender al canario Mesa y sus disparates. Puede encontrarse su hilarante alegato en el Tomo Undécimo del Segundo Libro de una recopilación de su obra, citada más abajo. El capítulo que nos interesa es:

Soplo a la Justicia, alentado por el general escándalo y particular miedo.

El doctor don Diego de Torres y Villarroel, nos aclara de qué va el asunto:

De las excusadas disputas é impertinentes disputadores de la innegable é indeleble nobleza del Excelentísimo y Santísimo Padre Sto. Domingo de Guzmán El Bueno.

Y ya la liamos, porque la referencia a El Bueno nos proporciona las claves y los puñales de su discurso antes de que comencemos a leerlo.


He aquí la portada del citado libro del astrólogo Diego de Torres

Torres aprovecha la defensa del canario para emprenderla de manera ladina contra el jesuita Losada, compañero catedrático en la misma universidad de Salamanca. Y, menos lindo, lo llama de todo. Además,

Detrás de estos papeles impresos se ha destacado otras sátiras manuscritas, y diferentes coplones; y finalmente han salido aquellos bergantes y públicos madicientes de Perico y Marica, irritando las paciencias, afrentando las honras, y rompiendo por las leyes de Dios, y la gloria de sus Santos.

Respecto a los cabreos iniciales de don Pedro Joseph sobre la contestación de Losada, nuestro Piscator Mayor afirma que la población está convencida de que

si se mostró quejoso, ó colérico, que se le debe perdonar, porque al fin ningún hijo sufre bien que le revuelvan los huesos al padre que le engendró. Para quien no encuentran disculpa es para el Cura, quiera Dios que él la tenga con su Magestad y con Santo Domingo, que el vulgo poco importa que quede rabioso contra él, contra su Carta, su vida y su salud.

Como pueden apreciar, el tal Torres se las traía en lata. ¡Vaya mala uva se gastaba el astrólogo con el cura de Morilles, es decir, con el jesuita Losada, su compañero! Y así continúa, siempre en el mismo tono, durante las catorce páginas que contienen su alegato, que se vuelve gracioso por lo disparatado. Peor defensor no pudo tener nuestro celestial genealogista isleño.
Pero, en cualquier caso, don Pedro Joseph se las arregló para ser provisto de un Gobierno para América. Como es de sobra sabido, España siempre ha hecho gala de una particular inclinación a compensar los esfuerzos de sus grandes hombres. Y don Pedro había demostrado ser un fénix de las letras genealógicas, moviendo las risas, las plumas y las pasiones de los más delicados clérigos y cortesanos.
Lástima que antes de llegar a Sevilla le sucediera el accidente que le produjo la muerte, al caer del carruaje al duro pavimento del camino. ¡Quién sabe cuál habría sido su siguiente estudio genealógico y cuántas diatribas habría despertado!
Podemos concluir que la muerte del genio isleño fue fruto del destino, del azar o de la providencia, pero en cualquier caso ha de considerar la persona de buen juicio lo pasajeras que son las glorias de este valle de lágrimas, donde los éxitos del amanecer se trocan en llantos a mediodía y en reposo eterno a la hora de merendar. Sea como fuere, y aun a su pesar, don Pedro Joseph de Mesa Benítez de Lugo logró descansar sin más incidentes en la bóveda de la Orden Tercera del Real Convento de San Pablo, sin repetir la osadía de sacar la cabeza fuera de su estrecha morada en estos más de dos siglos y medio transcurridos. Allí continúa, do fueron sus huesos a parar, después de que las eruditas páginas de su magna obra procurasen las más excitantes veladas de asueto y carcajeo que haya conocido jamás la Villa y Corte imperial.
Este singular personaje dejó cola, puesto que, además de aparecer leves rastros de su obra en Amazon punto com Books, su nieta, doña María Mesa, se desposó, en el siglo XVIII, con otro caballero canario, nacido en Chipude (isla de La Gomera), cuya historia también merece ser rescatada del olvido. Así lo haré, si tengo salud y tiempo, pues documentación sobre este asunto hay de sobra.


Notas

1. El tronco familiar de Pedro Joseph de Mesa Benítez de Lugo proviene de un andaluz de Sanlúcar conocido como El Tuerto (Pedro Benítez de Lugo, hijo de Juan Benítez e Inés de Lugo) que vivió algo más de un lustro en Tenerife, entre el final del siglo XV y el principio del XVI.


2. Diego de Torres Villarroel era un pseudo intelectual pícaro, arrimado a la ideología más rancia de su tiempo, buscando siempre el favor de los poderosos y denunciando ladinamente al Santo Oficio a los autores de ideas ilustradas, como Benito Feijoo o Luis Losada. Escribió una autobiografía, titulada Vida, que en opinión de Juan Valera «Puede considerarse como una novela picaresca.”
El propio Torres escribió en esta maquillada historia de su vida que «Lo que puedo asegurar es que en las vidas de Domingo Cartujo, Pedro Ponce y otros ahorcados no se cuentan ardides ni mañas tan extravagantes ni tan risibles como las que inventaba mi ociosidad y mi malicia.» Y así continuó hasta el final de su vida, aunque autores como Arturo Berenguer Carisomo opinan que no se puede incluir esta obra dentro del género picaresco –indefinible, según Lázaro Carreter–, dado que no aparece en ella ningún rastro de erotismo.
Comenta Eugenio Suárez-Galbán, (De la vida de Torres a la de Lázaro de Tormes ..., Duke University):

No ignoramos, por otro lado, que si Lázaro se opone a “los que heredaron nobles estados” en esa subida por la escala social, Torres fue más bien empleado servicial, y hasta sumiso, de la nobleza de su tiempo [...].

En realidad, nunca ha dejado de interesar Torres Villarroel, por lo estrambótico. Baste decir que su obra recopilatoria de Pronósticos (14 volúmenes) se reimprimió en 1797, treinta años después de su muerte o que su Vida (Ediciones La Lectura, Madrid, 1912) volvió a ver la luz en a principios del siglo XX (también ha habido ediciones en Castalia, 1972; Taurus, 1985; etc.), provocando artículos más o menos apasionados, como el del jesuita A. Pérez Goyena (revista Razón y Fe, enero-febrero de 1913) en que propina, con la acostumbrada finura de la Compañía, una buena zurra a José de Lamano y Beneite, que se había erigido en defensor de Torres en un folleto publicado en 1912.
En un trabajo reciente, La vida de Diego de Torres Villarroel y su tiempo, Juan Fernando Valenzuela Magaña expresa la siguiente opinión sobre el Piscator salmantino:

Es Torres Villarroel un autor sin duda escurridizo. Lo fue en su tiempo, en el cual debió de provocar extrañeza la mezcla resultante de su explicable fama de extravagante, brujo y astrólogo y de catedrático de la Universidad de Salamanca; y lo sigue siendo hoy, pese a un nuevo interés por su obra lejos del reiterado tópico que lo despacha como epígono del barroco o último pícaro, y que está cosechando interesantes frutos.
La crítica destaca en este autor aspectos de gran modernidad, como el de ser el primero que edita sus obras por suscripción pública, y de erróneo conservadurismo, como el de seguir manteniendo la teoría astronómica ptolemaica en un mundo en el que Copérnico y Newton representaban la vanguardia científica. Pero no es esto, a mi juicio, lo que lo hace escurridizo (ni siquiera lo haría complejo). Lo determinante en este sentido es que, a diferencia de su contemporáneo Feijoo, no sabemos bien a qué atenernos respecto a sus verdaderas ideas. ¿Creía realmente Torres en sus pronósticos y en la influencia de los astros? ¿En qué medida? ¿Es sincero en ese desprecio al claustro de la universidad salmantina o se trata de despecho por no ser reconocido como uno más en él? ¿Está satisfecho o arrepentido de la etapa picaresca de su vida? ¿Estaba tan en contra de Martín Martínez y Feijoo como la polémica sostenida con ellos parece a primera vista sugerir? Con todas las reservas propias de un juicio sobre la vida de otro hombre y de una obra en la que se pretende autodibujar, intentaremos aclarar el papel que la Vida de Diego de Torres Villarroel ocupa en el panorama cultural de su tiempo.


Referencias bibliográficas
Losada, Luis A.: Carta familiar a don Pedro Joseph de Mesa Benitez de Lugo, autor del libro intitulado Ascendencia de Santo Domingo de Guzmán. Impr. Salamanca. 1737 [?].

Vida y salud de la famosa carta familiar del cura de Morille, sobre lo Guzmán del Glorioso Santo Domingo, certificada contra su vano entierro, en otra carta del mismo cura à un amigo suyo de Valladolid. Salamanca. Impr. 1738 [?].

Mesa Benítez de Lugo, Pedro Joseph de: Ascendencia Esclarecida, y progenie ilustre de nuestro gran Padre Santo Domingo, Fundador del orden de Predicadores [...]. Imprenta de Alonso de Mora. Madrid. 1737.

Pérez Morera, Jesús: El árbol genealógico de las órdenes franciscana y dominica en el arte virreinal. Anales del Museo de América, 4. Museo de América. Madrid. 1996. Págs. 119-126.

Supremo Consejo de la Santa General Inquisición: Índice último de los libros prohibidos y mandados expurgar para todos los reynos y señoríos del católico rey de las Españas, el señor don Carlos IV (resgistros desde 1747 a 1789). Imprenta de Don Antonio de Sancha. Madrid. 1790. Pág. 25.

Torres y Villarroel, Diego de: Soplo a la Justicia, alentado por el general escándalo y particular miedo. En recopiltorio de las Ideas extractadas de su Pronósticos. Libro Segundo. Tomo XI. Imprenta de a Viuda de Ibarra. Madrid. 1798. Pags. 358-372.

Viera y Clavijo, José de: Noticias de la Historia General de las Islas de Canaria. Tomo IV. Imprenta de Blas Román. Madrid. 1776. Págs. 561-562.